Alemania se fija en Groenlandia y excava a 2500 metros de profundidad para encontrar algo inaudito: una nueva forma de vida en una fosa
El descubrimiento se realizó a una profundidad de 2.537 metros, en un entorno donde las condiciones son extremas
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El nuevo hallazgo científico que confirma que el origen de la vida puede estar en las profundidades marinas

Elocéano profundo sigue siendo, en muchos sentidos, un territorio desconocido. A día de hoy, hay zonas enteras del fondo marino que apenas se han estudiado, y cada vez que se baja un poco más o se analiza con más detalle, aparecen cosas que no encajan del todo con lo que ya se sabía tal y como ha ocurrido ahora que se ha excavado a 2500 metros de profundidad y se ha encontrado algo inaudito.
Todo ha pasado en una zona del Atlántico Norte, al sur de Groenlandia. Un equipo internacional de investigadores, con presencia destacada de Alemania, ha dado con algo que ha obligado a parar y mirar con calma ya que han dado con un organismo que no se parece lo suficiente a los conocidos como para encajarlo sin más en lo que ya existía. Y ahí está la clave. No es solo una especie nueva. Es algo más profundo.
Alemania excava a 2500 metros de profundidad para encontrar algo inaudito
El descubrimiento se produjo en la cuenca de Irminger, a más de 2.500 metros de profundidad. Concretamente, a 2.537 metros. Es una zona donde no hay luz, donde la presión es enorme y donde trabajar ya es complicado sólo por llegar. De ahí se extrajo un único ejemplar. Y ese detalle, aunque pueda parecer menor, dice bastante de lo excepcional que es todo esto.
El organismo pertenece a los copépodos, un grupo de crustáceos diminutos que están por todo el océano. Pero este caso no es uno más dentro del grupom ya que desde el principio quedó claro que había algo que no cuadraba.
Lo que han encontrado no encaja con lo conocido
Durante más de siglo y medio, dentro de este tipo de organismos sólo se reconocía una familia. Así ha sido desde mediados del siglo XIX y no es que no se hayan descubierto especies nuevas, pero la base de la clasificación se había mantenido bastante estable.
Algo que cambió ahora, cuando los investigadores empezaron a analizar el ejemplar, vieron diferencias demasiado claras como para ignorarlas. No era solo cuestión de forma. También había cambios en su estructura y, sobre todo, en lo que mostraban los análisis genéticos.
Con todo eso, la conclusión fue directa: estaban ante algo distinto. Lo suficiente como para definir una nueva familia, bautizada como Thalassodoridae. La especie, por su parte, ha recibido el nombre de Thalassodoron bathyale. Traducido, algo así como «regalo de las profundidades», un nombre que es bastante apropiado, teniendo en cuenta cómo ha aparecido.
Un animal que rompe lo que se esperaba
Si se mira de cerca, el organismo tiene detalles que llaman la atención incluso dentro de lo raro que puede ser el océano profundo. Para empezar, en su fase adulta no se alimenta y no tiene piezas bucales, algo que rompebastante con la idea general que se tiene de cualquier animal.
Luego están sus anténulas, muy largas y orientadas hacia atrás, algo que tampoco se había visto de esa manera en otros ejemplares del grupo. Y su ciclo de vida tampoco es lo habitual. En la fase larvaria vive como parásito dentro de otros organismos marinos. Después, cuando pasa a adulto, se mueve libremente por el agua. Todo esto, junto, es lo que ha llevado a los científicos a concluir que no era una simple variante de algo ya conocido.
Las profundidades siguen guardando demasiados secretos
Más allá del hallazgo en sí, hay una idea que vuelve a aparecer y es que no sabemos tanto como creemos. Cada vez que se estudian zonas profundas con más detalle, aparecen organismos que no estaban catalogados. Y no es algo puntual. Empieza a ser casi una constante.
La investigadora Nancy Mercado Salas, del Instituto Leibniz, lo resumía de forma bastante clara: «las profundidades marinas siguen albergando formas de vida desconocidas». Dicho así, puede sonar obvio, pero en realidad no lo es tanto dado que se está hablando de descubrimientos que cambian clasificaciones que llevaban más de 150 años sin tocarse.
Un trabajo que no depende de un solo país
Detrás del hallazgo hay un equipo internacional si bien han participado investigadores de Alemania, Italia y México, algo bastante habitual en este tipo de proyectos. No es sólo cuestión de compartir conocimiento sino también de recursos ya que trabajar en estas zonas requiere tecnología muy concreta y no todos los equipos pueden hacerlo por separado. En este caso, el Instituto Leibniz ha tenido un papel importante, pero el resultado final es fruto de la colaboración.
Un solo ejemplar y muchas preguntas abiertas
Hay un detalle que se repite mucho entre los propios investigadores y es que sólo hay un ejemplar y eso deja muchas preguntas en el aire, ya que no se sabe cuántos más puede haber, ni cómo es exactamente su hábitat, ni si se trata de una especie rara o simplemente poco detectada. Tampoco se conoce bien su comportamiento más allá de lo que se ha podido observar en este caso concreto.
Pero lo que que sí está claro es que el descubrimiento no cierra nada sino más bien al contrario, ya que abre nuevas líneas de investigación. Y eso, en ciencia, suele ser lo más interesante, porque significa que todavía queda mucho por descubrir ahí abajo.