Ni un solo gesto ejemplarizante
Las palabras mueven. El ejemplo arrastra. Llegó una pandemia hace dos años y medio que golpeó con dureza vidas y haciendas. Se cerraron empresas, desaparecieron otras, las economías se contrajeron en medio del miedo generalizado al futuro. Los más pobres sufrieron más; los más vulnerables se trocaron en carne de cañón. Qué gran ocasión para un gesto, siquiera simbólico, entre aquellos redentores que venían a redimir a los parias. Ya estaban sólidamente asentados en sus poltronas, cómodamente instalados en sus coches oficiales, disfrutando de las viviendas públicas a cargo del contribuyente, cobrando cada mes sueldos que jamás soñaron por su valía profesional, con gastos de representación y grandes presupuestos con los que inflar a sus amigos y conmilitones.
¿Recuerda el lector algún gesto por parte de esos mismos que dijeron que nunca iban a cobrar más de tres mil euros? ¿Recuerda el lector algún sucedido en forma de austeridad por parte de la nomenklatura política privilegiada? Siguieron con sus sueldos, sus apartamentos de lujo y, finalmente, y a toda prisa se subieron en los Falcon. El que pudo, porque pudieron, se compraron grandes casoplones y visitaron los reservados en los restaurantes de lujo de los que abominaban cuando bebían agua. Criticaban a los demás y en cuanto pudieron se subieron al
carrito dorado.
Estos comportamientos son los que no se les perdona, mayormente, entre aquellos ingenuos que les creyeron que iban a cambiar las cosas. En efecto. Cambiaron las cosas en su beneficio personal o de clan. Ni un solo gesto; ni un mísero ejemplo para parecerse algo a los que pagan a duras penas sus casas, no pueden ir a los restaurantes que pagan a sus representados y ahora ni siquiera pueden llenar el depósito de su automóvil. Habrán leído ustedes el listado de viandas encargadas por la ministra de Trabajo para su departamento. No iba a ser menos que la ex infumable (política y éticamente, Carmen Calvo) que durante la pandemia mandaba a sus funcionarios subordinados a Mercadona para que su nevera siempre estuviera repleta de buenas y gratis viandas.
La señora Díaz no sabe cuánto cuesta la energía que consume su piso de 450 metros oficial. La de Hacienda dice que esos gastos van de suyo y que también lo desconoce. Les importa tanto como una higa. Y así, todos y todo. Lo advierte el clásico, cuando no se vive como se piensa, se termina pensando como se vive.
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