Psicología

La psicología confirma que las personas que hablan alto y a veces gritan no son agresivas, en realidad sienten las emociones con más fuerza que el resto

Imagen generada con IA.
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Aitana Pascual
  • Aitana Pascual
  • Aitana Pascual Cuesta (2001) es estudiante de Periodismo en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid desde el 2023. Escogió esta profesión por su gran vocación con la comunicación y la escritura. Hoy en día, tiene mucho interés por la historia, deportes y actualidad. Su principal objetivo es seguir formándose y aprender a contar los sucesos de forma clara y rigurosa.

Hay personas que hablan alto, gesticulan mucho y elevan la voz cuando cuentan algo que les emociona. Para quienes las escuchan, ese comportamiento puede confundirse rápidamente con enfado, agresividad o una personalidad conflictiva. Sin embargo, la psicología y la investigación sobre la comunicación y el bienestar emocional muestran que el volumen de la voz no basta para determinar la intención de una persona. La intensidad vocal forma parte de las señales que utilizamos para transmitir y reconocer emociones, pero debe interpretarse junto al tono, el ritmo, las palabras y la situación. Por eso, alguien que habla fuerte puede estar simplemente expresando una emoción con mucha intensidad.

La voz también transmite emociones

Cuando hablamos, no sólo comunicamos información mediante las palabras. Nuestra voz incorpora numerosos elementos que permiten al interlocutor interpretar cómo nos sentimos, como la intensidad, tono, ritmo, pausas y calidad vocal. Las investigaciones sobre emociones han demostrado que estas características cambian cuando aumenta nuestro nivel de activación.

En situaciones de elevada activación emocional, como entusiasmo, miedo o enfado, la voz puede volverse más intensa, rápida y aguda. Por el contrario, estados como la tristeza o el aburrimiento suelen asociarse con una menor intensidad y un ritmo más lento. La voz funciona así como una especie de ventana que proporciona información sobre el estado emocional de la persona que habla.

Hablar alto no es ser agresivo

Aquí está una de las diferencias fundamentales. La agresividad y la emoción no son lo mismo. La Asociación Americana de Psicología define la ira como una emoción que puede variar desde una irritación leve hasta una furia intensa, mientras que la agresión implica una conducta dirigida a dañar a otra persona o cosa.

Por tanto, alguien puede estar enfadado sin comportarse agresivamente y también puede levantar la voz sin pretender intimidar o hacer daño. El volumen constituye una señal emocional, pero por sí solo no permite saber qué pretende conseguir una persona. Para identificar una conducta agresiva, hay que observar el conjunto de comportamientos y el contexto en el que se produce.

Cuando las emociones se viven intensamente

Las personas también pueden elevar espontáneamente la voz cuando experimentan alegría, entusiasmo, sorpresa o nerviosismo. Una conversación sobre algo que apasiona, una celebración o una discusión especialmente importante pueden provocar cambios en la intensidad vocal sin que exista necesariamente hostilidad.

La investigación sobre la expresión vocal de las emociones positivas ha encontrado que estados de elevada activación, como la alegría o la diversión, también pueden presentar voces más fuertes y variaciones mayores de tono. Esto demuestra que una voz intensa no pertenece exclusivamente a las emociones negativas. La misma característica vocal puede aparecer en emociones completamente diferentes.

Gritar sí puede tener otros significados

Que levantar la voz no equivalga automáticamente a agresividad tampoco significa que los gritos sean siempre inofensivos. En determinadas circunstancias, gritar puede formar parte de una conducta intimidatoria, especialmente cuando aparece acompañado de insultos, amenazas, humillaciones o intención de dominar al interlocutor.

La diferencia está precisamente en el conjunto de la conducta. Una persona que habla alto mientras cuenta una historia no está haciendo lo mismo que alguien que grita para intimidar a otra persona. Confundir ambos comportamientos puede llevar tanto a etiquetar injustamente a alguien como agresivo como a ignorar señales reales de violencia.

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