Séneca enseña cómo superar la tristeza y redescubrir la felicidad: «Basta de autocompasión»
Es mucho más fácil creer que tenemos mala suerte antes que admitir que somos perezosos o cobardes
Teresa de Calcuta, premio Nobel de la Paz 1979, sobre la infancia: "Los niños son como las estrellas, nunca hay demasiados"
Tales de Mileto, filósofo griego sobre la crítica a los demás: "La cosa más difícil es conocernos a nosotros mismos; la más fácil es hablar mal de los demás"
Rabindranath Tagore: "La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo se ha oscurecido

Siempre nos lamentamos de la mala suerte, culpamos al trabajo, a los demás o al destino de lo que sale mal. En ocasiones, gastamos energía compadeciéndonos de nosotros mismos y victimizándonos, convencidos de que la serenidad es un premio que la vida nos niega injustamente. Aun así, esa sensación se vuelve inamovible.
El problema que tiene el victimismo es que es una trampa seductora: nos exime de toda culpa y responsabilidad, y nos convence de que la causa de nuestras desgracias siempre es externa. Es mucho más fácil creer que tenemos mala suerte antes que admitir que somos perezosos o cobardes. Si el filósofo Séneca nos dijera algo hoy en día, nos diría sin más preámbulos: «Basta de autocompasión».
En su célebre tratado «La vida feliz», el filósofo desmantela poco a poco la ilusión de que la serenidad sea un don del azar o una concesión de circunstancias favorables. Por tanto, la felicidad es un acto de responsabilidad individual, un tipo de músculo que se tiene que ejercitar rechazando la pasividad.

El diagnóstico de Séneca
Para Séneca, hay cuatro claves para el autoengaño: la primera es seguir a la multitud, que, aunque nos parezca cómodo, nos aleja de nuestra propia identidad; culpar y criticar a los demás, el resentimiento no resuelve nuestros problemas, sino que alimenta la frustración; depender de circunstancias externas, algo que nos puede volver frágiles frente a los demás; y buscar refugio en los placeres inmediatos, donde realmente no está el placer, sino en la virtud, la disciplina y la fortaleza interior.
El mensaje de Séneca no es una condena moral absoluta, sino una llamada a la acción. La «cura» para ello es una profunda reestructuración de nuestra actitud interior. Para ello hay tres pasos clave: separar los hechos de las interpretaciones, centrarse en lo posible para tener el control y el uso de los bienes como una «materia prima».