Feijóo y el enredo permanente
El presidente de Galicia, Alberto Núñez Feijóo, es un personaje singular. Es un tótem del PP, a la manera en que lo fue en su época Manuel Fraga. Ha conseguido cuatro mayorías absolutas consecutivas. Ha demostrado una inteligencia y una eficacia sobrenaturales. Pero a diferencia de Fraga, que cuando nombró sucesor a José María Aznar, se apartó por completo de la política nacional, y lo dejó hacer, Feijóo es alérgico a la abstinencia. Como no es un barón cualquiera ni se resigna a su papel al fin y al cabo secundario, no pierde la oportunidad de hacerse notar, de que todo el mundo perciba el mensaje de que allí está él, por si acaso.
Feijóo tuvo la oportunidad de ser presidente del PP en las Primarias que se celebraron al efecto y que ganó Casado, pero no quiso. No quiso porque en el fondo no deseaba unas Primarias sino una suerte de aclamación, porque no tuvo el coraje de enfrentarse al veredicto de una militancia siempre imprevisible o porque en Galicia se vive como Dios, sobre todo si eres lo más parecido a un emperador. El caso es que pese a haber declinado la competencia por el liderazgo del PP, luego ha tratado de ejercerlo desde la sombra. De modo que su comportamiento ha sido siempre discutible e incluso reprochable. Digamos, de una manera suave, que no ha sido el mejor compañero de Casado.
Ha tratado de condicionarlo cuanto ha podido para vincularlo inmarcesiblemente al centrismo, donde está convencido de que se ganan las batallas, hizo todo lo posible para defenestrar a Cayetana Álvarez de Toledo al frente de la portavocía parlamentaria del Grupo Popular, y ahora su nuevo objetivo es debilitar a la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a la que no quiere ni en pintura como presidenta del PP de la comunidad y sobre la que tiene una actitud desleal, que parece ser una especie de tentación a la que no renuncia.
Su inclinación por el enredo es inquietante, porque otros barones de menor enjundia, como los presidentes de Castilla y León, de Murcia o de Andalucía, los señores Alfonso Rodríguez Mañueco, Fernando López Miras o Juan Manuel Bonilla manejan gobiernos de coalición frágiles y pendientes del apoyo de Vox, y porque dadas las circunstancias, prestan una atención inusitada a Feijóo, el faro de la Costa de la Muerte. Pero la luz que alumbra el Napoleón de Galicia no contribuye precisamente a garantizar la paz, la concordia y la unidad estratégica del partido.
El último charco que ha pisado el gallego tiene que ver con las políticas impulsadas por los diferentes gobiernos de la cuerda para afrontar la pandemia, entre las que destaca por su atrevimiento, por su determinación, pero también por su resultado, las de la señora Díaz Ayuso, que se resiste con uñas y dientes a cerrar los bares y restaurantes, a clausurar los comercios y a acelerar la ruina de tantos pequeños empresarios que están al borde de la asfixia económica y de la depresión, que es tan nociva en términos de salud como el virus chino. Es natural que tal ejercicio de osadía y de ambición espolee a los adversarios políticos sin recursos para el combate, es decir, a los socialistas y comunistas con mando en plaza, pero que al mismo tiempo aliente la envidia, el resentimiento y la perfidia de los propios, es decir, que impulse el fuego amigo, es verdaderamente notable. Resucita los peores tiempos de la derecha cainita.
El señor Feijóo ha sugerido que es una irresponsabilidad la manga ancha de Madrid en los horarios de las aperturas de la hostelería y en los toques de queda. Luego lo ha matizado, ¡claro!, diciendo que cada comunidad toma sus decisiones en relación con la situación en su territorio, pero el mal ya está hecho. La ponzoña está servida. La diferencia entre teóricos compañeros de viaje se ha constatado y es indeleble. El oxígeno para el sectarismo televisivo nacional, debidamente acreditado.
Como se sabe, Madrid fue el centro de la pandemia durante los meses de plomo. Luego gracias a una estrategia destinada a cerrar sólo las zonas sanitarias con mayor nivel de contagios, permitiendo la movilidad en el resto de la capital, los efectos han sido espectaculares. Durante mucho tiempo, y aún ahora -en que las cosas van momentáneamente peor, aunque tienden a mejorar- la señora Ayuso ha permitido la apertura de los comercios y de la hostelería lo máximo posible. Y ha declarado su voluntad de intensificar la dosis de libertad en el futuro.
Los empresarios del sector, que viven la crisis más aguda de la que hay conocimiento público, le están muy agradecidos. En Cataluña y en otros lugares de España, la gente ha salido con pancartas en las que se podía leer “Ayuso vente aquí”. En Albacete la han sacado en procesión. Mi amigo Chema, el dueño de la taberna Aolmar, junto a la Ciudad de los Periodistas, hace tiempo que propone a sus clientes procesionar a la presidenta.
Como el enojo y la penuria de este sector de actividad crucial en un país como España, que vive del acercamiento social, de la convivencia en la calle y de la barra de bar, es legendario, Ayuso ha puesto en un brete a otros gobernantes más apocados, menos decididos y hasta quién sabe si más estúpidos. De una u otra manera, Ayuso los ha situado en el disparadero antes sus eventuales votantes y esto es algo que llevan muy mal, hasta el punto de cuestionar a una compañera de partido que sólo trata de hacer bien su trabajo.
Que Ayuso pueda tomarse estas libertades que molestan tanto a la izquierda como a la derecha es porque ha impulsado una política económica que ha abierto el margen de maniobra fiscal posible para ponerlas en marcha. Sus gestas heroicas como la habilitación sanitaria del recinto de Ifema y ahora la construcción en tiempo récord del hospital Isabel Zendal no habrían sido posibles sin la ejecutoria consuetudinaria que ha seguido siempre la Comunidad de Madrid, de bajos impuestos, de gasto contenido y de déficit público a raya.
Como esta estrategia ha proporcionado un aumento rotundo de los ingresos fiscales, dando por buena empíricamente una vez más la teoría de Arthur Laffer de que la reducción de los tributos acaba proporcionando a la larga una mayor recaudación, genera atractivo para la inversión y relocaliza los recursos que se fugan de destinos menos hostiles, Madrid ha contado con el músculo financiero imprescindible para gastar extraordinariamente en instalaciones sanitarias que además están a disposición del resto de España.
El modelo liberal de bajos impuestos, de facilidad para las empresas, de cariño hacia los emprendedores y de promoción de una convivencia amigable acaba proporcionando una rentabilidad inmensa. A pesar de lo que se diga en contra, la competencia fiscal es intrínsecamente positiva. Contribuye a que baje la presión tributaria, favorece la consolidación y el asentamiento del trabajo y del capital en los lugares más hospitalarios, incentiva la inversión y el consumo e impulsa a la vez el crecimiento económico y la recaudación. El modelo liberal en favor de la responsabilidad política y del ajuste de cuentas inevitable obliga a los gobiernos que gastan a dar cuenta al tiempo de los impuestos que establecen, para que luego las urnas dicten su veredicto inapelable. Esta es la política que ha seguido por fortuna Madrid desde los tiempos de Esperanza Aguirre. La política que sirve y mejora la vida de los ciudadanos. La que da aliento a las empresas y genera la riqueza correspondiente.
En sus años mozos, antes de ser ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro decía que la mejor manera de reducir el déficit público es bajar los impuestos. Así es. La expectativa inicial de contar con menos ingresos -aunque luego suele ocurrir lo contrario- ejerce como un cinturón de castidad que sujeta el gasto público, conduce a su eficiencia máxima y achica el desequilibrio presupuestario.
Esta es la norma que ha inspirado a la Comunidad de Madrid con el PP al frente desde tiempo inmemorial, y la que la señora Ayuso practica sin complejos, a pesar de las denuncias extemporáneas y absurdas sobre eventuales paraísos fiscales que no sólo son falsas sino grotescas: sólo tratan de enmascarar el fracaso sin paliativos del socialismo, así como de esconder la podredumbre moral de sus defensores.
Y esto, es decir, el éxito, es lo que no soportan los adversarios y enemigos de la señora Ayuso, dispuestos incluso a cometer actos criminales como los que están sucediendo con el hospital Zendal. Pero lo importante, lo que se hace tristemente indigesto es que algunos compañeros de partido, y entre ellos el señor Feijóo, muestren un recelo inaudito y a veces una incomprensible beligerancia hacia una compañera que no ha demostrado propósito alguno de jugar en su liga, que como suele ocurrir con los gallegos nunca se sabe de qué va.
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