Océanos

Vida a 9 kilómetros bajo el océano: el ecosistema más profundo

¿Qué encontraríamos si hiciéramos un viaje hacia las profundidades del océano? Aquí hacemos un análisis del mundo submarino.

Nadie imaginó lo que había en el fondo del mar

La vida en el fondo del océano

Secretos del fondo marino

Fondo del mar
Profundidad océano.
Francisco María
  • Francisco María
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Cuesta imaginarlo. Nueve kilómetros hacia abajo, en línea recta, desde la superficie del mar. Sin luz. Sin ruido, o al menos sin el tipo de ruido que entendemos. Solo oscuridad, frío y una presión tan brutal que aplastaría cualquier cosa diseñada para vivir aquí arriba. Y aun así, ahí abajo hay vida. No una excepción aislada, sino comunidades enteras funcionando a su manera.

Ese mundo pertenece a la zona hadal, que empieza donde el océano ya parece inaccesible, a unos 6.000 metros, y se extiende hasta las fosas más profundas del planeta. La más conocida es la Fosa de las Marianas, donde algunos puntos rozan los 11.000 metros. Pero más allá de los récords, lo interesante es lo que ocurre allí abajo.

Un lugar donde la física manda

A esas profundidades no hay medias tintas. La presión supera los 1.000 bares. Dicho rápido: más de mil veces la presión que sentimos ahora mismo. Eso no es solo incómodo. Es destructivo. Las proteínas se deforman, las membranas celulares pierden estabilidad… la vida, tal y como la conocemos, no debería funcionar.

Fondo marino
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Los organismos que viven en estas condiciones han ido afinando soluciones muy concretas. No espectaculares, pero sí eficaces. Algunas moléculas, como el TMAO, ayudan a que las proteínas mantengan su forma. Las membranas celulares son más flexibles, menos rígidas. Y los cuerpos, en general, evitan cualquier estructura que pueda colapsar. Nada de cavidades llenas de aire. Nada de esqueletos ligeros.

La temperatura tampoco ayuda. Ronda los 1 o 2 grados. Frío constante. Y lo de la luz, directamente, no existe. Lo que no produzca el propio organismo —bioluminiscencia, en algunos casos—, no se ve.

Criaturas discretas, pero perfectamente diseñadas

Si alguien espera encontrar grandes depredadores al estilo documental clásico, mejor que baje las expectativas. Aquí no hay tiburones patrullando ni ballenas cruzando el paisaje. La fauna es otra cosa. Más pequeña, más blanda, a veces casi transparente.

Uno de los animales más representativos es el pez caracol hadal. No es bonito en el sentido tradicional. Tiene un cuerpo gelatinoso, sin escamas, que parece poco resistente… pero precisamente ahí está la clave. Esa textura le permite soportar la presión sin romperse. En expediciones recientes se han visto ejemplares a más de 8.000 metros. No muchos peces llegan ahí.

Luego están los anfípodos, pequeños crustáceos que, en estas profundidades, pueden alcanzar tamaños sorprendentes. No gigantes en términos absolutos, pero sí más grandes que sus equivalentes en aguas menos extremas. Lo curioso es que en varios estudios se han encontrado microplásticos dentro de ellos. Sí, incluso aquí abajo.

También aparecen pepinos de mar, estrellas frágiles y otros organismos que, a simple vista, podrían parecer poco relevantes. Pero cumplen funciones clave. Procesan materia orgánica, reciclan nutrientes, mantienen el sistema en marcha. Sin ellos, todo se vendría abajo bastante rápido.

Un ecosistema que vive de lo que cae

No hay plantas, no hay fotosíntesis. Así que la energía tiene que venir de otro sitio. En muchas zonas hadales, la base del sistema es lo que se conoce como “nieve marina”. Básicamente, restos orgánicos que descienden lentamente desde capas superiores: fragmentos de organismos, excrementos, partículas microscópicas… No es abundante, pero es constante.

Algunos animales tienen metabolismos muy lentos. Pueden pasar bastante tiempo sin comer. Otros son más oportunistas. Si cae algo grande, el cadáver de un pez, por ejemplo, se genera una especie de explosión de actividad. Decenas, a veces cientos de organismos se concentran alrededor y consumen el recurso en cuestión de horas o días.

Hay un detalle interesante que se ha ido confirmando en los últimos años: las fosas oceánicas no son simples agujeros pasivos. Actúan como zonas de acumulación. Atrapan más materia orgánica de lo que se pensaba, lo que permite que haya más vida de la esperada en ciertos puntos. No es abundancia, pero tampoco es un desierto.Curiosidades del fondo del mar

Cómo se estudia algo que está tan lejos

Llegar ahí abajo no es trivial. Durante mucho tiempo, las expediciones eran contadas. Muy pocas, carísimas, arriesgadas.

En 1960, el batiscafo Trieste descendió hasta el fondo de la fosa de las Marianas. Fue un hito. Pero después de eso, hubo largos periodos sin visitas humanas. No por falta de interés, sino por limitaciones técnicas.

En los últimos años, la cosa ha cambiado. Exploradores como Victor Vescovo han impulsado nuevas inmersiones con sumergibles mucho más avanzados. Su expedición Five Deeps, por ejemplo, logró alcanzar los puntos más profundos de cada océano.

Aun así, la mayoría de los estudios actuales se hacen sin humanos a bordo. Se utilizan vehículos operados remotamente (ROVs) o sistemas autónomos. Van equipados con cámaras, sensores, brazos robóticos… bajan, graban, recogen muestras y suben.

Y lo que están encontrando sigue ampliando el mapa de lo desconocido.

Descubrimientos recientes (y no todos son tranquilizadores)

En la última década se han identificado nuevas especies en la zona hadal. Muchas aún están en proceso de clasificación. No es raro: estamos explorando un territorio que, en términos prácticos, sigue siendo casi virgen.

También se ha avanzado bastante en genética. Algunas adaptaciones a la presión extrema empiezan a entenderse mejor. No del todo, pero ya hay pistas claras.

Ahora bien, no todo lo que aparece es positivo.

Se han detectado contaminantes industriales en sedimentos profundos. Microplásticos, compuestos químicos persistentes… cosas que, en teoría, no deberían estar ahí. Pero están. Y no en pequeñas cantidades anecdóticas.

Eso cambia un poco la narrativa. Porque estos lugares, que durante mucho tiempo se consideraban aislados, en realidad están conectados con lo que ocurre en la superficie. Más de lo que nos gustaría.

Por otro lado, los microorganismos que viven en estas condiciones extremas están despertando bastante interés. No tanto por curiosidad (que también), sino por posibles aplicaciones. Enzimas resistentes a presión, procesos bioquímicos distintos… hay potencial ahí, aunque aún esté en fases muy iniciales.

Más que un lugar extraño

Podría parecer que todo esto es una rareza biológica, algo interesante pero marginal. No lo es. Estos ecosistemas forman parte del sistema global del planeta. Influyen en ciclos de carbono, en la dinámica de nutrientes, incluso en cómo se almacenan ciertos compuestos a largo plazo. No son grandes en superficie, pero su papel no es despreciable.

Y luego está la otra lectura. La más abierta.

Si la vida puede adaptarse a condiciones tan extremas, sin luz, con presión extrema, con pocos recursos, quizá no sea tan raro encontrarla en otros lugares del universo. Océanos bajo el hielo, lunas lejanas… escenarios que antes parecían improbables empiezan a mirarse con otros ojos.

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