Cómo la izquierda ha hundido la educación

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Xavier Rius
  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Alejandro Fernández hizo en la última sesión de control del Parlamento catalán uno de los mejores discursos que le recuerdo. Y eso que tiene varios. Como cuando le dijo a Torra, en el 2018, que «físicamente se parece mucho más a mí que a un saltador de pértiga noruego».

O el día que le cantó un estribillo desde la mismísima tribuna. Nada más y nada menos que de Manolo Escobar: «Sólo te pido que me hagas la vida agradable, aunque en nada concida contigo». Como es sabido, el entonces president no le hizo caso. Da igual. Ahora está en la papelera de la historia.

Modestamente, siempre he recomendado al líder del PP catalán que, a pesar de todo, no se le suban los humos. El nivel es tan bajo que es fácil destacar. Al fin y al cabo, para dedicarse a la política se necesitan dos cosas: tener los pies en el suelo y no vender la piel del oso antes de cazarlo.

En efecto, ahora es habitual ver a un diputado con chuleta para hacer una intervención de apenas dos minutos. ¡No sólo para la pregunta, sino también para la réplica! Además, la cámara autonómica tiene una particularidad. A diferencia del Congreso, los diputados del PSC pueden hacer preguntas… a los consejeros del PSC. Todo queda en casa.

A veces se dan espectáculos como este: Un parlamentario pide al titular del departamento, de su mismo partido, una inversión en su localidad. Y el consejero en cuestión empieza su intervención diciendo: «Muy acertada la pregunta».

En todo caso, como decía, el líder del PP catalán puso los puntos sobre las íes en la materia. Comenzó recordando que «yo estudié la EGB en el colegio público Sant Pere i Sant Pau de Tarragona, un barrio obrero en los años ochenta. A los profesores les tratábamos de usted: don Luis, doña Elena… Obligatorio no era hacerlo, pero, en cualquier caso, al profesor se le respetaba y se le obedecía. Tenía autoridad».

«Yo nunca presencié, jamás, una agresión a un profesor, ni de un profesor a un alumno, y nunca es nunca. De lo que sí que fui testigo fue del orden y de la disciplina en las aulas, como tiene que ser», recordó.

Y entonces metió el dedo en el ojo: «Un buen día llegó la izquierda y decidió que todo aquello era facha y, en primer lugar, se inventó la chorrada progre esa del profe colega sin autoridad ninguna. A continuación, decidieron que suspender a los alumnos les traumatiza y lo importante es que sean felices, no que aprendan».

«El resultado ha sido absolutamente catastrófico. Nunca en Cataluña los datos de calidad educativa habían sido peores». Sin olvidar que la comunidad autónoma encabeza las agresiones a profesores en España: más de cinco mil episodios de violencia en las aulas catalanas.

«En definitiva, la izquierda se ha cargado la vivienda, se ha cargado el sistema educativo y todo lo que toca. Merecen ustedes irse al rincón de pensar una buena. temporada y dejar de destruirlo todo», concluyó. La madre del cordero. Salvador Illa alegó en su defensa que, durante su reciente viaje a California, se había visto «con catalanes que están trabajando en empresas tecnológicas» y que son el fruto del «sistema educativo catalán». Deben haber ido a la privada o a la concertada.

Porque todo el mundo sabe que la educación está hecha un desastre. Durante más de treinta años nos han estado engañando. Nos aseguraron que era un «modelo de éxito» y, en realidad, suspende en todos los ratios: en rendimiento (PISA), en comprensión lectora (PIRLS) y en matemáticas (TIMSS).

Eso sí, los maestros cortando carreteras y autopistas desde hace semanas. Menudo ejemplo para sus alumnos. Desde el proceso, cualquiera se atreve a cortar las calles: los payeses, los profesores. En teoría, es por la educación. Pero, como siempre, hay también reivindicaciones laborales y salariales.

Haberlo dicho antes, hace casi diez años, en el 2017, cuando muchos de ellos fueron a Palau a entregarle simbólicamente a Puigdemont las llaves de sus escuelas e institutos para que pudiera hacer el referéndum. A pesar de que no eran «sus escuelas e institutos». Eran de todos.

Los problemas de la educación catalana son precisamente tres: la politización, la inmigración y el indepeprogresismo. Sobre el primer punto no hace falta insistir porque ya ha quedado claro en el párrafo anterior. Aunque, en las protestas, veo a muchos con camisetas amarillas. No sé si por pura coincidencia o hay que malpensar.

La inmigración, en cambio, ha sido un tema tabú hasta fecha reciente. Ahora prefieren utilizar el eufemismo de «escuelas de alta complejidad». No obstante, si llega un alumno a mitad de curso hablando árabe o urdú, es evidente que él tendrá que hacer un esfuerzo enorme para aprender no una lengua, sino dos: catalán y castellano, pero el resto de la clase también se resiente.

Y, finalmente, la confluencia entre el independentismo y el progresismo. Es decir, el wokismo. Ejemplificado en aquel balcón de las fiestas de Gracia del 2001 al que se asomaron Ada Colau y Jordi Cuixart. La exalcaldesa hasta derramó unas lagrimitas ante el griterío en contra.

Se han cargado la cultura del esfuerzo; se puede pasar de curso con asignaturas pendientes; en muchos centros ya no hay ni libros. Leer unas líneas del Quijote o de Proust debe ser tarea titánica. Lo que resumía Alejandro: «Lo importante es que sean felices, no que aprendan».

Lo peor es que no tiene arreglo. La educación es la base de todo. También de las decadencias. Aquí se la han cargado entre todos: las autoridades, la USTEC (la principal central del ramo), los maestros, los pedagogos y hasta las asociaciones de padres. Como me dijo un día una consejera: «Hemos dejado la política educativa en manos de los sindicatos».

Voy a terminar con una anécdota personal a título de ejemplo. En el último festival de Navidades cantaron «canciones del mundo» en vez de villancicos. Supongo que para no incordiar a las familias de origen magrebí.

Fui a quejarme a la dirección: «Mire, yo soy agnóstico, no le voy a enseñar a mi hijo el Fum-fum-fum», dije en alusión a la tradicional canción en catalán. «Pero si no lo aprenden en el centro, no lo aprenderán en la calle: es una cuestión de tradición cultural, no de religión», añadí.

La directora desatendió mis quejas. Al contrario, me dijo que yo me había equivocado. Que lo que tendría que haber hecho es llevar a mis hijos a la escuela privada. Salí del despacho pensando dos cosas: la primera, que ya no volvería a creer en la escuela pública. Y la segunda, que si hubiera tenido el poder adquisitivo del expresidente Montilla, los habría llevado al Colegio Alemán. No es el caso, sin embargo.

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