Noche brillante de la Orquesta Sinfónica de Baleares dirigida por Manuel Hernández-Silva
El director venezolano ya había dirigido a la OSIB y supo ganarse el liderazgo que la ocasión reclamaba
Cambio de planes en el concierto de clausura de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Baleares. Un cambio radical, motivado a petición del director titular, Pablo Mielgo, al necesitar atender problemas familiares. Para sustituirle se invitó al director venezolano Manuel Hernández-Silva, quien, ante la ausencia de tiempo, fue a sustituir la inacabada Sinfonía nº 10 de Gustav Mahler por su Sinfonía nº 1, incluyendo en el programa de la velada también la Sinfonía nº 38 de Mozart. La intención era clara.
Enfrentar al Mozart de 1786 con el Mahler de 1888 –un siglo les separaba– fue una decisión deliberada para resaltar contrastes dramáticos y evolución estilística, y para ello, poner a dialogar Praga, cúspide de la sofisticación clásica, con Titán, una obra expansiva y de orquestación compleja. Solo faltaba subir a la tarima un director capaz de guiar a los músicos entre una inmensidad de matices encarnados en estas piezas que representan puntos álgidos y transformadores en sus respectivos períodos.
Hablamos de dos sinfonías que comparten una cualidad intransferible: en el caso de Mozart, legarnos una de las cimas del clasicismo sinfónico, dotada de estructura innovadora, y en cuanto a Mahler, exhibir su autoridad a modo de puente entre el romanticismo tardío y el modernismo, redefiniendo por añadidura el género sinfónico a partir de la innovación orquestal.
Solo se necesitaba la batuta capaz de hacer llegar el mensaje a la orquesta y ésta transmitiéndolo fielmente al público. Lo que finalmente así ocurrió con el público puesto en pie al finalizar la velada. Manuel Hernández-Silva ya había dirigido a la Sinfónica de Baleares y supo ganarse el liderazgo que la ocasión reclamaba, especialmente llegada la segunda parte con Mahler. En la primera, simplemente se trataba de recordarnos que el papel de Mozart en 1786 fue clave para que el clasicismo llevase al cénit el lenguaje formal,y eso fue lo que ocurrió ante los ojos del espectador.
En cambio, en la segunda, se estaba exigiendo al director y a la orquesta mayor ambición, pues el reto consistía en estructurar con delicadeza cada paso al objeto de reivindicar en plenitud la expresión emocional, la narrativa, y de paso exhibir que se estaba asistiendo a un ejercicio de complejidad técnica de gran trascendencia de cara al inminente cambio de ciclo con Mahler en el papel de su principal inductor. Tener a Hernández-Silva en la tarima era providencial por su rigor técnico, pasión transmitida desde la batuta y un profundo conocimiento del repertorio clásico y romántico.
El carisma del director venezolano era bien visible y materializado en una capacidad de conexión con la orquesta, además de expresarse con precisa gestualidad, facilitando el trabajo a los músicos. Lo he dicho en más de una ocasión. Nuestra Sinfónica goza de una calidad técnica que la iguala con otras formaciones de similar estructura, aunque en los 37 años que lleva refundada no ha llegado a exhibir un estilo propio que la defina. Sin embargo, completamente cómplice cuando se mide con un director de gran personalidad, regalándonos entonces veladas inolvidables. Algo que ocurrió la noche del 7 de mayo en el Auditórium de Palma.
En efecto, noche brillante de la Orquesta Sinfónica de Baleares (OSIB), perfectamente conectada con la batuta de Manuel Hernández-Silva.
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