Marruecos, al acecho, huele la debilidad de Sánchez
Si el Gobierno de Pedro Sánchez pensaba que Marruecos iba a olvidar la afrenta del líder polisario Brahim Ghali se equivoca. Ni siquiera la cabeza política de la ex ministra de Exteriores Arancha González Laya le ha valido a Marruecos para bajar la presión. Rabat sigue tensando la cuerda. En diez días se han producido tres asaltos a la valla de Melilla y las Fuerzas de Seguridad están convencidas de que los movimientos que se están produciendo ahora son el preludio de nuevos asaltos. Dos mil subsaharianos están en los montes de Nador esperando su momento, un despiste de los policías marroquíes, bastante frecuente, valdría para una nueva invasión.
Las asociaciones profesionales de la Guardia Civil subrayan la necesidad de disponer de un mejor uso de la fuerza por parte de los agentes al servicio en la frontera y denuncian la falta de efectivos. Por ejemplo, este lunes sólo había un grupo de 20 agentes para contener a 300 inmigrantes, lo que a todas luces es insuficiente. Y es que parece que el Gobierno sigue instalando en el limbo: si la masiva invasión de Melilla del mes de mayo pilló al Ejecutivo en las nubes, la situación actual obligaría a articular un plan para evitar que el episodio se repita. Pero nada: el Gobierno está convencido de que el relevo de González Laya por José Manuel Albares servirá para que Marruecos olvide definitivamente el grave conflicto diplomático derivado del caso Ghali. Es no conocer cómo funciona Rabat. Ni los jeeps de última tecnología, ni los más de 90 quads entregados a Marruecos, además de la millonaria ayuda, servirán para que desista de su estrategia: presionar, más o menos, en función de las circunstancias. Y las circunstancias son que Rabat ha olido la debilidad del Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez. Y es que este Ejecutivo de aficionados se cree que Marruecos va a quedarse quieto por un simple cambio de ministros.
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