Madrid resiste: el Dos de Mayo declara la guerra al sanchismo
Me considero de Madrid, aunque no nací aquí. Madrid es un estado emocional. Y el Dos de Mayo con Isabel Díaz Ayuso no es una fiesta sino una afirmación identitaria, una escenografía de madrileñismo político (anti-sanchista) con aroma de verbena patriótica premium.
Antes de Ayuso, la fecha era institucional, menos ideológicamente electrificada. Había pompa autonómica, claro, presencia militar, medallas, autoridades, recepciones y ese tono español de banda municipal, protocolo y canapé. Pero no era un artefacto político observado por toda la nación.
Se conmemora el levantamiento popular contra los franceses de 1808, una jornada en la que Madrid decidió que antes morir apuñalado que dejarse administrar por otro imperio. En 2026 las instituciones han entendido algo: en política contemporánea, como en el Arte contemporáneo) no basta con gobernar, hay que fabricar símbolos. Y han convertido esta cita tradicionalmente figurativa en una demostración abstracta de fuerza sentimental frente a Pedro Sánchez.
Con Ayuso, rojo bandera, se teatraliza Madrid como blasón político contra el sanchismo y se convierte la Puerta del Sol en una alegoría de resistencia liberal-populista-ayusista. Porque el ser humano no vive solo de memoria histórica sino también de liturgia. Estos fastos son también una dramatización del enemigo exterior. Antes eran los franceses. Ahora, Moncloa.
Policías, vallas, periodistas, PRs madrugadores de chaqueta y señoras maqueadas para la coronación menor de una monarquía lejana o incluso imaginaria. Asesores con pinganillo, fotógrafos irritables, políticos regionales con hambre de saludo. España entera representada en un corrillo.
La decisión de la Comunidad de anunciar públicamente que no invitaría al delegado del Gobierno, flotando sobre el acto como una copa de cava envenenada y la rana cantando debajo del agua. Hasta los desaires institucionales parecen diseñados para producir titulares, aplausos y sentimiento de pertenencia bajo la lluvia.
Este año tampoco hay desfile militar. La Comunidad lleva semanas instrumentalizando esa ausencia como elemento de fricción con el Gobierno central, al que acusa de haber roto una tradición casi sagrada. En España incluso las coreografías castrenses terminan convertidas en munición política. Y en medio de semejante ecosistema aparece, emerge… Ella.
Hay políticos que hablan. Ayuso ocupa. Su performance podría denominarse como algo nuevo, política corporal. Domina el espacio físico espontáneamente, igual que otros pretenden dominar su argumentario. Mira directa, a los ojos, invade distancias, toca a las personas, se ríe desinhibida, ladea la cabeza, cada vez más guapa (y más tipazo) entre el desafío y la normatividad del capital erótico. No la veremos en un pacato traje de chaqueta; no parece una tecnócrata, como el resto (de todos los políticos actuales, yo solo me iría a la cama con Ayuso. No por ideología, por energía), sino la dueña afectiva del lugar donde conviven empresarios, toreros invisibles, articulistas furiosos, aristócratas de afterwork, pelotas, muchos pelotas y patriotas fiscales.
El acto gira alrededor de ella incluso cuando no habla. Aunque lo hace todo, presentadora, azafata, icono, subordinada heteropatriarcal en deconstrucción y reina.
La política española está llena de hombres con alma de gestor de comunidad de vecinos. Ella, ahora lo sabe, y despliega su tinta carmesí, magnetismo de antagonista. No sé, algo raro: no parece una política española contemporánea sino un personaje escrito por un guionista con resaca y mucho talento. Ayuso tiene presencia escénica.
Por eso, mi querido Feijóo (en persona tiene un upgrade indiscutible) parece ligeramente desubicado cuando penetra con su nave color chochomona en la atmósfera encarnada de la Presidenta. A su lado, transmite la vibración sexual de un Excel. Ella es impulso, instinto reptiliano, espectáculo, deseo y conflicto. Él, un señor razonable.
Entre los premiados Enrique Cerezo, paradigma perfecto del viejo poder madrileño: fútbol, cine, sobremesas largas y despacho con madera oscura. Algunos héroes civiles instantáneos, históricos, deportistas, artistas e intrascendentes cuidadosamente seleccionados para construir el relato de Madrid: tradición, éxito, resistencia, épica cotidiana… La capital se imagina a sí misma como el último territorio libre (cañas, resentimiento fiscal, patriotismo medular y ansiedad de imperio venido a menos) frente a la kafkiana burocracia del sanchismo con cara de Koldo.
En Reino Unido, está el Trooping the Colour, el día del cumpleaños del monarca, que en realidad es una gigantesca escenificación psicotrópica de continuidad alrededor de la monarquía.
Aquí igual. Algo profundamente español. Una mezcla de verbena, consejo de guerra y photocall. Lo de menos son los invitados, los premios, las medallas, las pestañas postizas y hasta el mago Jorge Blass, impresionante. Hoy es el día de la Reina Ayuser en la Puerta del Sol, como la corte portátil de una celebración dinástica del ayusismo para los ayusómanos, donde nuestra Queen Elisabeth (Díaz Ayuso) no es solo la protagonista; es la dueña de la cámara, de los focos y, sobre todo, de un guion que hasta Pedro Sánchez tendrá que leer.