Exhibición inmensa de Alban Gerhardt en Pollença, con el firme liderazgo de Patrick Hahn
El Festival brindó un concierto en el que pudimos disfrutar del proverbial liderazgo que irradia el bueno de Hahn, batuta en mano
Alban Gerhardt, acabado el Concierto para violonchelo, op. 85 de Elgar, nos ofreció un único bis «para compensar la corta duración del concierto», en palabras textuales. Para ello acudió a uno de los seis preludios de Bach que sirven de apertura para cada una de sus Seis suites para violonchelo solo, que, mira por dónde, son contemporáneas del Matteo Goffriller de 1710, el instrumento utilizado por Gerhardt para atacar la pieza sinfónica de Elgar.
En realidad, el programa era en sí mismo la feliz reunión de tres joyas de la composición, creadas en un espacio de tiempo de apenas 60 años. La apertura le correspondió al preludio compuesto por Richard Wagner en 1858 para Tristán e Isolda, ópera inspirada en una leyenda celta. Siguió después el concierto de Edward Elgar, datado en 1919, y, como cierre de la velada, el poema sinfónico de Rimski-Korsakov, Scheherezade (1888), con una narrativa extraída de los cuentos de Las Mil y Una Noches.
El preludio de Wagner revolucionó la historia de la música al introducir el conocido como acorde de Tristán, que suspendía la resolución tonal y, por ello, se adelantaba al nacimiento de la atonalidad del siglo XX. El concierto de Elgar, que se identifica con el luto colectivo de Europa tras la Primera Guerra Mundial, se convirtió, años después de su estreno, en piedra angular del repertorio para violonchelo. Patrick Hahn era el maestro de ceremonias elegido para dirigir la segunda noche del 65 Festival Internacional de Música de Pollença.
Finalizada la velada, el resumen, a mi modo de ver, sería haber asistido a una exhibición inmensa de Alban Gerhardt, con el firme liderazgo de Hahn.
Por regla general, un concierto sinfónico estándar se caracteriza por abrir la velada con una pieza corta, elegida para que la orquesta —si me lo permiten— se introduzca en la dinámica de la velada, siguiendo después la obra destinada a dar un protagonismo destacado al solista invitado y, para cerrar, la pieza idónea para que sea la orquesta quien exhiba sus virtudes. He hablado líneas arriba de la importancia del programa en su conjunto y, además, para la ocasión contábamos con la batuta del joven austríaco Patrick Hahn, quien destaca sobremanera por su capacidad para extraer el lucimiento orquestal, algo que en este caso ya venía avalado por el concierto de 2017 en el Auditorio de Manacor, dirigiendo Hahn a la OSIB, y que todavía hoy se recuerda.
En mi opinión, después de la excelente recreación del preludio de Wagner, iba a tener lugar el momento cumbre de la velada con el concierto de Elgar, por las circunstancias especiales que lo acompañaban. Tras su estreno en 1919, el Concierto para violonchelo de Elgar cayó en el olvido hasta llegar la grabación de 1965 con la London Symphony, dirigida por Sir John Barbirolli y con Jacqueline Du Pré como solista, que catapultó la obra a la fama mundial después de cuatro décadas prácticamente en el olvido.
Alban Gerhardt se obsesionó durante décadas con este concierto y, a buen seguro, durante su aprendizaje de los pormenores de la partitura conocería a la perfección la grabación de Jacqueline Du Pré, hasta decidir grabarlo —por primera vez— en 2015, con la Filarmónica de Colonia, dirigida por Andrew Manze.
Y empezaron las diferencias, que convierten a Du Pré y Gerhardt en referencias mundiales, cada cual a su manera, en lo relativo al concierto de Elgar. Mientras la inglesa prodigiosa lo tocaba de manera visceral, muy apasionada y libre, el alemán se decantaría por la fidelidad historicista y el análisis de la partitura original, hasta cuadrar una lectura más transparente y fluida, utilizando tiempos más ágiles y otorgándole una vivacidad inusual. De ahí su duración de apenas 25 minutos, ‘excusados’ con el bis.
Una delicia ver cómo iba recorriendo con una prodigiosa y exacta agilidad el diapasón del chelo, esculpiendo una narrativa ligada a expresividades de carácter íntimo en todo momento, logrando que el chelo funcionara como un narrador solitario y vivaz que dialogaba con la orquesta, siempre huyendo de la opulencia y adoptando un tono sobrio, directo, melancólico e introspectivo.
No hay duda de que Alban Gerhardt se mostró inmenso a cada instante. Si Jacqueline Du Pré optó por convertir su recreación en fuego emocional, la propuesta de Gerhardt resulta más analítica, utilizando tiempos más ágiles.
Ambas posiciones, sin embargo, conectan a la perfección con el espíritu del Concierto para violonchelo de Edward Elgar, que no es otro que simbolizar la elegía de un mundo perdido tras la Gran Guerra (1914-1918), ya sea eligiendo texturas viscerales (Du Pré) o, por el contrario, tonos sobrios (Gerhardt).
La segunda parte iba a ser toda ella para la Orquesta Sinfónica de Baleares, a partir de la suite sinfónica de Nikolai Rimski-Korsakov, Scheherezade, inspirada en Las Mil y Una Noches. Mundialmente célebre, de colorida y deslumbrante orquestación, destaca asimismo por la riqueza tímbrica y el virtuosismo de las secciones de la orquesta.
Scheherezade es, además, parte del repertorio sinfónico de Patrick Hahn, jugando a su favor la capacidad del director austríaco para el lucimiento orquestal, una de las cualidades de Hahn una vez situado en el podio. Y, en efecto, pudimos disfrutar en firme del proverbial liderazgo que irradia el bueno de Hahn, batuta en mano.