Sánchez y Armengol: la fuerza del amor

Sánchez y Armengol: la fuerza del amor

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El socialismo español ha decidido que, ante la falta de argumentos, nada mejor que un beso. Pedro Sánchez abraza a Begoña Gómez, los fotógrafos inmortalizan el momento y Ferraz descubre, con quince años de retraso, «La fuerza del amor». La ocurrencia tiene un pequeño inconveniente: ya la utilizó el kirchnerismo argentino. Ni siquiera el sentimentalismo les pertenece. Hasta para fabricar emociones necesitan importar el guion.

La política argentina lleva décadas demostrando hasta dónde puede llegar la utilización de los sentimientos como instrumento de poder. El líder convertido en objeto de veneración, la militancia transformada en una comunidad de creyentes y cualquier crítica presentada como una ofensa personal. Una fórmula que permite sustituir los resultados por emociones y las explicaciones por adhesiones inquebrantables. En España, algunos parecen haber encontrado en ese modelo una fuente inagotable de inspiración.

Pero no hace falta cruzar el océano para encontrar semejanzas. Basta con aterrizar en Baleares, donde Francina Armengol lleva años cultivando una modalidad de amor todavía más resistente: el amor al poder.

Ocho años al frente del Govern le permitieron perfeccionar ese particular romanticismo político. Mucha retórica progresista, abundantes lecciones de superioridad moral y una gestión cuyas consecuencias siguen formando parte del debate público. La vivienda se convirtió en un problema cada vez más asfixiante, mientras el discurso oficial continuaba prometiendo soluciones que demasiados ciudadanos jamás llegaron a conocer.

Y después llegó el caso de las mascarillas. Aquella adquisición de 3,7 millones de euros a una empresa vinculada al caso Koldo, con material que no cumplía las especificaciones sanitarias previstas, dejó preguntas políticas que merecen respuestas. No hace falta anticipar condenas judiciales para exigir responsabilidades de gestión. Aunque para determinados socialistas la responsabilidad parece una extravagancia reservada exclusivamente a sus adversarios.

Lo verdaderamente admirable es la capacidad de supervivencia política de Armengol. Tras abandonar el Govern, aterrizó en la Presidencia del Congreso, convertida en una de las principales defensoras de Sánchez. Un ascenso que demuestra que, en el socialismo contemporáneo, la fidelidad al líder puede resultar bastante más rentable que cualquier balance de gestión.

Ahora Armengol contempla a Sánchez como un faro del progresismo. La imagen es enternecedora. Especialmente para quienes todavía esperan que ese faro ilumine algo más que los intereses de quienes lo rodean.

Mientras tanto, los baleares continúan enfrentándose a dificultades bastante menos románticas: salarios que pierden capacidad adquisitiva, viviendas inaccesibles, servicios públicos sometidos a presión y una administración que demasiadas veces parece vivir de espaldas a sus prioridades.

El problema no es que Sánchez quiera a Begoña ni que Armengol admire a Sánchez. El problema comienza cuando los sentimientos se utilizan como escudo político y se pretende sustituir la rendición de cuentas por una fotografía cuidadosamente iluminada.

Porque gobernar no consiste en emocionar a los fieles, sino en responder ante los ciudadanos. Y ninguna declaración de amor debería servir como certificado de buena gestión.

Quizá esa sea la gran enseñanza de esta política convertida en espectáculo sentimental: cuando el poder necesita envolverse constantemente en emociones, conviene mirar qué pretende ocultar bajo el envoltorio.

Sánchez pone los besos. Armengol, la devoción. Y los españoles, como siempre, recibimos la factura.

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