Zapaterismo: La estafa histórica

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Nos vendieron la mentira de que España iba viento en popa. Que éramos la envidia de Europa. Que vivíamos en la Champions League económica. Mientras tanto, Zapatero, con su sonrisa bobalicona y su discurso de paz y amor, conducía al país directo al precipicio.

Eso fue el zapaterismo: no un error de gestión, sino un delito contra la verdad. Un ejercicio sistemático de negacionismo criminal. Cuando la crisis ya golpeaba con saña en 2008, él seguía diciendo que «España no estaba en crisis». Negó la evidencia mientras miles de familias se hundían en el paro y la desesperación. Maquilló cifras, ocultó datos y convirtió el Gobierno en una fábrica de propaganda barata que hacía eco en todo al que le daba pereza pensar por sí mismo.

Algunos lo advirtieron ya en 2009: España no estaba superando la crisis, la estaba parcheando con chapuzas. Zapatero no solo no escuchó, sino que redobló la apuesta. Tardó tanto en reconocer la debacle que cuando lo hizo ya era demasiado tarde. Y él mismo lo admitiría años después con esa ligereza suya tan insultante: «tardé en darme cuenta». Como si destruir un país fuera un simple despiste.

Pero no fue un despiste. Fue arrogancia, incompetencia y desprecio absoluto por los españoles. Zapatero no gobernó con datos, gobernó con relatos. Sustituyó la economía real por eslóganes, la responsabilidad por postureo y la verdad por un sentimentalismo cursi que todavía hoy nos intoxica. Bajo su mandato se consolidó la idea de que criticar al poder progresista era de fascistas y que el mérito olía a derechita cavernaria. Mientras tanto, se inflaba el sector público, se multiplicaban los enchufados y se destruía el tejido productivo y se alimentaba la dependencia.

De aquellos polvos vienen estos lodos. El sanchismo no es una anomalía: es la mutación genética del zapaterismo. Más radical, más cínico y más peligroso. Lo que Zapatero empezó con torpeza e ignorancia, Sánchez lo ha convertido en doctrina de Estado: mentir como método de gobierno, dividir a los españoles para mantenerse en el poder y degradar todas las instituciones que se interpongan en su camino.

Y ahora, cuando ya creíamos que Zapatero había pasado a la irrelevancia, vuelve a aparecer envuelto en la mierda de siempre. Investigaciones judiciales, sospechas de tráfico de influencias, conexiones turbias con el caso Plus Ultra, decenas de millones de sospechosa procedencia y un reguero de favores que apestan a compadreo y corrupción. El hombre que arruinó España con su ineptitud ahora campa a sus anchas como conseguidor de oscuros negocios y amigo de narcodictaduras. ¿Dónde queda la famosa ética de la izquierda? ¿Dónde la ejemplaridad que tanto pregonan?

Zapatero no solo dejó un país económicamente destrozado. Dejó un país moralmente enfermo. Inoculó la idea de que el Estado es un padre protector que todo lo puede y todo lo debe dar, de que el empresario es un sospechoso permanente y de que la libertad individual es un lujo burgués. Educó a una generación en la victimización y la dependencia. El resultado lo tenemos delante: jóvenes condenados a sueldos de miseria, un paro estructural que no se va ni en las épocas buenas y una clase política mediocre que vive del relato porque en la gestión son un desastre absoluto.

La decadencia española no empezó con Sánchez. Empezó con Zapatero. Con su tremenda cara dura, su sonrisa idiota, sus gafas de intelectual de pacotilla y su infinita capacidad para mirar para otro lado mientras el país se desmoronaba. Fue él quien abrió la caja de Pandora de la posverdad, del buenismo como arma política, del control absoluto de los medios y del odio al discrepante. Sánchez solo ha perfeccionado la técnica.

España necesita con urgencia una política adulta, sin complejos y sin miedo a la verdad. Una política que llame a las cosas por su nombre, aunque duela: Zapatero fue un pésimo presidente que hizo un daño profundo y duradero a este país. Y sigue haciéndolo, ahora desde las sombras, con sus tejemanejes y su impunidad insultante.

Porque ninguna nación se construye sobre mentiras permanentes. Las consecuencias siempre llegan. Y siempre las pagan los mismos: los ciudadanos de a pie, los que trabajan, los que levantan el país mientras los Zapateros y Sánchezes de turno se dedican a vaciarlo.

Es hora de decirlo sin ambages: el zapaterismo fue una estafa histórica. Y España no puede permitirse seguir pagando esa deuda moral y económica.

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