El punto de inflexión del Real Madrid estuvo en Roma. El Camp Nou confirmó el cambio, le dio una dimensión mayor y permitió al equipo acercarse al Barcelona, pero el origen de esta reacción hay que buscarlo en el Olímpico. En una noche en la que los blancos estuvieron contra las cuerdas, encontraron soluciones desde el banquillo y acabaron ganando un partido que también les enseñó cuánto tenían que corregir. Mourinho salió de Italia con una victoria y con decisiones que tomar.
Dentro del club sitúan allí el comienzo de la transformación. «Ahí comenzó a fraguarse esto», explicaban desde el vestuario madridista tras ganar el Clásico. La remontada tuvo un efecto emocional evidente, pero también abrió una reflexión futbolística. El Madrid había demostrado capacidad para levantarse y calidad para resolver desde situaciones límite. Necesitaba encontrar la forma de competir sin exponerse tanto y de dar más continuidad a los jugadores que habían cambiado el encuentro.
«Ese día, Mou pasó a su plan B», resumen desde el entorno madridista sobre lo que sucedió después de aquella victoria. El portugués empezó a dar forma a un equipo con más criterio en la elaboración, un reparto diferente de responsabilidades y nuevas conexiones. El triunfo ante el Barcelona fue la mejor prueba de que ese trabajo estaba encontrando respuesta.
Ganar también sirvió para ver los problemas
El 3-4 del Olímpico pudo haberlo tapado todo. Los goles de Espí, Endrick y Rüdiger en el tramo final entregaron al Madrid una remontada de enorme valor, de esas que disparan la confianza y alimentan la sensación de que siempre habrá una oportunidad. Pero antes había existido un partido muy incómodo, con dificultades para protegerse y demasiadas situaciones que exigieron la intervención de Courtois.
Mourinho tenía que quedarse con las dos partes de la noche. La reacción explicaba el carácter de su plantilla; el desarrollo anterior advertía de problemas que seguían pendientes. El Madrid necesitaba manejar mejor la pelota, reducir las distancias entre sus jugadores y encontrar una estructura que permitiera atacar sin quedar tan expuesto después de cada pérdida.
La victoria facilitó trabajar sobre esas carencias con otro ánimo. El equipo había evitado una derrota dolorosa y los futbolistas que entraron desde el banquillo habían ofrecido argumentos para tener más protagonismo. Roma dejó un impulso y varias respuestas.
Güler ganó peso y Valverde encontró su sitio
Una de esas respuestas fue Arda Güler. Su intervención en la remontada reforzó la necesidad de darle al Madrid más claridad por dentro. El turco ofrecía pase, velocidad para asociarse y capacidad para encontrar al compañero antes de que el rival terminara de cerrar el espacio.
Después llegó el encuentro ante el Sevilla, con Güler junto a Tchouaméni y Valverde en el lateral derecho. El uruguayo aportó recorrido y energía desde ese costado, mientras Diomande encontró en la izquierda un escenario para explotar su potencia. El equipo empezó a reconocer conexiones que le permitían avanzar con más sentido.
La evolución exigía pruebas y ajustes. Mourinho continuó adaptando las piezas a cada rival, pero algunas decisiones fueron dando al conjunto una identidad más reconocible. Había más futbolistas capaces de intervenir en la construcción y una amenaza clara cuando aparecía espacio para correr.
Bernardo completó la respuesta en el Clásico
En el Camp Nou, Mourinho añadió a Bernardo para ayudar a superar la presión del Barcelona. El portugués dio pausa, protegió la pelota y participó en el origen del primer gol con el cambio de orientación hacia Cucurella. El lateral encontró de primeras a Diomandé y la jugada terminó con Mbappé aprovechando el rechace.
Aquella secuencia resumió parte de la mejoría: elegir bien bajo presión, encontrar al compañero libre y acelerar cuando el rival ya estaba desplazándose. El Madrid supo reconocer el momento de correr.
También hubo una respuesta colectiva sin balón. Cucurella contó con ayudas para contener a Lamine y el equipo trabajó para cerrar los caminos interiores. La organización permitió competir ante un adversario de enorme calidad y sostener el encuentro incluso después del empate.
El banquillo volvió a decidir
Roma también había mostrado el valor de los jugadores que esperaban fuera. En el Clásico, Camavinga volvió a demostrar cuánto puede cambiar un partido desde el banquillo. Entró para aportar energía y acabó protagonizando la conducción que permitió a Mbappé marcar el 1-2.
El francés aprovechó sus condiciones para resolver una necesidad concreta: recuperar, superar la presión y avanzar cuando el desgaste ya pesaba en las piernas de sus compañeros. Su asistencia culminó una victoria construida con decisiones del inicio y del tramo final.
El Camp Nou dio respaldo a Mourinho y confianza al vestuario. Pero en el Madrid miran hacia el Olímpico para explicar cómo llegaron hasta allí. La remontada de Roma abrió el camino. El Clásico confirmó que el equipo había empezado a recorrerlo.