El enigma de las tablillas tartésicas: la lengua prehistórica del sur de España que los ordenadores cuánticos aún no pueden descifrar
Tartessos sigue teniendo muchos enigmas en la historia de España. Un buen ejemplo es el enigma de las tablillas tartésicas.
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Cualquiera que haya examinado de cerca una estela del suroeste peninsular conoce la extraña fascinación que ejercen estos bloques de piedra. Repartidos entre el bajo Alentejo portugués, Extremadura y el oeste de Andalucía, estos epígrafes grabados hace casi tres milenios custodian el corpus escrito más antiguo de la Península Ibérica. Y también el más mudo. Mientras la arqueología ha desenterrado palacios fabulosos como el del Turuñuelo en Guareña, revelando una civilización refinada que comerciaba con todo el Mediterráneo, la lengua de Tartessos se resiste a revelar su significado básico.
La tecnología no ha parecido ser suficiente
Ni siquiera el despliegue de supercomputación y algoritmos de procesamiento de lenguaje natural ha logrado fisurar el misterio. Hace unos años se asumía que, con suficiente potencia de cálculo y modelos estadísticos avanzados, cualquier criptograma antiguo caería igual que cayó el Lineal B micénico a mediados del siglo pasado.
Sin embargo, las inscripciones tartésicas han chocado de frente contra el límite de la epigrafía digital. La razón es dolorosamente simple para cualquier lingüista: los ordenadores necesitan datos masivos para encontrar patrones, y de Tartessos apenas conservamos un centenar de textos, casi todos fragmentarios o erosionados por el tiempo.
El laberinto del signo y la palabra
El primer obstáculo no es el idioma en sí, sino el sistema gráfico utilizado para fijarlo sobre la piedra. La escritura del suroeste es un semi-silabario, una fórmula mixta típicamente hispánica donde las vocales y las consonantes oclusivas se representan mediante signos aislados, mientras que otros trazos equivalen a sílabas completas como ba, ke o ti.
Esta peculiaridad ya complica la transcripción fonética, pero el verdadero rompecabezas surge con un fenómeno que trae de cabeza a los paleohispanistas: la redundancia vocálica.
En las estelas tartésicas, el signo correspondiente a una sílaba oclusiva suele ir seguido sistemáticamente por la vocal que ya va implícita en la propia sílaba. Se escribe la sílaba ka y, justo a continuación, se añade de nuevo el signo de la a. Para algunos lingüistas se trata de un arcaísmo gráfico, un residuo de la adaptación de alfabetos fenicios o griegos; para otros, una prueba de que la pronunciación real incluía matices fonéticos que no alcanzamos a comprender.
A esta arquitectura gráfica ambigua se suma la ausencia total de separación entre palabras. Las frases se suceden en scriptio continua, serpenteando a menudo alrededor de los bordes de la estela en espirales que dificultan saber dónde empieza una oración y dónde termina un nombre propio.
Una lengua sin parientes conocidos
Desencriptar una escritura desconocida requiere, casi obligatoriamente, uno de dos pilares: una inscripción bilingüe, la famosa piedra de Rosetta que abrió el egipcio jeroglífico, o una familia lingüística conocida a la que agarrarse. Tartessos no nos ha dejado ni lo uno ni lo otro.
Las hipótesis sobre su afiliación genética han ido dando vaivenes durante el último siglo sin consolidar un consenso firme. Se ha intentado vincular el tartésico con el ibérico del levante peninsular, pero aunque comparten la lógica del semi-silabario, la estructura gramatical subyacente difiere de forma sustancial.
Tampoco ha habido ningún éxito al intentar relacionarlo con el proto-vasco aunque si existen algunos paralelos léxicos que probablemente se deban al hecho de que comparten un sustrato preindoeuropeo común más que a una relación entre ellos.
Una nueva teoría
Sin embargo a finales de los años 2000 el lingüista John T. Koch propuso una teoría revolucionaria: El tartésico no es un idioma aislado sino el idioma celta más antiguo documentado. Según su interpretación, las estelas funerarias del suroeste contendrían fórmulas votivas e hidrónimos celtas traducibles a través del gaélico o el galés antiguo.
Hoy en día, la tesis dominante sigue considerando al tartésico una lengua no indoeuropea e independientemente aislada.
El límite del procesamiento cuántico
La irrupción de la computación cuántica y los modelos probabilísticos de aprendizaje profundo prometía saltarse estas discusiones teóricas. Si un sistema puede procesar combinaciones de signos a una velocidad colosal, debería ser capaz de aislar raíces léxicas, prefijos y flexiones gramaticales por pura fuerza estadística.
El problema es que la inteligencia artificial no piensa; calcula sobre frecuencias. Cuando se alimenta un algoritmo con el corpus tartésico completo, el volumen de texto resulta ridículamente escaso. Apenas reunimos unas miles de letras legibles.
Con una muestra tan pequeña, las correlaciones estadísticas que encuentra la máquina son ruido matemático: coincidencias fortuitas que el sistema interpreta como patrones gramaticales pero que carecen de significado real.
Sin un contexto lingüístico de referencia ni un corpus extenso que permita validar las predicciones, los procesadores cuánticos se limitan a devolver hipótesis circulares. Pueden generar miles de permutaciones posibles para una misma inscripción, pero no tienen forma de determinar cuál de ellas refleja lo que un cantero esculpió sobre la pizarra hace dos mil setecientos años.
En un tiempo donde asumimos que cualquier información es procesable y traducible al instante, la lengua de la primera gran civilización de Occidente permanece guardada bajo llave, recordando que hay secretos de la historia que solo la paciencia y el azadón podrán desvelar.
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