Psicología

La psicología llega a la conclusión de que las personas que son de equipos de fútbol modestos comparten un rasgo de la personalidad

Mantener la fidelidad cuando apenas existen recompensas inmediatas dice mucho de la personalidad

Estadio Ontime Butarque
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Laura Mesonero
  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

Hay quienes deciden «complicarse» la vida voluntariamente. Quienes dejan ese trabajo. Quienes rompen con su pareja en un acto de amor propio. Quienes deciden mudarse a otro país. Quienes se arriesgan con algo nuevo de la carta. Quienes se olvidan del cumpleaños de su amigo. Quienes van al cine solos y quienes también se atreven a viajar. Los hay que hablan con desconocidos. También que deciden trasnochar un martes o salir a correr con lluvia e, incluso, los hay que se abonan a equipos como el Club Deportivo Leganés, el Club Deportivo Castellón, el Albacete Balompié o el Granada Club de Fútbol.

Y poco o nada tienen que ver con los que se autodenominan «sufridores» por apoyar al Atlético de Madrid, un club con uno de los mayores presupuestos del fútbol europeo, ni tampoco con aquellos que presumen de ser del Real Madrid sin haber pisado nunca el Santiago Bernabéu.

Ser de un club modesto no solo obliga a justificar de continuo por qué se decide apoyar a un equipo que rara vez aparece en los primeros puestos de la clasificación. Implica apoyar en la derrota, sufrir por la presión del descenso, comprometerse y permanecer aunque el equipo no responda. También cuando el entrenador decida hacer justo lo contrario a lo que la afición pide a gritos que se haga. Cuando los resultados no acompañan. Significa aceptar que las probabilidades de celebrar un título son mínimas, que las derrotas serán más frecuentes que las victorias y que la permanencia puede convertirse en el objetivo máximo de cada temporada.

Y precisamente esa forma de vivir parece estar relacionada con una manera muy concreta de entender la vida.

La personalidad de quienes apoyan a equipos modestos

La psicología lleva años estudiando cómo las aficiones deportivas forman parte de nuestra identidad. Aunque solemos pensar que elegimos un equipo únicamente por tradición familiar o por el lugar donde nacemos, la realidad es que mantener esa fidelidad cuando apenas existen recompensas inmediatas revela mucho de la personalidad. 

Apoyar a un club que no acostumbra a ganar exige tolerar mejor la frustración, desarrollar una mayor resiliencia y aprender a encontrar satisfacción en el proceso y no solo en el resultado. La identidad del aficionado deja de construirse alrededor de los títulos para hacerlo sobre la pertenencia, el compromiso y la capacidad de permanecer cuando la recompensa tarda en llegar.

Saben disfrutar de las pequeñas alegrías

Paradójicamente, quienes menos victorias celebran suelen vivirlas con mucha más intensidad.

Cuando un equipo acostumbrado a luchar por la permanencia consigue una victoria inesperada, elimina a un grande en la Copa del Rey o certifica un ascenso, la alegría no se da por sentada. Se saborea. Se comparte durante días. Se convierte en un recuerdo que permanece durante años porque no forma parte de la rutina.

Desde el punto de vista psicológico, tiene una explicación sencilla: cuando las recompensas son escasas, el cerebro les concede un valor emocional mucho mayor. Es el mismo motivo por el que un éxito conseguido tras muchos intentos genera una satisfacción mucho más profunda que aquello que se obtiene con facilidad y prácticamente sin esfuerzo.

Aprenden a ser fieles incluso cuando las cosas van mal

Mientras muchos aficionados cambian de intereses cuando desaparecen las victorias, quienes apoyan a un equipo pequeño permanecen.

No esperan ganar cada fin de semana. Su vínculo no depende de los resultados, sino del sentimiento de pertenencia. Esa lealtad acaba trasladándose también a otros ámbitos de la vida, donde suelen valorar más la constancia que la gratificación inmediata.

Han aprendido que perder también forma parte del camino

La derrota deja de ser una excepción para convertirse en parte de la experiencia.

Lejos de generar únicamente frustración, esa exposición constante ayuda a desarrollar una mayor capacidad para relativizar los fracasos, asumir que no todo sale siempre como uno espera y volver a empezar la semana siguiente con la misma ilusión.

Encuentran sentido en formar parte de algo

Para muchos aficionados de clubes modestos, el escudo representa mucho más que un equipo de fútbol.

Es el barrio, la ciudad, la familia, los amigos y una forma de entender la vida. Esa conexión fortalece el sentimiento de comunidad y hace que el éxito colectivo importe más que el reconocimiento individual.

Disfrutan más cuando llega el momento de celebrar

Quizá el rasgo más llamativo de quienes apoyan a un equipo pequeño sea precisamente su capacidad para experimentar la alegría.

Como las grandes victorias no llegan todos los días, cada una se vive como un acontecimiento extraordinario. No hay espacio para la costumbre ni para la obligación de ganar. Hay sorpresa, emoción y gratitud.

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