El Gobierno de las putas y las ‘chistorras’

Opinión de Eduardo Inda

Siendo un niño tuve la fortuna de conocer a buena parte de la clase política española, ésa que desde la UCD hizo relativamente fácil algo muy complicado: la Transición de una dictadura a la democracia. Eran amigos de mi padre. Gente que estaba en la cosa pública perdiendo dinero porque eran abogados del Estado, letrados con pedazo de despachos abiertos, catedráticos, técnicos comerciales del Estado, estrellas de la Medicina, arquitectos o ingenieros de primer nivel, notarios, registradores de la Propiedad o empresarios de postín. Personajes como Rodolfo Martín Villa, Leopoldo Calvo-Sotelo, Juanjo Rosón, Fernando Suárez y un sinfín de nombres que vinieron a servir, que no a servirse. ADNs a los que mirabas boquiabierto porque merecían el mayor de los respetos intelectuales. Ciudadanos que, cuando palmaron las elecciones de 1982 pasando de 168 a 12 diputados que se dice pronto, se fueron sin hacer ruido tras estrechar la mano del rival. Prohombres que consiguieron que el franquismo se hiciera el harakiri. Tipos que vestían como unos señores porque eran unos señores. Nada que ver con el piojosismo actual en el que lo normal es ir al Parlamento en camiseta. Seres superiores, en definitiva, que cumplían ese mito griego del gobierno de los mejores que se resume en esa palabra tan mal empleada en nuestros días: aristocracia. Individuos que se las piraron con el mismo patrimonio, o menor, que el que atesoraban cuando juraron el cargo. A este respecto es menester resaltar que ni un solo gran dirigente de la UCD fue imputado, ni por supuesto, condenado, en los poco más de cinco años que duró la aventura del partido que trajo de vuelta la libertad.

El nivel bajó ligerísimamente con el felipismo pero nadie puede replicar que los miembros de los primeros gobiernos socialistas fueran unos piernas, ni muchísimo menos. Tipos como Alfonso Guerra, Miguel Boyer, Carlos Solchaga, Fernando Morán, Fernando Ledesma, mi amigo Félix Pons, Javier Moscoso, Tomás de la Quadra-Salcedo e incluso el sospechoso Narcís Serra o el empotrado de la Embajada yanqui en Moncloa Javier Solana darían sopas con honda a la mayoría de los miembros del Ejecutivo que preside Pedro Sánchez. La excelencia volvió a ser el común denominador de todos los gabinetes de José María Aznar, más los de la mayoría minoritaria que los de la mayoría absoluta. Todo empezó a irse al garete con un José Luis Rodríguez Zapatero al que no se le ocurrió mejor cosa —más bien, escurrió— que colar en el Consejo de Ministros a indocumentados como José Montilla, Leire Pajín, Bibiana Aído o María Antonia Trujillo. Personas que no merecerían una cartera de ministro, ministra o ministre ni en Guinea-Bissau.

El más vivo retrato del sanchismo se está esbozando de Semana Santa a esta parte en la celebración del juicio del caso mascarillas en el Supremo

Mariano Rajoy, que por algo es registrador de la Propiedad, volvió a practicar la cultura de la sublimidad con abogadas del Estado como Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, técnicos comerciales como Luis de Guindos o el gran José Manuel Soria, fiscales como ese desaprovechado talento que es Gallardón y otros muchos cocazos como José Manuel García-Margallo, Fátima Báñez, Ana Pastor, Rafael Catalá o ese desaprensivo de marca mayor que es el por otra parte catedrático de Hacienda Pública Cristóbal Montoro.

Con Pedro Sánchez no pasamos de Primera a Segunda División sino más bien a Tercera RFEF, que es como se llama hoy día a lo que antes era Regional. Es lo que inevitablemente sucede cuando metes en tus filas a descerebradas como Irene Montero, cuya lerdez provocó la excarcelación o la rebaja de pena de 1.300 violadores y pederastas como mínimo, monumentos a la dislexia como Pilar Alegría y Óscar López, a un delincuente poco aseado llamado Pablo Iglesias Turrión, subdotadas tan excelsas como Ione Belarra, astronautas en el sentido más polisémico del término (Pedro Duque) o indocumentadas como Sira Rego o la chula de las pulseras antimaltrato de Alibaba, Ana Redondo.

Con todo, no es tampoco el licenciado en primero de Ingeniería Industrial Patxi López el epítome de un partido en el poder en el que don José Luis Torrente no habría desentonado ni legal ni moral, ni desde luego intelectualmente. El más vivo retrato del sanchismo se está esbozando de Semana Santa a esta parte en la celebración del juicio del caso mascarillas en el Tribunal Supremo. Al punto que nos echamos las manos a la cabeza a la par que exclamamos lo perogrullesco: «¡En qué manos estamos!» Estamos y llevamos estando desde esa moción de censura que defendió «en nombre de la ética» hace ocho años un José Luis Ábalos al que le piden la friolera de 24 años de cárcel. Esto es el Gobierno de España.

Aldama retrató al PSOE en su declaración como una organización mafiosa en la que el vértice superior de la pirámide lo ocupa Sánchez

Dos palabras definen el sanchimo: «Putas» y «chistorras» esos billetes de 500 euros conocidos también como «bin ladens» porque todo el mundo sabe que existen pero nadie los ha visto. Por algo estos términos están siendo en sus diversas acepciones los más pronunciados en el juicio que se está celebrando en la Sala Segunda del que hasta ahora era el más alto tribunal de este país —el Constitucional se ha apropiado inconstitucionalmente de esta potestad—. Las putas han prestado literalmente declaración en el Supremo, caso de la celebérrima Jésica Rodríguez, que puntualizó que no es «escort» sino «odontóloga». Meretrices que tampoco son ajenas a la vida de Pedro Sánchez y su mujer. Sabiniano Gómez, padre de Begoña Gómez, acumuló 17 prostíbulos, eufemísticamente llamados saunas, en los que se explotaba a mujeres y chaperos muchos de los cuales pernoctaban allí hacinados en condiciones de salubridad peores que las de un taller de confección chino en un subsuelo de mala muerte. Y nuestro primer ministro fue partícipe consorte a título lucrativo de este repugnante negocio en el que su tetraprocesada pareja contaba chistorras provenientes de la explotación sexual de putas y putos, mayores y menores de edad que de todo había en el mundo Sabiniano. Esto es el Gobierno de España.

Las señoritas de compañía también conforman la columna vertebral de ese caso Tito Berni en el que diputados y jerarcas socialistas se iban de izas, rabizas y colipoterras en plena pandemia saltándose los toques de queda que ellos mismos habían decretado. Puterismo aderezado con coca. Todo muy ejemplar. Ese polvo colombiano que también estaba a la orden del día en los ERE y en esa fiesta ilegal que organizó el entonces diputado Felipe Sicilia cuando el resto de los españoles estábamos encerrados y que, casualmente, le salió gratis penalmente hablando. Esto es el Gobierno de España.

Víctor de Aldama, que no es San Francisco de Asís pero al menos está tirando de la manta, confirmó el miércoles que no sólo pagó religiosamente el piso de Jésica Rodríguez en Plaza de España sino que, además, también corrieron a su cargo otros dos picaderos en Madrid. Picaderos en los que sitúa recurrentemente a Ángel Víctor Torres. El colmo del esperpento sobrevino cuando reveló que había apoquinado el tratamiento de fertilidad de la mujer de Koldo García —no es broma—, que le había regalado una moto y un coche y que tenía una iguala con él de 10.000 euros mensuales en esas chistorras que son la moneda de curso legal favorita de corruptos y narcos por evidentes razones espaciales. Vamos, que el aizkolari vizcaíno pertenece a eso que los biólogos llaman animales hematófagos, aquéllos que viven de la sangre ajena y entre los cuales se incluyen las garrapatas, las ladillas, las chinches y los mosquitos. Del esperpento pasamos sin solución de continuidad al estadio de la alucinación cuando ese maravilloso delator que es Aldama desveló que se había liado a puñetazos con el gigantón vizcaíno en su despacho de la calle Antonio Maura. Esto es el Gobierno de España.

Las putas, y en este caso los putos, también sirvieron para sufragar parte de la campaña que devolvió a la Secretaría General a Pedro Sánchez

El empresario quería ser un tres en uno, ser el novio en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro, y a fe que lo consiguió. El clímax se produjo cuando Víctor de Aldama se autoincriminó asegurando que había puesto de su bolsillo 1,8 millones de euros para la caja B del PSOE. «En una ocasión llegué a llevar 250.000 euros en la mochila», abundó en su prolijo relato. Retrató al Partido Sanchista como una organización mafiosa en la que, de manera inequívoca, el vértice superior de la pirámide lo ocupa Pedro Sánchez, al que otorgó la condición de «número 1». Esto es el Gobierno de España.

Koldo García admitió que ejerció de portero en el puticlub Rosalex de Pamplona. Lo cual no obstó para que, en palabras del propio Aldama, acabara de «número 3» de la banda que manda en la cuarta economía de la zona euro. De chulo de puticlub a Señor Lobo del Gobierno de España. Nuestro protagonista olvidó otras no muy insignificantes cuestiones: una primera paliza que propinó a porrazos a un hombre cuando ejercía de guardia de seguridad de un vertedero de las afueras de Pamplona, que le costó 2 años y cuatro meses de cárcel, y una segunda de la cual fue víctima un menor de edad que se saldó con una multa de 900 euros. No experimentó la desagradable experiencia de ingresar en prisión, que sí le llegaría 30 años después, porque el Ministerio de Justicia de la era Aznar le indultó. El baracaldés, que afloró en el juicio un hijo secreto de ¡¡¡27 años!!!, es también el que a un servidor le desgranó con todo lujo de detalles cómo amañaron financieramente las Primarias con dinero negro que pitufeaban a través de inmigrantes marroquíes y sudamericanos y cómo estos mismos extranjeros se colaron como votantes provocando a la postre la derrota contra todo pronóstico de Susana Díaz. Las putas, siempre las putas, y en este caso los putos, también sirvieron para sufragar parte de la campaña que devolvió a la Secretaría General a Pedro Sánchez: su suegro le dio 100.000 euros en billetes, lo cual no obsta para que al pájaro se le inunde la boca de la palabra «feminismo». Esto es el Gobierno de España.

El 407 retrata tan bien o mejor que las declaraciones del Supremo el nivel ético y estético de los personajes que han regido y rigen este país

Hay que ser muy cutres y muy tontos para admitir como mordidas las casas de veraneo en la Costa del Sol y encima dejando más rastro que Pulgarcito migas en el camino. Como lamentable resulta que una de las políticas que compró mascarillas a la trama, Francina Armengol, tercera autoridad del Estado en estos momentos, no sólo se haya ido de rositas sino que haya gozado del privilegio de declarar por escrito evitando así ser sometida al principio de contradicción, esencial en cualquier juicio penal justo que se precie. Circunstancia que resultaba obligada porque, conviene no olvidarlo, cuando presidía Baleares pagó a la trama 3,7 millones por 1,4 millones de cubrebocas que no estaban homologados. Elementos que a día de hoy continúan pudriéndose en un almacén de Palma porque jamás se han utilizado ni se utilizarán. Tampoco figuran como imputados Fernando Grande-Marlaska ni Ángel Víctor Torres, clientes de Aldama, Koldo y cía con el dinero de nuestros impuestos. Al primero ni siquiera se le citó en calidad de testigo; al segundo, sí, pero al igual que a la presidenta del Congreso se le ha permitido ofrecer su versión por carta para ahorrarle la incomodidad de las preguntas y las repreguntas. Esto es el Gobierno de España y esto es España.

El Gobierno de España de verdad cabe en ese Peugeot 407 en el que se movían durante las Primarias. Por mucha gente seria que haya, que la hay, como Margarita Robles, Luis Planas, José Manuel Albares, Jordi Hereu, Félix Bolaños o incluso el Carlos Cuerpo del autoplagio, para la historia quedará desgraciadamente como el Ejecutivo de Ábalos, Koldo, Cerdán y, obviamente, un Sánchez que dejó hacer para que hicieran por él y que tiene a su cónyuge procesada por cuatro delitos y a su hermano por dos. El 407 retrata tan bien o mejor que las declaraciones del Supremo el nivel ético e incluso estético de los personajes que han regido y rigen los destinos de un país que un día fue serio y hoy es el preocupante hazmerreír de Europa. Tres de los cuatro integrantes (Cerdán, Ábalos y Koldo) están en la trena o han pasado por ella y al cuarto (Pedro Sánchez) el nexo corruptor (Víctor de Aldama) lo identifica como el Don Vito de esta torrentiana familia Corleone. Esto es lo que nos gobierna. No es muy heavy, no, es lo siguiente de lo siguiente de lo siguiente.

PD: espero que al menos me agradezcan la benevolencia de no haber incluido en el lienzo a La Paqui, la más macarra secretaria de Organización consorte de la historia del PSOE.

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