La reflexión de Hemingway sobre España: si el pueblo español tiene un rasgo común es el orgullo
El escrito estadounidense ha admirado durante toda su vida a España, su forma de vida y a los ciudadanos que la habitan
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Ernest Hemingway (1899–1961) fue uno de los periodistas y escritores más influyentes del siglo XX. De origen estadounidense, su estilo directo y su vida aventurera marcaron a toda una generación de autores.
Para Hemingway, España no era sólo un simple destino turístico. España se convirtió en un escenario ideal para sus historias, convirtiéndose en una obsesión personal y creativa. El premio Nobel llegó a definir a España en una carta privada como «el último país bueno que ha quedado».
Descubrió España en los años 20, con las tradicionales fiestas de San Fermín. En los años 30, fue corresponsal en la Guerra Civil. Durante la dictadura franquista tuvo miedo de regresar y estuvo una década sin volver. Sin embargo, la nostalgia le hizo regresar en 1953, bajo la premisa de no realizar declaraciones políticas.
Orgullo español
Ernest Hemingway logró captar, como pocos autores extranjeros, la esencia del alma española en el siglo XX. Su célebre cita de que el orgullo es el rasgo más común del pueblo español hacía referencia a su profunda admiración hacia la dignidad del pueblo español, que consideraba inquebrantable.
Entendía el orgullo español como dignidad frente a la adversidad, una resistencia estoica frente al sufrimiento, la pobreza o la muerte. Cada español, independientemente de su clase social, posee el mismo valor humano, negándose a rebajarse o simular algo que no es.
En varias de sus obras, el autor estadounidense refleja cómo es la sociedad española del momento. En una de sus obras (Muerte en la tarde) describe al toreo no como un deporte, sino como un drama trágico donde el orgullo y el valor se miden a la muerte de forma ceremonial.
En Por quién doblan las campanas habla de la Guerra Civil y retrata a un pueblo que, a pesar de estar dividido políticamente, se mantiene unido por su lealtad innegociable a sus principios propios.
Admiraba también en sus crónicas la vida cotidiana, la sobriedad del campesino y del ciudadano común, quienes le trataban de igual, independientemente de que fuese famoso y tuviese dinero.