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Israel desafía las leyes de la ingeniería y construye un río artificial de más de 130 km en medio del desierto

Israel río artificial
Blanca Espada

Convertir zonas áridas en terrenos fértiles siempre ha sido uno de los grandes desafíos de la ingeniería moderna. En países donde el agua es un recurso escaso, cada gota cuenta y la capacidad para transportarla, almacenarla y aprovecharla se ha convertido en una cuestión estratégica. Durante décadas, muchas regiones del mundo han intentado encontrar soluciones a este problema, aunque pocas han alcanzado una dimensión comparable a la desarrollada por Israel, con un río artificial que cambió para siempre las leyes de la ingeniería.

Las imágenes aéreas de este río artificial en Israel llevan años despertando curiosidad. Desde el cielo puede verse una larga franja azul que atraviesa campos y paisajes secos, creando la sensación de que un río discurre en medio de zonas áridas. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja ya que no se trata de un cauce natural creado desde cero, sino de una gigantesca infraestructura hidráulica considerada una de las redes de gestión y transporte de agua más avanzadas e integradas del planeta. Un sistema que hoy se ha convertido en uno de los grandes símbolos tecnológicos del país y que no parece tener comparación en el mundo.

Israel construye un río artificial de más de 130 km

Aunque popularmente muchos lo identifican como un río artificial, lo que Israel desarrolló es una compleja red nacional diseñada para trasladar agua desde las zonas con mayores recursos hídricos hacia otras regiones con escasez, especialmente el sur del país y áreas cercanas al desierto del Néguev. El eje principal de esta enorme infraestructura es el Acueducto Nacional de Israel, una estructura que supera los 130 kilómetros y que fue concebida para mover enormes cantidades de agua a través del territorio.

Lo llamativo es que no funciona como un río tradicional, sino que el sistema mezcla canales abiertos, túneles, tuberías a presión, embalses, estaciones de bombeo y conducciones subterráneas que trabajan de manera coordinada. Algunas partes pueden verse a simple vista y otras permanecen completamente ocultas bajo tierra.

Uno de los tramos más conocidos es el Canal del Valle de Beit Netofa, que tiene unos 17 kilómetros de longitud. Su forma ovalada responde a las características geológicas del terreno y, visto desde el aire, es probablemente la parte que más contribuye a esa sensación visual de estar ante una corriente de agua atravesando un paisaje seco.

El proyecto nació para resolver tres grandes problemas

La construcción comenzó en la década de 1950 y no respondió únicamente a una necesidad puntual. Israel buscaba una solución a largo plazo para problemas que condicionaban el desarrollo del país.

Entre los principales desafíos aparecían tres factores muy concretos:

  • Las lluvias son irregulares y varían mucho según la región y la época del año.
  • Los recursos hídricos naturales sufrían una presión creciente.
  • El aumento de la población y el desarrollo agrícola elevaban cada vez más la demanda de agua.

De este modo, en un territorio donde el clima marca enormes diferencias entre unas zonas y otras, transportar agua de manera eficiente se convirtió en una prioridad nacional. Además, ese crecimiento agrícola obligó a impulsar sistemas de aprovechamiento cada vez más avanzados y no es casualidad que Israel también haya sido pionero en técnicas como el riego por goteo, utilizado actualmente en numerosos países.

El Mediterráneo pasó de ser una frontera a convertirse en una fuente de agua

La gran transformación llegó años después. A partir de comienzos del nuevo milenio, el país empezó a desarrollar un potente sistema de desalinización a gran escala. Cinco grandes plantas situadas en la costa mediterránea comenzaron a producir agua potable mediante tecnología de ósmosis inversa. Este procedimiento elimina la sal del agua marina y permite convertirla en apta para el consumo humano.

Pero el proceso es mucho más complejo de lo que parece. El agua atraviesa distintas fases de filtrado, control de presión, eliminación de sales y un proceso final de remineralización para garantizar su calidad antes de incorporarse a depósitos y redes de distribución. El cambio fue enorme. En determinados años, más del 60 % del agua utilizada en Israel ha llegado directamente del mar.

Cuando el sistema empezó a funcionar al revés

La evolución del proyecto llegó a un punto inesperado hace poco tiempo. Durante años la lógica fue transportar agua desde zonas húmedas hacia regiones secas. Sin embargo, la situación comenzó a cambiar. En 2025 Israel empezó a bombear agua desalinizada hacia el Mar de Galilea para recuperar parte del nivel perdido tras largos periodos de sequía.

La imagen resulta llamativa porque el sistema comenzó a operar de forma prácticamente inversa a la idea inicial con la que fue concebido décadas atrás. Más que construir un río en mitad del desierto, Israel terminó desarrollando una infraestructura capaz de modificar la manera en que un país entero gestiona uno de sus recursos más limitados. Y precisamente ahí reside la magnitud real del proyecto.

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