Fernando Alberca, pedagogo experto en educación: «El objetivo no es que nuestros hijos tengan una vida cómoda, sino una vida feliz, aunque haya dificultades»
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Educar a los hijos para que sean felices es uno de los mayores retos a los que se enfrentan las familias, especialmente en una sociedad como la actual, en la que priman la inmediatez y la comodidad. Protegerles de cualquier obstáculo puede parecer una muestra de amor, pero en realidad les impide desarrollar habilidades esenciales como la perseverancia, la paciencia y la tolerancia a la frustración.
Sobre esta cuestión reflexiona Fernando Alberca, pedagogo y experto en educación, que defiende la importancia de enseñar a los niños el valor del esfuerzo desde pequeños.
«El objetivo no es que nuestros hijos tengan una vida cómoda, sino una vida feliz, aunque haya dificultades»
La advertencia del experto es contundente: si los padres siguen educando a sus hijos con la idea de que la vida debe ser fácil, corren el riesgo de criar adultos que no sepan afrontar las dificultades que encontrarán en el mundo real. El esfuerzo, la constancia y la resiliencia son capacidades fundamentales que deben desarrollarse desde pequeños para preparar a los niños para un futuro satisfactorio. No se trata de alcanzar el éxito en términos materiales, sino de encontrar la felicidad y la satisfacción personal.
Sólo así podrán convertirse en personas fuertes, seguras de sí mismas y capaces de perseguir sus objetivos. La clave consiste en enseñarles que lo verdaderamente importante no es esquivar el esfuerzo, sino aprender a disfrutar del camino y apreciar la satisfacción de conseguir aquello que parecía inalcanzable. Alberca sostiene que uno de los principales errores en la educación infantil actual es pensar que los niños deben disfrutar de una vida sin obstáculos, en la que primen la comodidad y el bienestar sin necesidad de esforzarse.
«El objetivo no es que nuestros hijos tengan una vida cómoda, sino una vida feliz, aunque haya dificultades», asegura.. Esta forma de educar, basada en la idea de que las cosas difíciles no merecen la pena, resulta especialmente perjudicial en una sociedad en la que la perseverancia y la capacidad de superar obstáculos parecen haber cedido terreno ante la inmediatez y la comodidad. Según Alberca, las generaciones nacidas después de 1980 son las que más han sufrido los efectos de esta mentalidad.
«Las consecuencias de no esforzarse son claras: apatía, inseguridad, baja autoestima, frustración, ansiedad, incluso depresión. Les hemos alimentado con la idea de que los modelos más apetecibles son los más cómodos, que si la vida es cómoda es feliz. Y esto es mentira», advierte.
El valor del esfuerzo
Alberca no se limita a cuestionar este modelo educativo, sino que plantea una alternativa basada en enseñar a los niños el valor del esfuerzo. En su libro «La magia del esfuerzo», defiende una perspectiva diferente sobre lo que significa alcanzar el éxito. En lugar de dar prioridad únicamente a los resultados visibles, el verdadero éxito reside en la capacidad de luchar, perseverar y superarse a uno mismo.
Es habitual felicitar a los niños sólo cuando consiguen un objetivo, pero también es importante reconocer el esfuerzo que han realizado para alcanzarlo. Por ejemplo, si un niño ha estudiado mucho para un examen, conviene elogiar su dedicación independientemente de la calificación obtenida. De esta manera, aprende que el proceso de aprendizaje tiene tanto valor como el resultado final.
Por otro lado, los niños aprenden tanto de lo que observan como de lo que escuchan. Por eso, demostrar esfuerzo y perseverancia en las actividades cotidianas puede ayudarles a incorporar estos valores a su comportamiento. Compartir experiencias personales sobre las dificultades superadas y la importancia de no rendirse también permite transmitirles enseñanzas útiles para su desarrollo.
Los objetivos demasiado ambiciosos pueden resultar abrumadores durante la infancia. Para facilitar su consecución, es recomendable dividirlos en pasos más pequeños, realistas y alcanzables. Asimismo, reconocer los pequeños logros que se producen durante el proceso ayuda a mantener la motivación y refuerza la percepción de que el esfuerzo merece la pena.
El esfuerzo requiere tiempo, constancia y dedicación, por lo que resulta fundamental aprender desde la infancia que los resultados no siempre llegan de inmediato.
«Muchos padres asumen erróneamente que lo mejor que pueden hacer por sus hijos es tratar de evitar que pasen por las dificultades que ellos pasaron en su infancia. Esto les lleva a la sobreprotección y a ofrecer una vida demasiado cómoda donde sus hijos no deben hacer esfuerzos para obtener lo que desean.
Es importante tener en cuenta que nadie nace con la capacidad de esfuerzo, trabajo o sacrificio. Son hábitos que es necesario desarrollar. La capacidad de esfuerzo y sacrificio se desarrolla cada día convirtiendo las conductas en hábitos; con el hábito adquirido, disminuye la sensación de esfuerzo. Si los niños crecen sin capacidad de esfuerzo, pueden convertirse en adultos con serias dificultades a nivel laboral, social, familiar, etc. incapaces de marcarse objetivos y cumplirlos», explica el psicólogo Alberto Soler.
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