Sánchez se pasa al Supremo por el forro de sus caprichos

Sánchez se pasa al Supremo por el forro de sus caprichos

Pedro Sánchez, mal que le pese, no está por encima de la ley. El Gobierno ha anunciado la exhumación y posterior inhumación de Francisco Franco del Valle de los Caídos para el próximo 10 de junio pasando por encima del Tribunal Supremo. El PSOE, sabedor del ruido mediático que provoca el traslado de los restos mortales del dictador, ha decidido instrumentalizar las instituciones públicas con fines partidistas y electoralistas. Un hecho inaceptable que, no obstante, como ya ocurrió con la manifestación feminista del 8M o el adelanto electoral, ya es marca de la casa socialista.

Es inaudito que esta medida anunciada por la vicepresidenta Carmen Calvo se haya hecho a sabiendas del recurso interpuesto en el Alto Tribunal por la familia Franco y contraviniendo, además, el derecho canónico vigente. El informe de la Abogacía del Estado, dependiente del Gobierno, afirma que ni la familia ni el prior Santiago Cantera pueden oponerse a la exhumación y, efectivamente, aunque así es, se deben tener en cuenta algunos matices importantes. En este momento, y hasta que el Supremo no se pronuncie sobre el recurso que pide medidas cautelares, la normativa eclesiástica anteriormente citada permite decidir a la orden benedictina que regenta el Valle de los Caídos sobre todo lo que haya dentro de la basílica, incluida la cripta mortuoria del dictador. Es decir, la propuesta de Sánchez no es más que engañoso humo electoral que se diluye a golpe de normativa.

Una vez más, y ya se cuentan por decenas, Sánchez ha dejado patente que no posee ningún respeto ni por la legislación vigente ni por el Poder Legislativo y que, además, sólo le interesa la victoria electoral, aunque para ello deba utilizar las estrategias más populistas a su alcance. El fin último del caprichoso socialista, al que las cocinadas encuestas del nada fiable CIS de José Félix Tezanos dan una holgada victoria el próximo 28-A, no es cumplir con sus promesas electorales, tal y como cabría esperar de un gobernante imparcial con sentido del honor, sino mantener el poder al que, recuérdese, no llegó por la legitimidad de las urnas, sino por ominosas alianzas políticas.

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