La derecha política no sabe manifestarse
El domingo empezó con la proclama turronera de echar a la mafia de Moncloa y terminó reforzando a quienes hoy creen que la continuidad de Sánchez es una realidad cada vez más cercana y posible. La derecha política no sabe movilizar a su base sociológica con la misma inteligencia e intensidad con que lo hace la izquierda. Ni siquiera cuando las circunstancias lo exigen. Tampoco sabe vender el éxito de las mismas ni adecuarlas al contexto preciso en el que se enmarcan, por no decir que, tras ellas, aparece una península deshabitada de acciones políticas ulteriores que hacen olvidar por qué se convocó al pueblo a salir a la calle y gritar contra el decadente y delincuente Gobierno que nos arruina.
Las manifestaciones deben ser como el tratamiento médico de un paciente, prescritas y controladas, pero, sobre todo, preventivas. Porque la mitad de la España sociológica que no coincide con las aspiraciones políticas e ideológicas del convocante no puede justificar la ausencia a dicha llamada porque se haya enterado tarde, ni tampoco denunciar la mala organización de la misma sin que mueva a reflexión a los impulsores. Aún menos coherente resulta pedir al votante del otro partido que está a la derecha del PSOE que acuda a exigir elecciones y denunciar a la mafia que socava la democracia, sin haber consensuado el acto y su desarrollo con ese mismo partido. Y eso que nadie puede negar el éxito de la manifestación en cuanto a afluencia. Imaginen cómo habría sido de haberse planificado con más tiempo, en más sitios y con mejor cabeza.
La marcha, concentración o manifestación que ha convocado este fin de semana a decenas de miles de personas en Madrid para denunciar a la mafia que nos gobierna debe venir acompañada de otras acciones políticas, mediáticas y sociales de igual o mayor relevancia, empezando por la presentación de una moción de censura que ya resulta obligada, sin tacticismos respecto a su carácter constructivo ni resultadismos sobre el «para qué presentarla, si no la vamos a ganar». Se presenta porque hay que presentarla. Es obligada con la situación actual, en la que le decimos a la España que desea elecciones que se va a intentar ir por todas las vías para que la anormalidad que supone que haya ex ministros del Gobierno y miembros del PSOE en la cárcel por delinquir no se convierta en algo aceptable y aceptado. No puede, no debe aceptarse. Proclamar en el Parlamento que quien se va a defender en la tribuna del Ejecutivo junto a sus socios conforman la peor cohorte de sinvergüenzas y corruptos que ha dado un país en la historia de Europa, supone una ventana de información al mundo, y también una llamada de atención a esa Europa que sigue protegiendo al autócrata y a sus socios con millones de euros ventilados en tramas siniestras y hediondas.
El contexto, por tanto, exige aumentar la contundencia retórica, y cuando te acercas a lo que el contexto demanda, el contexto te premia. Pulsar la temperatura social y acertar con los conceptos que definen su gradación posibilita una identificación mayor con el votante al que quieres seducir. Eso lo empieza a entender Feijóo, cuyos discursos recientes abandonaron la equidistancia formal para adentrarse en la vehemencia tonal, gestual y, sobre todo, léxica. A la mafia hay que llamarle mafia, al ladrón, ladrón y al golfo, golfo. Y no por ello vas a ahuyentar al votante de izquierdas, sobre todo cuando no tiene intención de cambiar su tradicional voto cautivo, por muy descontento que esté de Sánchez.
Los resquicios de lo que debió ser un día de indignación nacional acabó en reproches mutuos entre los partidos que deben entenderse para sacar al autócrata de su búnker de felonía y corrupción. Y en vez de eso, dedicaron sus esfuerzos a culparse mutuamente de ausencias, presencias y rentabilidades. Nadie pensó en la gente que acudió a la manifestación con tiempo intempestivo (ni en la gran mayoría que la siguió en espíritu) bajo un único sentimiento: la obligada moción de censura política y la obligatoria regeneración nacional. El ridículo posterior podía haberse evitado con mejor diálogo y acuerdo previo. Hasta para manifestarse, la izquierda les lleva siglos de ventaja.