Vicios privados, virtudes de pacotilla

Ética

España es ese país donde uno puede confesarse los domingos, pecar los lunes y dar lecciones de moral los martes en rueda de prensa. Un lugar donde la ética se administra como el ibuprofeno: según convenga, en dosis variables y siempre con agua bendita de excusa cultural. Porque sí, nos declaramos modernos, europeos, casi escandinavos en PowerPoint… pero en el fondo seguimos funcionando con un catecismo emocional donde el pecado, mientras sea discreto, no existe.

Aquí lo importante no es lo que se hace, sino cómo se cuenta. Y, sobre todo, cuándo se niega.

Mientras en los países de tradición protestante —tan aburridos ellos, tan poco dados al teatro— el político que tropieza en lo privado suele salir rodando por la puerta pública, en España hemos perfeccionado una variante mucho más creativa: la del pecado sin consecuencias. Una suerte de indulgencia plenaria low cost donde la dimisión es un concepto casi arqueológico, como el fax o la vergüenza institucional.

Y así, entre titulares que duran lo que un café y escándalos que se diluyen como azucarillo, asistimos a un espectáculo fascinante: el de la moral selectiva. Porque aquí la responsabilidad política no se exige, se interpreta. Se matiza. Se diluye. Se «contextualiza», que es el verbo favorito de quien ya ha decidido no hacer nada.

El resultado es una democracia curiosamente tolerante con los excesos… siempre que no haya sentencia firme. Porque hemos elevado a categoría filosófica aquello de: «Mientras no me condenen, todo es opinable». Una especie de presunción de inocencia hipertrofiada que ya no protege al ciudadano frente al poder, sino al poder frente a la realidad.

En este punto, aparece en escena un viejo conocido con peluca ilustrada: Bernard Mandeville. Aquel provocador que sostuvo que los vicios privados podían generar virtudes públicas. Que el egoísmo, el lujo o la ambición no eran necesariamente el demonio, sino el motor silencioso del progreso.

Y no le faltaba cierta razón. El deseo de riqueza mueve mercados, la ambición genera innovación, y hasta el exceso —bien canalizado— puede lubricar la maquinaria económica. El problema es que en España hemos hecho una lectura particularmente creativa de Mandeville: hemos decidido quedarnos sólo con el vicio… y olvidarnos de la virtud.

Aquí el lujo no siempre genera prosperidad, sino titulares. El egoísmo no dinamiza la economía, sino que coloniza instituciones. Y la ambición, lejos de impulsar proyectos, a menudo se limita a blindar sillones. Es decir, hemos convertido una tesis provocadora en una coartada moral de saldo.

Porque lo verdaderamente inquietante no es que existan comportamientos privados discutibles —eso es consustancial a la condición humana—, sino la normalización de la hipocresía pública. Ese teatro donde se declaman valores con solemnidad mientras se negocian excepciones en la trastienda.

Y en ese escenario, la llamada «responsabilidad política» ha sufrido una mutación casi darwiniana: ha pasado de ser un mecanismo de depuración democrática a convertirse en un concepto decorativo. Algo que se menciona, se invoca… y se archiva.

El ciudadano, mientras tanto, asiste a este vodevil con una mezcla de resignación y cinismo aprendido. Porque cuando todo escándalo acaba en nada, lo escandaloso deja de ser el hecho… y pasa a ser la reacción.
Quizá por eso, más que hablar de vicios privados y virtudes públicas, deberíamos empezar a hablar de algo más honesto: virtudes fingidas y vicios institucionalizados.

Y ahí, querido lector, no hay fábula que lo salve. Sólo queda una palabra incómoda, pasada de moda y peligrosamente necesaria: coherencia.

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