El delirio del separatismo catalán
Dentro del separatismo catalán hay una continua discusión entre los que son auténticamente independentistas y los que solo son «autonomistas», dado que esta última definición es el equivalente a «traidor», y se la pasan de unos a otros de manera continua —como en el famoso gag de los Monty Python sobre el Frente Popular de Judea y el Frente Judaico Popular—.
Para el separatismo, ser «autonomista» puede ser sinónimo de «español». Aunque el sector más integrista prefiere usar el término «castellano», porque «España» en el fondo sería una creación catalana gracias a la «Corona Catalanoaragonesa» que regía Fernando el Católico, que tendría que ser rescatada de las garras de los malvados «castellanos». No se preocupen si se han perdido, porque es una cosmovisión tan enferma que hace falta un mapa para no perderse.
El «catalanismo», que es hegemónico en Cataluña desde hace más de 150 años, sería, para el sector más asilvestrado, la manera del nacionalismo de intentar gobernar España, en dura competencia con los «castellanos», para que, así, el Estado fuera utilizado a favor de los catalanes, y no en contra, ya que están convencidos de que la única obsesión de «Castilla» es destruir a Cataluña.
De ahí los pactos con Madrid, para avanzar en un autogobierno defensivo. Esta visión conviviría con la de los separatistas que se niegan a dirigir España, porque la gobernanza del Estado atenta contra la auténtica forma de vida catalana, que es incompatible con la coexistencia con «Castilla».
Su lema es «la autonomía que necesitamos es la de Portugal». Por supuesto, un separatista auténtico solo piensa, siente y habla en catalán; lo contrario sería aceptar la «lengua del invasor» y, por lo tanto, aceptar el papel de «cipayo», el indígena que se pone a las órdenes del ocupante opresor castellano.
Los «colonos» serían los centenares de miles de emigrantes que la Castilla que el Estado, en sus múltiples evoluciones, ha enviado a Cataluña para «destruirla», diluyendo su «identidad nacional».
Están convencidos de que Franco mandaba andaluces, extremeños y murcianos, y de que el PP y el PSOE la han inundado de hispanoamericanos y magrebíes.
Todo ello con la complicidad de los «autonomistas», sean los de ERC, CiU y sus sucesivas reencarnaciones, la CUP, los Comunes y el PSC —formación catalanista de fundación y reconvertida al secesionismo «light»—.
No se escandalicen: el discurso del uso espurio de la emigración para «aniquilar» la «Cataluña catalana» es un lugar común del catalanismo y del secesionismo catalán desde hace décadas.
De ahí viene el desprecio supremacista del nacionalismo catalán hacia las oleadas de españoles de otras regiones de España que se desplazaban a la región catalana para ganarse la vida.
Los matices dentro del delirio del nacionalismo catalán son muchos y darían para una enciclopedia. Al final, todo se resume en si se quiere la secesión de verdad o solamente vivir del resto de españoles; el grado y la velocidad de la ruptura y la intensidad del desprecio hacia los tachados como «autonomistas», «colonos» o «cipayos».
Resumiendo, en la Cataluña actual, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Josep Rull y Carles Puigdemont serían unos políticos «autonomistas», porque juegan dentro del marco «castellano».
Y Sílvia Orriols sería la única separatista fetén, porque buscaría crear un poder catalán auténtico, alejado de las influencias «castellanas» y que solo reivindica unas «esencias» patrióticas que enlazan con el teórico glorioso pasado medieval catalán.
No se preocupen si no han entendido nada. Solo metan la mano en el bolsillo para agarrar bien su billetera, porque unos y otros solo pretenden saquearla. Eso sí, en nombre de «Cataluña».