La Orquesta de la Comunidad Valenciana pone el broche al 65 Festival de Pollença con la presencia de Prohens y Roca
No era la primera vez que la OCV se acercaba al claustro de Sant Domingo y esta vez lo hacía con Sir Mark Elder como director
Fue un acierto la presencia de la presidenta del Govern y de la consellera insular de Cultura y vicepresidenta del Consell
El 30 de agosto, la Orquesta de la Comunidad Valenciana le ponía el broche de oro al 65 Festival de Pollença, cuya programación era, toda ella, un fiel recuerdo de la trayectoria de una idea original de Philip Newman, continuada después durante un cuarto de siglo por Eugen Prokop y, tras los años inciertos (2006-2019), finalmente rescatada por Pere Bonet, director artístico del Festival desde el año de la pandemia, 2020.
De paso, cabe decir que también aquella velada del 30 de agosto venía a suponer para nosotros la celebración del vigésimo aniversario de la OCV, nacida en 2006 para dar apoyo, como orquesta titular, al Palau de les Arts Reina Sofía.
No era la primera vez que la OCV se acercaba al claustro de Sant Domingo —la primera fue en la edición de 2024— y, en esta ocasión, lo hacía con Sir Mark Elder, su director titular desde septiembre de 2025. Qué envidia da el hecho de que, en dos décadas, nombres tan ilustres como Lorin Maazel —su fundador—, Zubin Mehta y ahora Elder hayan contribuido a dotarla de una personalidad inconfundible.
Me atrevería a decir que la envidia existe entre no pocas orquestas sinfónicas titulares de comunidades autónomas, incluida la OSIB, es decir, la Orquesta Sinfónica de Baleares, que está a punto de estrenar, con la inauguración de la Caja de Música, un período clave para su expansión y para el encuentro definitivo con su personalidad sonora. Para ello haría falta dar con la batuta adecuada, a ser posible con personalidad propia de líder.
El programa elegido por Sir Mark Elder era el perfecto para la celebración, por todo lo alto, de una clausura con gran carga emocional. Es por ello por lo que fue un acierto la presencia de la presidenta del Govern, Marga Prohens, y de la consellera insular de Cultura y vicepresidenta del Consell de Mallorca, Antònia Roca. Prohens, por ser la primera autoridad de Baleares y, por ello, darle el máximo rango a su asistencia a un acontecimiento cultural que es el más sobresaliente de cuantos ocurren en Baleares; y Roca, porque es la máxima autoridad cultural de la isla, transferidas las competencias de Cultura años atrás.
Una delicia ver a las dos entre el público, sin pompa ni circunstancia alguna. No es casual que estuvieran ubicadas en el centro del claustro y no en la primera fila, como suele ser habitual en otros espacios. La razón es que así lo pidió, a finales de los años 90, la Reina Sofía, entonces presidenta de honor del Patronato del Festival, cuando acudió en años consecutivos a ver a Yehudi Menuhin, Mstislav Rostropóvich y Ravi Shankar. Desde entonces, así sigue manteniéndose el protocolo de autoridades.
Vayamos con el concierto. Ya digo: agraciado el público por la escucha en directo de una orquesta realmente inmensa. Las obras elegidas eran, sin la menor duda, grandes monumentos de la composición. Abrió Variaciones Enigma, del británico Edward Elgar. En la segunda parte, la Sinfonía nº 7 del coloso Beethoven. La primera, si se quiere, por capricho; mientras que la segunda participaba de los prolegómenos al Año Beethoven, 2027, al coincidir la fecha con la celebración del bicentenario de su muerte.
Variaciones Enigma (1899) nació como tributo privado a la amistad y, en primera instancia, para agrado de su esposa, escuchando a Elgar improvisar al piano las primeras notas de algo casual, inédito. Aunque el momento clave, y probablemente culminante, de este proceso llegaría con la variación nº 9, un adagio dedicado a su amigo íntimo August Jaeger. Elgar pasaba momentos de abatimiento ante el poco caso que despertaban sus composiciones y fue entonces cuando Jaeger le animó, recordándole las penalidades de Beethoven y que, pese a ello, siguió componiendo.
Mientras se lo explicaba, Jaeger le tocó al piano un fragmento del segundo movimiento de la Sonata nº 8, Patética, de Beethoven. Esto explicaría que las primeras notas de Patética resuenen sutilmente al inicio de Nimrod, esa variación nº 9 que Elgar le dedicó a su íntimo Jaeger. De paso, buena conexión con la Séptima,
Variaciones Enigma tuvo de inmediato un efecto multiplicador, elevando la obra de Edward Elgar a los altares, cuando el Reino Unido se encontraba todavía en pañales en asuntos relacionados con el sinfonismo. Es más. Hay otras variaciones, en especial la séptima, Troyte, un presto tempestuoso en el que se presagiaba el contenido de Pompa y circunstancia (1901-1930).
Con el tiempo, Edward Elgar ha quedado en la mente de los british, que no es poco, como el artífice de los solemnes himnos del Reino Unido. Impacto cultural absolutamente pragmático para solemnes honras fúnebres.
La segunda parte estaba reservada para la Sinfonía nº 7 de Beethoven, mi favorita, que en realidad presagiaba cambios profundos en el sinfonismo y, especialmente, en lo referente a los ritmos. En este sentido, es antológica la afirmación de Richard Wagner a propósito de la Séptima: «La apoteosis de la danza, mostrando el cuerpo convertido en sonido, que, uniéndolo con la mente, es una sola fuerza vital».
Estamos en 1813, de manera que referirse a la danza solo puede emparejarse con el ballet clásico, lo más sofisticado que se conocía en aquella época. Y, en efecto, bastaba con cerrar los ojos para ir describiendo mentalmente coreografías intransferibles. Beethoven, desde el primer momento, fue consciente del avance que había transmitido y, por eso, no dudó a la hora de afirmar que era «una de mis mejores obras».
Todo ello, transmitido por una formación orquestal que embargó al público del claustro de Sant Domingo, invitado tanto a la explosión como también a la introspección. Y entre la audiencia, la agradecida presencia de Prohens y Roca, como cabezas visibles de nuestro día a día político.