Armengol no suelta Baleares
El ascenso político de Francina Armengol hasta la presidencia del Congreso de los Diputados no fue simplemente un reconocimiento institucional. Fue, sobre todo, una recompensa política dentro del ecosistema del sanchismo: ese modelo de poder construido por Pedro Sánchez sobre dos pilares inamovibles, la fidelidad absoluta al jefe y la supervivencia parlamentaria apoyada en quien haga falta para no perder el poder.
Armengol ha sido durante años una de las alumnas más aplicadas de ese modelo. Su alineamiento con Sánchez ha sido total: desde la defensa de los pactos con partidos separatistas catalanes hasta la disciplina ciega ante cualquier estrategia parlamentaria del Gobierno. No es casualidad que su ascenso al Congreso llegara en un momento clave, cuando la estabilidad del Ejecutivo dependía en gran medida de acuerdos con formaciones como Esquerra Republicana de Catalunya o Junts per Catalunya, socios con los que Armengol siempre mantuvo una relación especialmente fluida.
La presidencia del Congreso fue, en ese contexto, el premio perfecto para una dirigente que había demostrado ser una pieza útil dentro del engranaje del sanchismo.
Pero el problema es otro: Armengol no se ha ido de Baleares. Aunque hoy ocupa la tercera autoridad del Estado, sigue comportándose como si el archipiélago fuese su feudo político. No pierde ocasión de aparecer en actos, conferencias, eventos institucionales o debates públicos en las Islas. La presencia constante de la presidenta del Congreso en la vida política balear es tan habitual que muchos empiezan a verla como una especie de invitada permanente —y cada vez más incómoda— en la escena política insular.
Resulta llamativo, porque si algo dejó Armengol tras ocho años de gobierno fue una gestión difícil de defender. Durante su etapa al frente del Govern, Baleares vivió uno de sus mayores desastres en materia económica y social. El acceso a la vivienda se convirtió en una misión casi imposible para miles de residentes: precios disparados, políticas públicas incapaces de contener el problema y, como colofón, pisos de protección oficial que permanecieron durante años vacíos y abandonados.
En el ámbito económico, sectores empresariales denunciaron reiteradamente el aumento de la presión regulatoria y la pérdida de competitividad de las Islas. Mientras tanto, los servicios públicos arrastraban problemas estructurales que lastraban el bienestar de la ciudadanía.
Pero quizá el episodio más grave de su etapa de gobierno fue el escándalo de las menores tuteladas por el IMAS, explotadas sexualmente mientras estaban bajo la custodia de la administración pública. Un caso que generó una enorme conmoción social y que llegó a atraer el seguimiento de organismos internacionales de protección de la infancia. El hecho de que menores bajo tutela institucional acabaran siendo víctimas de abusos y explotación sexual supuso uno de los mayores escándalos de la historia reciente de Baleares. Y sin embargo, el Govern de Armengol siempre intentó minimizar su alcance político.
A estos episodios se sumaron otras polémicas que marcaron el final de su mandato: la controvertida compra de mascarillas durante la pandemia —investigada judicialmente—, el llamado caso Hat Bar y diversas acusaciones sobre posibles tratos de favor en el entorno político e institucional del Govern. Ese fue el legado que dejó Armengol tras casi una década en el poder.
Mientras tanto, en Baleares, uno de sus discípulos políticos más visibles, Iago Negueruela, intenta mantener vivo lo que algunos llaman el «armengolismo». Aunque quizá sería más preciso describirlo como una versión insular y bastante más rudimentaria del sanchismo: control del aparato del partido, confrontación política permanente, negación sistemática de la realidad, escasa autocrítica tras las derrotas electorales y, como hemos visto recientemente, la repetición compulsiva del mantra «todo es culpa del PP o de la extrema derecha». En resumen: tratar al electorado como si no supiera pensar por sí mismo, actitud que indigna por igual a tirios y troyanos.
El resultado está a la vista. El socialismo balear atraviesa hoy una de sus etapas más débiles, especialmente en Palma, donde el partido ha perdido peso político y capacidad de liderazgo. Pero a pesar del evidente desgaste, Armengol sigue comportándose como si Baleares fuera su territorio natural. Desde el Congreso continúa opinando, interviniendo y apareciendo en todos los debates relevantes de las Islas.
La paradoja es difícil de ignorar: quien dejó una comunidad con graves problemas estructurales, tras ocho años de simulacro y desgobierno, parece incapaz de cerrar esa etapa y dar un paso atrás, a pesar de que los ciudadanos fueron bien claros en las urnas.
En política nadie vuelve solo por nostalgia. Y en Baleares cada vez más voces se preguntan si las continuas apariciones de Armengol no anticipan lo que tantas veces ocurre en el sanchismo: el regreso del líder… y la inevitable purga. ¿Recuerdan el Saturno de Goya?