ENERGÍA NUCLEAR

EEUU lo construyó en 1957, lo cerró en 1973 y ha necesitado casi medio siglo para hacer desaparecer por completo este reactor nuclear y retirar 27.000 toneladas de residuos

Un veterano sentado ante el panel de control del reactor nuclear SM-1 desactivado del Ejército de Estados Unidos
Ernest Graves, ante el panel de control del reactor SM-1 ya desactivado, en Fort Belvoir (Virginia). Foto: Ejército de Estados Unidos (Wikimedia Commons, dominio público).
Adrián Villellas

A unas 17 millas (27 kilómetros) del centro de Washington hubo durante décadas una cúpula que casi nadie recordaba. Dentro dormía el SM-1, el primer reactor nuclear del Ejército de Estados Unidos, encendido en abril de 1957 y apagado en marzo de 1973. Ahora, en septiembre de 2026, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército anuncia que no queda nada de él en Fort Belvoir, Virginia. Solo una parcela nivelada y sembrada.

¿Y por qué ha hecho falta casi medio siglo? Porque desmontar un reactor, aunque sea pequeño, no es como derribar una nave industrial. Hubo que sacar unas 27.000 toneladas de residuos radiactivos y llevarlas a un vertedero a 2.700 kilómetros, un trabajo de cinco años cerrado con una ceremonia el 9 de septiembre de 2026.

Un reactor pequeño con mucha historia

El SM-1 era un reactor de agua a presión, el tipo más común en las centrales actuales. El agua se mantiene tan comprimida que no hierve, y su calor sirve para generar vapor y mover una turbina. Producía 10 megavatios térmicos y apenas 1.750 kilovatios de electricidad neta, una potencia más propia de un cuartel que de una ciudad.

Aun así, hizo historia. El 8 de abril de 1957 se conectó a la red comercial y, según el Cuerpo de Ingenieros, fue la primera instalación del país en suministrarle electricidad nuclear de forma sostenida. En 1955 el reactor experimental BORAX-III ya había iluminado Arco, en Idaho, durante apenas un instante. Y la famosa central de Shippingport no arrancó hasta diciembre de 1957.

En la práctica, el SM-1 fue sobre todo una escuela. Pertenecía al programa nuclear del Ejército, creado en 1954 con la Comisión de Energía Atómica para diseñar reactores compactos para bases aisladas. Por sus salas pasaron unas 800 personas en 16 años, y muchas acabaron en la industria nuclear civil. El programa se cerró en 1976 tras ocho reactores.

Por qué estuvo 48 años sellado

Cuando se apagó en 1973, el Ejército retiró el combustible y las barras de control, envió fuera los residuos y selló la vasija. El edificio siguió como aula hasta 1977 y como pequeño museo en los años ochenta. Después, silencio.

La estrategia inicial era la que el sector llama almacenamiento seguro. Consiste en dejar la instalación cerrada y vigilada para que la radiactividad baje sola con el tiempo. ¿Funcionó? Solo a medias, porque los estudios posteriores mostraron que la contaminación no bajaría lo suficiente y hacía falta limpiar a fondo.

El Distrito de Baltimore del Cuerpo de Ingenieros empezó a planificar el desmantelamiento definitivo en 2014, obtuvo el permiso de la Oficina de Reactores del Ejército en 2020 y arrancó las obras en 2021. Por comparar, el regulador nuclear estadounidense da a las centrales civiles un máximo de 60 años desde el cierre.

Cinco años de obra y 27.000 toneladas

Las obras las ejecutó A2D, una empresa conjunta liderada por APTIM. Sus equipos sacaron la vasija, las bombas, la turbina y el generador con más de cien maniobras críticas de grúa. Es como desmontar un motor pieza a pieza, pero con un contador Geiger encima de cada tornillo.

Las cifras marean. Unos 60 millones de libras de residuos (27.000 toneladas) salieron por carretera y tren hacia un vertedero radiológico situado a 1.700 millas (2.700 kilómetros), con 1,5 millones de millas (2,4 millones de kilómetros) recorridas. Se excavaron 19.000 yardas cúbicas (14.500 metros cúbicos) de tierra contaminada y se demolieron otras 11.000 (8.400 metros cúbicos) de hormigón, acero y escombros. Reutilizar 4.500 yardas cúbicas (3.400 metros cúbicos) de tierra limpia como relleno evitó unos 300 camiones y 60 vagones.

El calendario original hablaba de terminar en agosto de 2025, así que el retraso ha sido de un año largo. El coronel Francis B. Pera, comandante del distrito, dijo que el equipo se propuso «ejecutar una misión compleja de forma metódica» y «entregar un resultado duradero, digno de la confianza del Ejército».

Qué queda ahora en Fort Belvoir

Hoy la huella de la central es una explanada limpia y sembrada, preparada para usarse sin restricciones. De momento el Ejército no ha dicho qué piensa hacer con ella.

El SM-1 tampoco era el único fantasma nuclear del Ejército. El mismo equipo desmanteló en 2019 el STURGIS, una central flotante, y sigue con el SM-1A de Fort Greely, en Alaska. Curiosamente, mientras entierra sus reactores antiguos, el sector vuelve a mirar a los reactores modulares pequeños. Hasta se habla de una central nuclear móvil montada en barco, justo lo que el Ejército buscaba en los años cincuenta.

La nota de prensa oficial del Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos se ha publicado en la web de DVIDS.

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