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Lo que aprendí fotografiando el eclipse solar con el móvil en Soto del Real

vivo x300 Ultra eclipse
Foto: Nacho Grosso
Nacho Grosso
  • Nacho Grosso
  • Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribiendo profesionalmente desde 2017 para medios de difusión y blogs en español.

Hay pocas veces en este oficio en las que se te acelera el pulso antes de sacar el teléfono del bolsillo. Fotografiar el eclipse solar con el móvil fue una de ellas. Viajé hasta Soto del Real, en la Sierra de Guadarrama, muy cerca del embalse que separa este pueblo de Manzanares el Real. Lo hice invitado junto a otros periodistas para probar el vivo X300 Ultra durante el primer eclipse total visible desde la península ibérica desde 1905. Sabía las cifras de memoria, la hora exacta, los segundos de totalidad, pero ninguna me preparó para lo que sentí.

Encontrar el Sol con 400 mm de zoom no es tan fácil como parece

La tarde, tras un briefing en el que tuvimos la oportunidad de saber más sobre astrofotografía, empezó con nervios de otro tipo, los que da no encontrar lo que buscas. Con un filtro solar delante del teleobjetivo y el campo de visión reducido, el mundo entero desaparece de la pantalla y solo queda un disco blanco flotando en negro.

Foto: Nacho Grosso

Un pequeño temblor de la mano y ese disco se esfuma, y con él la sensación de tenerlo todo controlado. Ajusté el trípode, conecté el teléfono al disparador Bluetooth y respiré. No podía permitirme perder el Sol justo cuando empezara a importar de verdad.

Foto: Nacho Grosso

Por qué no fotografié el instante del anillo de diamante ni la totalidad

La totalidad empezó a las 20.31 horas y duró 53 segundos que se me hicieron eternos y cortísimos a la vez. El cielo se apagó como si alguien hubiera bajado un interruptor en el universo. Bajó la temperatura, se levantó una brisa que no estaba antes, y a mi alrededor alguien contuvo el aire sin querer. Fue entonces cuando aparté el teléfono. Podía haber disparado, tenía el encuadre listo, pero no quise ver ese momento por primera y quizá única vez en mi vida a través de una pantalla de seis pulgadas.

Foto: Nacho Grosso

Levanté la cabeza, me quité las gafas y miré. Se me puso la piel de gallina antes de entender por qué. La foto de ese instante, con el destello final del Sol asomando junto al disco oscuro de la Luna, la hizo mi compañero Pau Roldán, que tuvo la generosidad de cedérmela para este artículo, y cada vez que la miro vuelvo a sentir ese segundo exacto.

Foto: Pau Roldán

El zoom de 400 mm no viene de serie, y eso cambia la lectura del dato

Pasada la emoción, toca ser franco con lo que hay detrás del número que más se ha repetido estos días. El vivo X300 Ultra monta un teleobjetivo periscópico de 85 mm con un sensor de 200 megapíxeles y estabilización óptica, la base real de sus fotos con zoom. Para llegar a los 400 mm equivalentes con los que fotografiamos el eclipse hace falta acoplar el extensor ZEISS Telephoto Extender Gen 2 Ultra, un accesorio que se compra aparte. La suerte de disponer de él para ese momento es algo que agradezco, porque me hizo reflexionar sobre el alto nivel al que está la fotografía móvil actualmente.

Miguel Morales tuvo la gentileza de registrar mi emoción.

Modo Pro, RAW y la preparación que no se ve en la foto

Antes de salir de Madrid ya sabía que la clave no estaría en dejarlo todo en manos del automático. Bloquear el enfoque y la exposición, disparar en modo Pro y guardar en RAW me dio el margen que necesitaba, mientras el automático intentaba reajustar la imagen cada pocos segundos por el contraste brutal del Sol. Días antes, el equipo de vivo había contado con el astrofotógrafo, y también amigo, Galo Alcolea para planificar los tiempos exactos del fenómeno, y esa preparación fue la que me permitió, llegado el momento, dejar de pensar en la cámara y simplemente estar ahí.

El eclipse también ocurría fuera del encuadre del Sol

Mientras media docena de teléfonos apuntaban al cielo, ocurría algo que ninguna foto del disco solar cuenta por sí sola. La luz se volvió plana y gris, como un atardecer que no encajaba con el reloj. Los murciélagos comenzaron a volar, la gente dejó de mirar la pantalla de su móvil para mirarse entre sí, y hubo abrazos y algún nudo en la garganta que nadie se molestó en disimular. Esa fue, para mí, la mejor foto que no hice.

Vuelvo de ese lugar con la certeza de que un teléfono ya puede acercarse a un fenómeno astronómico con una nitidez impensable hace pocos años. Pero también lo hago con algo que ninguna especificación explica, y es que hay 53 segundos en mi vida que decidí no grabar para poder recordarlos mejor. En 2027, cuando otro eclipse total cruce mi provincia natal, Cádiz, sé que volveré a intentarlo. Y sé que, otra vez, apartaré la vista de la pantalla justo cuando llegue el momento.

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