PRIMERA LÍNEA

Son Gotleu no es Molenbeek

Son Gotleu no es Molenbeek

Una ciudad con profundas raíces de integración social como Ceuta, ahora asediada por una invasión violenta, con el consentimiento fraudulento del Gobierno socialcomunista de España, da ocasión para reflexionar sobre determinados comentarios a propósito de la presencia musulmana durante décadas en Mallorca y, ahora, maldecida por almas extremistas.

Lo primero de todo es recordar que en Ceuta, durante siglos, han convivido sin enfrentamiento alguno musulmanes, cristianos, judíos e hindúes. Y eso es, precisamente, lo que ha venido ocurriendo en Mallorca durante décadas por la llegada a nuestra isla de la inmigración musulmana regulada.

En algunas de mis columnas he visto aflorar comentarios, por lo general, contrarios a quienes conviven entre nosotros y son de origen magrebí. No suelo leerlos, aunque, alertado por gente próxima, no quedaba otra que expresar mi convencimiento de que la convivencia sí es posible entre nosotros.

El domingo 23 de agosto se celebró por las calles del barrio palmesano de Son Gotleu el Mawlid, la tradicional procesión musulmana que celebra el nacimiento de Mahoma y que, oficialmente, este año 2026 se correspondería con el martes 25 de agosto. Aires festivos, familias enteras participan en un recorrido que finaliza en una concentración para entonar plegarias al objeto de consolidar la unión y la paz de la comunidad musulmana. Y punto.

El simple anuncio de la Policía Local, recordándonos el cierre de las calles por las que discurriría el Mawlid en Son Gotleu, levantó comentarios en contra, lo más probable, provocados por aquellos acontecimientos recientes que se habían producido en Ceuta, despertando gran alarma entre la población. Y lo más paradójico es que, muy cerca de Son Gotleu, nunca se ha dicho nada a propósito de la celebración del Año Nuevo Chino, probablemente por ser una celebración de gran colorido y también porque no despierta recelo al tratarse de una comunidad encerrada en sí misma.

El Mawlid, de celebrarse como debe, resulta igualmente rico en contenidos visuales y también en lo que respecta a su arte caligráfico, más allá, por supuesto, de los prejuicios.

He pasado agosto en la Part Forana, al norte de la isla, y en estas fechas vi a no pocos musulmanes vestidos con la tradicional chilaba, la prenda de uso habitual en las celebraciones religiosas. Algo natural en su cultura, que no encierra amenaza alguna y, por tanto, debemos verlo como algo natural e interpretarlo, simple y llanamente, con ánimo de buena vecindad.

Como es lo habitual con los desfiles procesionales de Semana Santa, resulta sorprendente que sean grupos locales de extrema izquierda los que vienen exigiendo que sean suspendidos para no ofender a los musulmanes, de igual manera que exigen comida halal en los colegios y que no se cocine carne de cerdo para no crearles ansiedad a los niños musulmanes.

¿Por qué tanta estupidez o simple complejo de inferioridad en Occidente? El respeto es compatible con exigir que se respeten nuestras costumbres. Ellos podrán prohibir que las mujeres desfilen y que las niñas lo hagan separadas de los hombres. Es su fiesta. Pero, en el día a día, nuestro Estado de derecho debe marcar las diferencias, en pleno equilibrio con la diversidad. Dicho queda.

Durante muchos años, la convivencia entre mallorquines y magrebíes, antes de la llegada de otras etnias de religión musulmana, ha sido algo natural, y su contribución a nuestra economía se ha desarrollado mayormente en los sectores de la construcción, el comercio, la restauración y la agricultura, siempre tributando como corresponde. Incluso han participado con naturalidad en fiestas populares.

Hasta llegar el fenómeno invasor de la globalización, que provocó, en torno al año 2002, la llegada masiva de inmigrantes, y no siempre procedentes de las mejores familias, después condicionada por la irrupción de ilegales gracias al efecto llamada, con el apoyo entusiasta de un PSOE radicalizado, cuyo buenismo no dejaba de ser una trampa letal.

Es a partir de entonces cuando surgen continuamente fricciones entre los propios del lugar y quienes, llegados irregularmente, se han aficionado con sumo gusto a las actividades delictivas y a propiciar la inseguridad ciudadana de forma reincidente. Sin olvidar, lo repito, que hablo de «lo mejor de cada casa». Decirlo así no es fascismo ni xenofobia, es una realidad «bendecida» por el buenismo de la extrema izquierda, fantaseando sobre el colectivo de marras como su caladero de votos al por mayor —eso piensan—, llegando al extremo de que el «puto amo» les felicite el final del Ramadán, mientras la idea de saludar la Navidad con sus naturales le provoca sufrida urticaria.

El efecto llamada, acelerando el proceso. La paguita, fidelizando el fervor por el amado líder. La regularización masiva, poniendo en jaque al Estado del bienestar. De paso, también el listado del censo. Un generoso caudal de ayudas, demasiadas veces negadas a los nuestros. Todo ello causa estupor en la población. Encima, la invasión de Ceuta, con bajada de pantalones del Gobierno de España ante las amenazas del sátrapa Mohamed, que, al parecer, tiene pillados por los huevos a la familia Sánchez-Castejón y Gómez.

El problema que ello supone es que las consecuencias apuntan a un delito de alta traición, al parecer «invisible» en nuestro ordenamiento jurídico.

Mientras un sector amplio mantenga su apoyo a la extrema izquierda, no va a variar la situación. Tampoco si el centroderecha no asume, sin complejos, la necesidad de poner orden en unas subvenciones desbocadas, sean cuales sean, y no cede ante las exigencias, vengan de donde vengan, contrarias al modelo de vida que siempre nos ha definido.

A partir de aquí, bienvenidas sean las culturas diferentes, siempre que tengan como punto de partida ser ejemplares y sin escrúpulos. Respeto mutuo. La convivencia, lo primero.

Son Gotleu no es Molenbeek, de donde salieron algunos de los terroristas de los atentados de París en noviembre de 2015, con Bataclan como su altar supremo de la ignominia. Sí, es uno de los barrios más conflictivos; tal vez, el que más. Palma debe asumir activamente las tareas necesarias para darle garantías de seguridad ciudadana y afrontar mejoras en él que sirvan para salir de su ostracismo.

Un barrio de trabajadores, que probablemente se ha ido deteriorando con el tiempo, después de contribuir al alumbramiento de la clase media de los años sesenta, bien merece una ejemplar rehabilitación y, por cierto, acabar con la lucha entre bandas que se dedican a la droga.

¿Qué pasó con el Mawlid el otro día? Pues que transcurrió sin incidentes; todo normal, como era de esperar. Ahora que la izquierda está fuera de las instituciones, es momento de que los políticos del centroderecha se pongan las pilas, muy en serio, porque en sus manos está derogar la solución.

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