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El club secreto del pulgar arriba: por qué hay gente que solo te responde a los estados con un emoji

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Fuente: Unsplash
Nacho Grosso
  • Nacho Grosso
  • Cádiz (1973) Redactor y editor especializado en tecnología. Escribiendo profesionalmente desde 2017 para medios de difusión y blogs en español.

Subes un estado de WhatsApp, da igual que sea una puesta de sol desde la terraza, tu perro dormido en una postura imposible o una noticia que de verdad te ha cambiado el día. A los tres minutos te llega la respuesta, y esa respuesta es un emoji. Ni un «qué bonito», ni un «qué fuerte», ni un triste signo de exclamación de propina. Un corazón, un fuego o, si el remitente viene valiente, dos emojis seguidos que forman un jeroglífico que solo entiende él. Todos tenemos a alguien así en el WhatsApp, y si te pones a pensarlo con calma, puede que ese alguien seas tú.

Un idioma con sus propias reglas, aunque nadie las haya explicado nunca

Contestar a un estado con un emoji se ha convertido casi en un idioma aparte, con sus normas tácitas, como esos códigos que se inventan los críos en el recreo. El corazón rojo viene a decir «lo he visto, me gusta, pero no tengo mucho más que añadir». La carita de risa se reserva para lo que hace gracia de verdad, aunque no tanta como para ponerse a escribir. Y el aplauso, que casi nadie coloca en el sitio correcto, suele significar «qué maquina». Y aquí puedes completar la lista como desees.

Y ojo, que esto no es solo pereza. Hay algo bastante sincero en un emoji suelto. No finge que va a escribir un párrafo entero y luego se lo piensa dos veces antes de mandar un «jajaja qué bien» que, total, tampoco dice gran cosa. Va al grano, te ha visto, le ha hecho algo de gracia o de pena, y ahí lo deja. Es como saludar con la cabeza al vecino en el ascensor. No hace falta pararse a hablar del tiempo cada vez que se coincide, y con los estados pasa parecido.

Captura: Nacho Grosso

La chispa de decepción cuando solo te llega un icono

Aun así, cuesta que no te sepa un poco mal. Subir algo, aunque sea una tontería como el café con la espuma perfecta, tiene su punto de exponerse. Y es que te abres un poco, aunque sea de milímetros, y esperas algo a cambio. Cuando lo que llega es solo un icono amarillo, a veces sabe a palmadita en la espalda dada sin mirarte a la cara, de esas que se dan de pasada, sin frenar el paso.

Y lo curioso es que esta gente no es fría en persona ni de lejos. Muchos de los que solo contestan con un emoji son justo los que luego, en una cena con amigos, no paran de hablar. El emoji no mide lo que te quieren, sino las ganas que tienen de ponerse a escribir en el móvil a las once de la noche, que buena parte de las veces son pocas. Eso también dice algo de cómo llevamos hoy en día lo de estar pendientes de todo sin dedicarle tiempo de verdad a casi nada.

Lo que nos estamos acostumbrando a aceptar

Nadie ha roto una amistad por un corazón mal puesto, así que tampoco vamos a ponernos trascendentales con esto. Pero sí vale la pena pararse a pensar qué estamos normalizando cada vez que damos por buena esa respuesta tan mínima. Una conversación que nunca llega a arrancar, un intercambio que se cierra antes de haber empezado. La próxima vez, en vez del emoji de turno, prueba a escribir la frase entera. Cuesta diez segundos más y, seguramente, deja mejor sabor de boca que cualquier icono, por bien elegido que esté.

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