Una tragedia agravada por la fragmentación del Estado
Lo ocurrido y lo que está ocurriendo en relación con la tragedia que está asolando Valencia y, en menor medida, otros territorios a causa de la DANA merece una serena reflexión. En primer lugar, merece ser subrayada la heroica respuesta de los miembros de la Policía, los servicios civiles de rescate, en sus distintos niveles, y el papel que, por supuesto, está desempeñado la UME.
De la eficacia y profesionalidad de sus miembros cabe sentirse orgullosos, del mismo modo que son gratificantes las muestras de solidaridad de una sociedad conmocionada ante lo ocurrido. Pero, no nos engañemos, la tragedia ha puesto de manifiesto que la fragmentación del Estado -la superposición de administraciones- no ha contribuido a prevenir los daños humanos y materiales, sino que la dispersión de organismos -estatales y autonómicos- ha jugado en contra de los intereses generales.
No se trata, en absoluto, de cuestionar el modelo territorial, sino de preguntarse qué sentido tiene que una autonomía tenga que solicitar formalmente la intervención del Ejército en situaciones como esta. La respuesta del Ejército español tiene que ser inmediata y no estar sujeta a formalismos administrativos, del mismo modo que resulta descorazonador comprobar cómo, ante una catástrofe, la unidad del Estado se resquebraja por la dispersión de organismos, unos dependientes del Gobierno central, otros del Gobierno autonómico.
Ante una tragedia nacional, la respuesta debe de ser nacional, de la misma forma que los mecanismos de previsión y control no pueden estar diseminados en una variopinta amalgama de instituciones que dependen unas del Gobierno de España y otras del Ejecutivo regional de turno, porque eso contribuye a romper la necesaria unidad de acción ante situaciones críticas como la vivida estos días. Lo acontecido debería servir de lección: la fragmentación del Estado agrava las consecuencias de fenómenos como el de la DANA que ha asolado Valencia, especialmente, y otras provincias españolas. Al final, la conclusión es que tenemos un modelo territorial en el que la capacidad ejecutiva del Estado se ve afectada por esa gigantesca Torre de Babel administrativa que se ha llevado por delante la riada.
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