Feminismo socialista: Puta 1 y Puta 2
Así es el feminismo del PSOE (y de la izquierda política). No falla, detrás de la superioridad moral siempre se esconde lo peor. En el Supremo se habla de chalés en Cádiz, pisos en Castellana y notas de la SEPI, pero la verdadera escena está en el móvil de Koldo y su agenda, donde nadie tiene nombre y todas tienen oficio. Mientras los testigos discuten si la villa de Málaga era mordida o promoción inmobiliaria, yo solo puedo pensar en «Daniela puta cerca», por si hay prisa. ¿Quién es esta mujer? ¿Leerá la prensa…? La España confinada y gestionada por un gobierno interpreta la igualdad de las mujeres implacablemente: Puta 1, Puta 2…
En el imaginario de esta gente, según cuenta la investigación, las amantes, escorts, amistades remuneradas, azafatas imaginativas o lo que fueran, no eran personas: sólo categorías fungibles. Puta colombiana. Yomara, guapísima Yoi, para las noches de Joy Eslava en las que el asesor del ministro se dejaba tres mil euros (sin procedencia clara todavía) en dos horas. Qué más da el detalle contable: mientras tu empresa quebraba y tú hervías mascarillas en la cazuela y te peleabas con la compra online, y tu madre, a la que no veías, le pasaba una bayeta a los tetrabriks de leche, este hombre metido hasta los ligueros del Ministerio se mamaba en Oh My Club y reservaba Airbnbs a discreción.
La agenda de Koldo es la tragicomedia socialista del siglo XXI: las mujeres son todas iguales, todas putas, sólo cambia el número de móvil, y los hombres, cargos públicos con déficit de imaginación. No hace falta saber si la señorita era dominicana, rusa o de Albacete: «Guapísima», «cerca», «la mía». Los sanitarios cosiendo batas con bolsas de basura y el asesor del ministro componiendo Excels de puticlubs.
Lo fascinante es esa mezcla de lujo y cutrez: ¿Y quién puede amar el lujo más que un zurdo? Por un lado, noches de despilfarro en locales de moda, Ramsés, Amazónico… Donde abanicarse la pitopausia con un fajo de billetes en la barra; el remate en un piso turístico de 93 euros, reservado con VISA, con lámpara de papel y edredón IKEA. Es el catecismo estético de la trama. La grandeza se reserva para el gasto visible; la intimidad se consuma con cervezas de gasolinera y sábanas con mezcla de poliéster.
Y luego, las figurantes involuntarias: la esposa oficial agendada, sin saberlo, en Puta 1, la novia del ministro en Puta ¿qué? Pierdo la cuenta en la jerarquía secreta del feminismo patrio: «Culo antojoso». Nadie se libra de la etiqueta, ni la señora que lleva la ropa de Ábalos a la tintorería, ni la que firma alquileres para veranos familiares en chalés ajenos. El patriarcado del PSOE no consiste solo en enchufar a la novia en viajes oficiales a costa del español estabulado; consiste en esa manera automática de denigrarnos: incapaces de escribir «María», «Laura» o «Jésica», pero muy ágiles para distinguir entre «puta de confianza» y «puta pelirroja».
El Supremo escucha hoy hablar de casas de playa, reuniones turbias y pisos en Castellana para nosequé, chalés comprados a nombre de empresas estratégicamente filtrados. Yo no puedo despegarme de la pantalla del iPhone de Koldo.
Si algún día Santiago Segura rueda la película del caso, tendrá que decidir qué hace con todas las mujeres numeradas, clasificadas y empleadas. Habrá un plano obligado de Koldo en el banquillo, lumbalgia de repetición, mirando al suelo, negando con la cabeza. Debería empezar así: una pantalla iluminándose en medio de la noche madrileña y un dedo tosco, gordezuelo buscando «puta cerca» mientras suenan los ventiladores de una UCI en Vallecas.
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