Ture Rangström se coló en el Palau March, entre Sibelius y Saint-Saëns
La cuarta y penúltima cita del ciclo del Palau March, adscrito al Festival de Deià, venía perfumada con aires nórdicos
La cuarta y penúltima cita del ciclo del Palau March, adscrito al Festival de Deià, venía sobre el papel perfumada con aires nórdicos. Primero, por la nacionalidad de los intérpretes, ambos suecos, el violinista Bern Lysell y el pianista Carl Pontèn, y también, por la presencia en el programa de Jean Sibelius, compositor finlandés. En realidad, el objetivo era proponernos un viaje desde el clasicismo al romanticismo tardío, con la mirada puesta en la evolución de los roles entre el violín y el piano a lo largo de la historia.
Lo importante, en todo caso, era que la calidad y calidez de los intérpretes estaba garantizada porque hablamos de figuras principales del panorama en la escena musical escandinava de nuestros días: Bern Lysell, un concertino consumado de gran reputación, y Carl Pontèn, crecido en sus inicios bajo la tutela del Mozarteum. Ambos en la plenitud de sus carreras.
Garantizada entonces la calidad imprescindible, el público se disponía a ser testigo de una suerte de lección magistral centrada sobre la evolución de los estándares en proceso de forja durante la evolución histórica del juego entre los diálogos del violín y el piano en el territorio de la música de cámara.
Acudiendo al programa elegido, veíamos cómo Mozart, en Serenata K 301 (1778), rompía con la tradición donde el piano dominaba, mientras el violín solo acompañaba, inaugurando una conversación de igual a igual, en plena hegemonía del clasicismo. Después se cerraba la primera parte con Sibelius y Sonatina Opus 80 (1915), en la que busca la pureza melódica, huyendo del exceso romántico para que el violín se torne profundamente expresivo, claro ejemplo de la reacción del neoclasicismo frente a las formas estrictas del romanticismo.
Finalmente, aguardaba en la segunda parte el broche de oro de la velada con la Sinfonía nº 1 (1885) de Camille Saint-Saëns, que se enmarca en el romanticismo tardío, mostrando un diálogo concertante de características extremas, situando el violín y el piano cómplices en unas condiciones de igualdad. Una complicidad considerada obra cumbre en la música de cámara del siglo XIX. Aquí debía despedirse la velada. En esas, Ture Rangström decidió colarse entre Jean Sibelius y Camille Saint-Saëns.
Ocurría de manera inesperada, al no contemplarse en el programa original, pero a Lysell y Pontèn les pesó el alma sueca, optando por acudir a un autor local, y casualmente tampoco lo hicieron por capricho. Nos explicaron que lo que nos disponíamos a escuchar, probablemente por primera vez aquí, y también en el resto de España, «hasta puede que en Suecia» (entre risas), se correspondía con una obra de cámara poco común, algo extravagante, que conectaba a la perfección con los postulados contemplados en el programa, esto es, establecer conexiones con la búsqueda de nuevas fuentes capaces de sublimar los diálogos entre el violín y el piano en tiempos tempranos.
Ture Rangström (1884-1947) fue uno de los compositores destacados en el tiempo reservado al neorromanticismo sueco. En su haber, la búsqueda de la identidad nacional, recurriendo para ello al misticismo del folclore. Su estilo se mueve entre el romanticismo tardío y el expresionismo, impregnando su obra de formas pasionales y líricas, como quedaba de manifiesto en la obra elegida, la Suite nº 2 en modo barroco para violín y piano (1920-1922), en la actualidad considerada, como he dicho, obra de cámara poco común.
Además, su don para la melodía vocal, expuesto en sus lieders, también se detecta en su música instrumental. La anotación, en modo barroco, tenía que ver con la tendencia neoclásica imperante en las primeras décadas del siglo XX, consistente en utilizar las formas del XVIII, solo que filtradas por la sensibilidad contemporánea. Un siglo después, esta suite sigue siendo de limitada difusión, a pesar de que la musicología reconoce ver en ella «una pequeña joya de cámara que toma la elegancia del barroco y la impregna de melancolía nórdica». Veamos, entonces, los interiores de esta suite.
El primer movimiento, Entrata, es un allegretto pomposo que se ajusta a las formas barrocas. El segundo, Alla ballata, se crece como un paréntesis lírico acudiendo a la balada nostálgica, mientras el tercero, Finale quasi grotesca, es un allegro molto e feroce que rompe definitivamente con todo el academicismo barroco. Queda claro que la manera de describir los tres movimientos es una completa extravagancia y, posiblemente, de ahí venga la escasa ejecución de esta suite de cámara que, no obstante, tiene la virtud de acelerar los diálogos de violín y piano, preparando así, accidentalmente, el recorrido intenso de la Sonata nº 1 de Camille Saint-Saëns.
Un apunte final. El segundo movimiento de la suite de Rangström puso en guardia mi cinefilia, eso que llevo tres décadas sin ejercer la crítica de cine desde que Pedro J. Ramírez me prohibiese escribir crítica tras poner mal la película de Carlos Saura El Dorado, en EL MUNDO/El Día de Baleares, tras el lloriqueo progre de los hermanos Marinero, críticos oficiales de la casa.
Recuérdese que hablamos de momentos extremadamente líricos. Pues bien, el cineasta británico Colin Nutley, cuya carrera desarrolló principalmente en la televisión y el cine de Suecia, en 1994 dirigió La casa de los ángeles: el segundo verano, cuya banda sonora incluye el segundo movimiento de la Suite nº 2 en modo barroco. La obra de Ture Rangström forma parte del patrimonio musical de Suecia. Un gran regalo, el de Lysell y Pontèn.