Alfred y Amaia como síntoma de la imbecilidad patria

Alfred y Amaia como síntoma de la imbecilidad patria
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Qué tiempos aquellos en los que en Eurovisión se retaban los mejores cantantes del Viejo Continente. Tipos y tipas que tenían un común denominador: sabían cantar. Por allí pasaron genios de la talla de Céline Dion, Cliff Richard, Julio Iglesias, Raphael, Massiel, Bonnie Tyler, Dulce Pontes, la angloaustraliana Olivia Newton-John y los que tal vez son los más grandes de la historia del festival: Abba. De Brighton, ciudad costera británica que acogió la edición de 1974, al cielo. El mítico cuarteto se convirtió en la segunda empresa que más divisas proporcionaba a Suecia después de Volvo. Ahí es nada.

Lo que hoy día realmente importa en Eurovisión es que seas un friki. Cuan más extravagante parezcas y más lío montes, mejor. Lo de menos es que te desempeñes como un gran artista. Prueba de ello son los representantes españoles, Alfred y Amaia, más conocidos por el pollo que montaron el día de Sant Jordi que por sus virtudes musicales. Al cantante no se le ocurrió mejor cosa que regalar a su compañera un libro con un elocuente título: España de mierda, escrito por Albert Pla, un supuesto cantante y escritor que tan sólo ha destacado por las salvajadas que vomita su sucio buche. Este pájaro, cuyas demencias relativiza ahora la izquierda podemita, dejó meridianamente claro en 2013 que le da “asco ser español”. Algo que ha repetido hasta la saciedad, llegando al punto de expresar su deseo de “matar a todos los españoles”.

Lo de menos es que Alfred incumpliera la pelín machista tradición del 23 de abril, que invita al hombre a regalar una rosa a su amada y a ella a corresponderle con un libro. Lo de más es que el título del libro fue una provocación a las decenas de millones de españoles que ayer vieron impotentes cómo les representaba (patéticamente, eso sí) un individuo que nunca ha ocultado su furibundo independentismo. Porque si no quería provocar, si era un genuino regalo, si simplemente le hacía gracia el libro, si era la manera de expresar su amor a mi paisana, bastaría con que hubiera quedado todo en el ámbito de lo privado. Pero, no, quería miccionar en la boca de todos los españoles y lo consiguió al subir las fotos a Instagram. Un Alfred, por cierto, cuya catalanidad queda reflejada en sus dos apellidos: García y Castillo.

Pero más allá de la anécdota queda la categoría, que es lo verdaderamente preocupante. España ha cogido la masoquista costumbre de primar a los que quieren balcanizarla y castigar a quienes defienden a la que es la nación más antigua de Europa junto con Francia. Nuestro país, por poner un solo ejemplo, permite que uno de los pilares de su selección de fútbol sea un Gerard Piqué desaforadamente independentista. Es menester recordar que Piqué se quitó la bandera de España de la manga de la camiseta y soltó a los jugadores del Real Madrid en 2011 un elocuente “¡españolitos, que os den, ya os hemos ganado vuestra Liga española y ahora vamos a ganaros la Copa de vuestro Rey!”. Por no olvidar la peineta que el muy impresentable ejecutó cuando sonaba el himno en los prolegómenos del España-Croacia de la Eurocopa 2016.

Igual de imbécil es haber permitido que un sujeto como Pep Guardiola, separatista hasta los tuétanos, fuera convocado por La Roja, llegando incluso a ser campeón olímpico vistiendo unos colores que no sentía y defendiendo una bandera que le provoca arcadas. Si ellos no son coherentes, porque sólo les interesa el color malva de los billetes de 500, que al menos lo sea el Estado, empezando por la Real Federación Española de Fútbol. ¿Que a usted ni le va ni le viene la bandera ni el país?, perfecto, es muy respetable, pero no volverá a representar nunca más a España. Luis Aragonés, que no era precisamente un comunista ni un cupero, siempre ensalzaba a Oleguer Presas, que se presentó en una cita de la Selección para agradecer al Sabio de Hortaleza el gesto que había tenido con él. “Míster, yo soy independentista y, por tanto, no siento estos colores. Por tanto, renuncio a jugar con España. Quería decírselo a la cara y agradecerle la oportunidad”, le espetó el defensa a un Luis que, acto seguido, se fundió en un sincero abrazo con su interlocutor.

Cosas de un Estado estúpido. Seguramente el más estúpido de Europa y tal vez del mundo. Un país en el que la moda es quemar, agredir, escupir, silbar o destruir los símbolos nacionales. Una nación que permite cada primavera que se silbe el himno en la Copa del Rey porque ningún gobernante se ha atrevido a hacer un Sarkozy. O, lo que es lo mismo, a legislar para que en caso de que se pite la Marcha Real se suspenda el encuentro. Eso es lo que hacen los países serios y fuertes. Los estúpidos permiten estas afrentas y legalizan a los que hace no tanto asesinaban, mutilaban, secuestraban y extorsionaban. Los serios no hacen una sola concesión a los quieren destruirles. Los idiotas encumbran a sus enemigos.

Lo que estamos viviendo no es sino la destrucción acelerada de una nación con 500 años de historia. Tan cierto es que los imperios y las naciones surgen y un día se fagocitan como que en los últimos 40 años el camino al abismo ha ido in crescendo. Lo que ocurre no es mayormente culpa de Rajoy. Seguramente Mariano sea el que menos boletos se merezca en esa diabólica tómbola. El camino a ninguna parte se inició con las concesiones ucedistas en forma de bomba de efectos retardados. Adolfo le pasó el explosivo a Leopoldo, éste se lo quitó de encima en cuanto pudo y se lo regaló a Felipe. El sevillano hizo lo propio con un Aznar al que sacaron del poder de mala manera. El papel de porteador le tocó en 2004 a un José Luis Rodríguez Zapatero que permitió que multiplicasen por dos la potencia del artefacto. Ahora lo tiene en sus manos el último de la fila, Mariano Rajoy, que comprueba impotente cómo cada vez queda menos tiempo y cómo la cuenta atrás ha enloquecido tomando velocidades supersónicas.

Un Estado estúpido que anunció que autorizaría el Estatut que viniera del Parlament. Un Estado tonto que ha permitido que Cataluña tenga estructuras de Estado cuyo único objetivo es lavar el cerebro de la ciudadanía para que más pronto que tarde diga “Adéu!”. Un Estado gilipollas que consiente que se obligue a los niños de Baleares, Comunidad Valenciana, Cataluña, País Vasco y ahora Navarra a educarse como paletos. Paletos a la fuerza que balbucean el español y parlan a las mil maravillas ese catalán y ese vascuence que les hace auténticos ciudadanos del mundo. Un Estado atontado que deja que se amedrente y se someta a los españolistas en las regiones tomadas por el independentismo. Un Estado zopenco que financia su propia implosión. Alfred y Amaia son dos memos de los que nadie se acordará dentro de un año porque, como atestiguaron ayer, no son precisamente Abba, Julio Iglesias o Céline Dion. Pero lo que nadie podrá negarles es el mérito de constituir un síntoma de la imbecilidad patria. Mejor dicho, un símbolo.

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