Psicóloga y psicoterapeuta

Beatriz Cazurro: «El estrés en la infancia afecta al funcionamiento y a la estructura del cerebro»

"Viaja a tu infancia para entender a tus hijos". Con este lema, publica 'Los niños que fuimos, los padres que somos' (Planeta)

El 'focusing' es una manera de acercarnos a la información preconsciente de nuestro cuerpo para comprender el impacto que tienen y han tenido diferentes asuntos en nuestras vidas

Beatriz Cazurro sonre el estrés en la infancia
Beatriz Cazurro sonre el estrés en la infancia

Beatriz Cazurro es psicóloga y psicoterapeuta y ha presentado este jueves en Madrid a los medios su libro ‘Los niños que fuimos, los padres que somos’, editado por Planeta, en el que pretende explicarnos «cómo acercarnos a nuestra infancia para conectar mejor con nuestros hijos e hijas». En esta obra presenta más de quince años de experiencia trabajando tanto con niños como con sus familias, apoyándose en técnicas de enfoque corporal como el ‘Focusing’ y en recientes descubrimientos de la neurociencia.

El lema del libro es: ‘Viaja a tu infancia para entender a tus hijos: libérate de las falsas culpas que te entorpezcan disfrutar de verlos crecer’. Así, a lo largo de 240 páginas y en diez capítulos, «además de aportarnos claves para encarar la paternidad, nos pone frente al espejo», destaca la autora.

«Viajando a nuestra infancia podemos liberarnos de falsas culpas y de creencias limitantes que nos entorpecen en nuestra labor como padres y no nos permiten disfrutar de verlos crecer. Fuimos hijos antes que padres, aunque, generalmente, no lo tenemos suficientemente presente a la hora de ejercer la paternidad», sostiene para presentar su obra.

La autora ha cursado un máster en Psicoterapia Infantil y otro en Psicoterapia Humanista Integrativa, además de cursos de especialización en apego y trauma y es creadora de campañas virales como #Ensuszapatos o #Childrentoo. OKSalud habla con ella:

PREGUNTA.- ¿En qué consiste la técnica que aplica como psicóloga y psicoterapeuta llamada ‘focusing’? ¿De dónde procede y qué la avala? ¿Cómo la aplica a los niños y familiares? ¿Con qué objetivo?

RESPUESTA.- El ‘focusing’ es una manera de acercarnos a nuestra memoria implícita, es decir, a la información preconsciente que está guardada en nuestro cuerpo. Es una forma de aprender a relacionarnos con nosotros mismos de forma profunda, comprender el impacto que tienen y han tenido diferentes asuntos en nuestras vidas y de poder tomar conciencia del ritmo al que podemos ir dando los pasos que necesitamos.

El ‘focusing’ lo crea Eugene Gendlin, filósofo y psicoterapeuta humanista, en un contexto en el que lo que existía era el conductismo y el psicoanálisis. La corriente humanista trata de dar una visión diferente que quita el foco de la enfermedad y lo pone en el potencial de crecimiento de los individuos.
En cuanto a lo que la avala, se han llevado a cabo metaanálisis de múltiples estudios que han mostrado que la adquisición de habilidades propias del ‘focusing’ están relacionadas con el éxito en la terapia.

P.- Dice que su libro está basado en recientes descubrimientos de la neurociencia. ¿A qué nuevas aportaciones científicas se refiere concretamente?

R.- Durante los primeros años de nuestra vida se producen muchos cambios tanto en la estructura, como en la funcionalidad y en la conectividad dentro del cerebro. Dichos cambios se van a ver afectados en gran parte por el ambiente, de forma que, niños que sufren situaciones estresantes durante su infancia pueden tener dificultades de atención, concentración, control de la impulsividad, regulación emocional. Es decir, el estrés en la infancia puede afectar tanto al funcionamiento como a la estructura del cerebro. No podemos olvidar que una de las situaciones más estresantes para los niños es no sentirse seguros en las relaciones con las personas de las que dependen a todos los niveles, sus progenitores.

Se ha visto, por ejemplo, que en situaciones en las que los menores han vivido en situaciones de falta de seguridad se ve afectado el eje hipotálamo-hipofisario adrenal, uno de los principales mecanismos biológicos para la regulación del estrés. Además la amígdala (encargada de procesar las reacciones emocionales), el hipocampo (muy sensible al estrés y con un papel importante en la memoria y el aprendizaje) , la corteza prefrontal (encargada de la planificación, la autorregulación, el control de la impulsividad, la toma de decisiones), el cuerpo calloso (encargado de comunicar la información de ambos hemisferios), entre otras se van afectadas cuando el vínculo con nuestros padres no es seguros, si no hemos desarrollado un apego seguro.

Todo esto tiene relación directa con la aparición de sintomatología psiquiátrica y de problemas de salud física, no solo durante la infancia sino más adelante, en la edad adulta.

P.- Habla de la redención necesaria para perdonarnos tanto a nosotros como a nuestros propios progenitores. ¿Todos tenemos que perdonar?

R.- Para mí perdonar significa aceptar, no hacer como si nada hubiera pasado. Cuando comprendemos desde donde surgen los comportamientos que hacen daño a nuestros hijos es más fácil que sintamos compasión hacia nosotros y podamos cambiar desde un lugar de colaboración con nosotros mismo y no de lucha. Con respecto a nuestros padres, perdonar puede suponer dejar de esperar que haya cosas diferentes, colocarnos a la distancia en que podemos estar y poder disfrutar de lo que sí hay, aunque muchas veces me encuentro con pacientes con tanta tristeza y tanta rabia que no pueden aún aceptar, ni perdonar.

Cada proceso es diferente, y lleva un ritmo diferente. Por eso nadie «tiene que» perdonar, si empezamos a acercarnos a nuestra infancia con la exigencia de llegar a un resultado estamos partiendo de un lugar que no nos va a favorecer. El objetivo no es más que acercarnos a nuestra historia particular e ir integrándola; el resultado y el ritmo serán para cada persona completamente diferente.

P. Explique brevemente en qué consiste la teoría del apego en la que centra su obra.

R.- La teoría del apego pone de relieve la importancia de la forma que nuestros progenitores tienen de relacionarse con nosotros desde edades tempranas. Existen una necesidad biológica de vincularnos con un «otro» para poder sobrevivir. El trato de ese otro, generalmente nuestros padres, va a ser el que determine nuestra forma de vernos a nosotros mismo y va a determinar nuestra forma de relacionarnos con los demás, las creencias que desarrollamos sobre el mundo, la forma de procesar la información y por tanto, va a tener un impacto determinante en nuestra identidad, nuestra personalidad y nuestra salud tanto mental como física.

P.- Desde su experiencia clínica de más de 15 años, enumere las cinco conductas / ideas / tabúes / bloqueos aprendidos cuando éramos niños perniciosos para no trasladar a nuestros hijos.

R.-

  • Que los niños no se enteran.
  • Que los niños se adaptan a todo.
  • Que lo más importante es obedecer.
  • Que todo lo que hacemos es por el bien de nuestros hijos.
  • Que la infancia es la etapa más feliz de la vida.

P. ¿Sería un padre autoritario mejor que uno permisivo o viceversa? ¿Cómo influye el estilo de educación recibida en la que se imparte luego?¿Y en los resultados sobre el menor educado?

R.- Autoritarismo y permisividad son dos caras de la misma moneda. Ambas surgen de la desconexión y no responden a las necesidad reales de los niños y niñas. Los niños necesitan calma y que les hablemos con tranquilidad pero también necesitan límites claros y firmes. Ninguna de las dos opciones que me planteas son buenos tratos, por lo tanto no se trata de elegir entre una y otra sino de aprender a conectar con ellos y desarrollar recursos para tratar con respeto, sin ser violentos ni negligentes.

El estilo de educación que recibimos va a afectar en nuestra capacidad de vernos a nosotros mismos y ver a los demás con mayor o menor distorsión. Como decía antes, si por ejemplo hemos crecido en un entorno en el que nuestras emociones no son importantes, vamos a llegar a la vida adulta sin recursos para poder autorregularnos, incluso a veces sin saber muy bien ni cómo nos sentimos y, por tanto, nos va a ser muy difícil regular las emociones de nuestros hijos. Puede que cuando les veamos llorar tratemos de que se les pase en seguida y tirar de «no pasa nada» o puede que su llanto resulte tan intolerable que acabemos explotando.

P.- ¿A qué se refiere con «liberarnos de falsas culpas y creencias que nos impiden disfrutar de verlos crecer»?

R.- Tenemos muchísimas creencias erróneas acerca de cómo funcionan los niños y por tanto tenemos muchas expectativas desajustadas que proyectamos sobre ellos. Si nos liberamos de ellas va a ser mucho menos frustrante enfrentarnos a cosas normales como las rabietas, que no quieran compartir, que peguen cuando son pequeños, que quieran saltarse los límites…Cuando queremos que encajen en la idea preconcebida de lo que creemos que deben ser y hacer es muy difícil disfrutar.

Muchos madres y padres viven con mucha presión «hacerlo bien» , si rebajamos la presión y aumentamos la conexión, el disfrute comienza a aparecer solo.

P.- Escribe sobre un «compromiso» de los padres «para hacer el menor daño posible y reparar el que hagamos»… ¿Tan mala es la educación de los padres del siglo XXI? ¿Y de los predecesores? (risas)

R.- Dedico un capítulo entero a tratar de acabar con la idea de «hacerlo mal/hacerlo bien» justamente para que podamos entendernos mejor y rebajar el juicio, para poder ponernos en movimiento. Creo que necesitamos integrar la combinación entre describir lo que hacemos, ponerle nombre, hablar de consecuencias de nuestros actos y a la vez contextualizar y ser comprensivos con nuestra historia para poder comenzar el cambio que necesite nuestra familia.

Dicho esto, sí, hacemos mucho daño a los niños y ni nos damos cuenta porque nos parece normal. La educación se ha basado durante mucho tiempo en cachetes, castigos, amenazas, chantajes, invalidación emocional… y eso daña, nos guste o no.

P.- «Todos sabemos que en la vida adulta no podemos amenazar; sin embargo, nos damos el permiso de hacerlo con los niños diariamente». ¿Qué generan las amenazas en el menor? ¿Y el castigo?

R.- Miedo, indefensión, sensación de soledad, frustración, culpa, desconfianza… Las amenazas y los castigos son una manera de buscar control por parte de los adultos, en sí mismos no enseñan recursos a los niños para gestionar aquello por lo que les hayamos castigado.

P. Ejemplo práctico. Niños y adolescentes enganchados a las ‘pantallas’. «Niño, deja ya la play/móvil/apaga la tele» (una vez, dos veces…) ¿Cómo habría de gestionarse esta ‘plaga’ del siglo XXI? Los límites necesarios no se suelen respetar por parte de los menores…

R. Los niños y los adolescentes no tienen por qué respetar los límites, somos los padres y las madres los que tenemos que mantenerlos y sostener la frustración que ello suponga. En aquello en lo que no puedan regularse ellos nos toca a nosotros. Si hemos pactado que en la tele se ve un capítulo después del cole, lo que hacemos después es cumplir nuestro pacto. Si no la apagan ellos podemos apagarla nosotros.

Es importante tener en cuenta también que si hemos ofrecido pantallas como forma de tranquilizar a niños con rabietas, para que dejen de llorar, para que se lo coman todo o para poder nosotros trabajar toda la tarde no podemos esperar que luego puedan lidiar con el aburrimiento o el malestar de otra forma diferente.

P.- ¿Cómo he de hablar con mis hijos para lograr esto que expone?

R.- Con respeto, con seguridad y con firmeza (que no autoritarismo) cuando sea necesario. Suena obvio, incluso fácil, pero la realidad de muchísimas familias es muy diferente.

P.- Decálogo de consejos para aportar a los niños cercanía, atención y seguridad.

R.-

  1. Escuchar.
  2. Validar todas las experiencias.
  3. Describir lo que está ocurriendo.
  4. Acabar con los juicios y las etiquetas.
  5. Contacto físico (cuando lo permitan).
  6. Confianza.
  7. Respeto por los ritmos.
  8. Tiempo.
  9. Pedir perdón y reparar el daño.
  10. Separar nuestra historia de la suya.

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