El ‘Guernica’, manual de reparaciones
Es una imagen que ya es historia. Era el 24 de octubre de 1981, día en que se mostró al público español por vez primera el Guernica de Pablo Picasso en el Casón del Buen Retiro. El lienzo había llegado a Madrid el 11 de septiembre anterior desde Nueva York, donde había sido custodiado y expuesto por el MoMA durante la dictadura franquista.
Sabido es que Picasso había puesto como condición la recuperación de las libertades democráticas en España para la devolución del cuadro, así como su exhibición en el Museo del Prado, del que el Casón era dependencia.
La obra había sido pagada por el Estado español en 1937 para su exhibición en el pabellón que la Segunda República presentó en la Exposición Internacional de París.
El pagador de Picasso fue el escritor Max Aub, destinado entonces en la Embajada española en Francia, cuyo nombre, con el de Fernando Arrabal, fue arrancado, y luego repuesto tras obligada rectificación, como rótulo de una sala de teatro municipal en Madrid, en uno de aquellos números de sectarismo e ignorancia característicos del Ayuntamiento de Manuela Carmena.
El pintor malagueño recibió entonces 150.000 francos por el encargo. Fue la obra principal del pabellón en su denuncia de la agresión de la Alemania nazi y la Italia fascista, aliados del bando de Franco, pues fueron aviones de Hitler y de Mussolini los que asolaron la villa foral vizcaína el 26 de abril de 1937. El Guernica trascendió desde entonces aquel ataque aéreo contra población civil para convertirse en un símbolo del horror de todas las guerras.
La imagen de la exposición del Guernica en el Casón del Buen Retiro a que antes aludía es la de la urna de cristal blindado antibalas que protegía el lienzo, a uno de cuyos lados permanece vigilante un número de la Guardia Civil con tricornio, metralleta en ristre, junto a una bandera de la España constitucional.
Si como dijo el entonces alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, el lienzo de Picasso “constituye un testimonio más de la unión de todos los españoles, cuyo fin es, ni más ni menos, hacer de España un país democrático y libre”, la imagen y el mensaje que se trasladaron al mundo en ese sentido contaron con la Guardia Civil como protagonista. Y fue un acierto del Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo, con Iñigo Cavero como ministro de Cultura y Javier Tusell como director general de Bellas Artes.
Eran entonces los «años de plomo» de la actividad sanguinaria de ETA, que se cobraría la vida de 243 guardias civiles desde 1968 a 2009, siendo miembros de este cuerpo los primeros y últimos en ser asesinados por la banda. La Benemérita sostuvo una parte fundamental de la lucha contra una organización terrorista que sumaría un balance criminal de más de 850 muertos, cerca de 3.000 heridos y casi 90 secuestrados.
En 1980, la amenaza a las libertades en España, y también en el País Vasco, no venía del cielo. Los ángeles exterminadores no tenían alas negras como los Junkers nazis. Eran vecinos, compañeros o paisanos de sus víctimas, a quienes vigilaban y señalaban para que luego sus verdugos los asesinaran fríamente.
Si Picasso puso como condición que en España hubiera libertad, los custodios de su Guernica eran también los custodios de aquella libertad recobrada, y así se difundió al mundo entero con las imágenes de la Benemérita protegiendo su lienzo en su primera exhibición en tierra española cuarenta y cuatro años después de su creación.
Ahora el jefe del Gobierno vasco, Imanol Pradales, ha acudido solícito al llamado de su líder Pedro Sánchez para levantar un nuevo cortinazo de humo a cuento de la reclamación del Guernica como «reparación simbólica» al País Vasco.
Pradales podía exigir otra reparación simbólica siempre olvidada, siempre postergada: la del País Vasco a la Guardia Civil. Una reparación a aquellos hombres y mujeres que, con el apoyo callado, a corazón abierto e insomne de sus familias, se enfrentaron a los planes criminales de una banda de fanáticos sedientos de sangre que sembraron la geografía vasca y española de escenarios de terror, a sangre y fuego, como en un bombardeo de racimo.
Y si a Pradales le parece poca razón la defensa de la España de la libertad para justificar esta reparación simbólica a la Guardia Civil en el País Vasco, le puedo añadir otro argumento: el del puñado de heroicos oficiales de la Benemérita que lucharon contra las fuerzas de Franco al frente de las unidades de “gudaris” -los auténticos, no los criminales de ETA- del Euzko Gudarostea, el ejército vasco, en la Guerra Civil.
Capitanes y tenientes de la Guardia Civil que llegaron por avión al País Vasco enviados por el Gobierno del socialista Largo Caballero para que se pusieran al mando de las nuevas divisiones y brigadas vascas. Y que se enfrentaron junto a los gudaris en primera línea a las fuerzas de Franco, en cuyas filas luchaban otros vascos, y soportaron los bombardeos de los mismos aviones que atacaron Guernica.
Guardias civiles como Carlos Tenorio Cabanillas, Eugenio García Gunilla, Germán Ollero Morente, José Bolaño López o Matías Sánchez Montero fueron nombrados por el lehendakari José Antonio Aguirre responsables de distintos sectores del frente vasco, ya reducido prácticamente a Vizcaya.
En noviembre de 1936, los oficiales de la Guardia Civil, rebautizada como Guardia Nacional Republicana, llegaron a estar al mando de tres cuartas partes de los gudaris desplegados en primera línea. Muchos pagaron con su vida ante un pelotón franquista su lealtad y compromiso con la República en tierras del Norte.
También era guardia civil el jefe de la Ertzaña, la primera policía vasca, el teniente coronel Saturnino Bengoa, así como el capitán Juan Ibarrola, natural de Llodio, que desoiría los cantos de rendición de Santoña ante las fuerzas de Mussolini y seguiría combatiendo en Cantabria y Asturias con su legendaria División Vasca, para terminar al frente de un cuerpo de ejército republicano en Aragón y Extremadura.
La Guardia Civil fue además clave en julio de 1936, sofocando el golpe militar en Bilbao y San Sebastián, colaborando así a que el católico y derechista PNV decidiera con qué bando quedarse.
Todo ello sumado merece sin duda una reparación simbólica por parte de Imanol Pradales, jefe del Gobierno vasco, a la Guardia Civil y, a través de ella, a todas las víctimas del terrorismo de ETA, que cuentan con el cariño y la admiración de la inmensa mayoría de los españoles. Y ahora más nunca, cuando quienes homenajean y jalean a sus verdugos son los socios del Gobierno de Pedro Sánchez, el mismo que excarcela a esos verdugos por un puñado de votos.
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