¡A ver si queréis enteraros!

Pedro Sánchez, PSOE, Gobierno

Ahora resulta que el Partido Popular se ha comportado con irresponsabilidad al cuestionar la motivación y los resultados del proceso de regularización de emigrantes y de la expansiva y estrambótica aplicación de la llamada Ley de Nietos. Ahora resulta que se trata de una muestra más del obsesivo seguidismo de los populares respecto de uno de los mantras de Vox, como es poner en duda la limpieza del sistema y del proceso electoral y de los resultados que salen de las elecciones. Ahora resulta que no es admisible ese cuestionamiento por parte de la oposición porque se daña gravemente la confianza de los ciudadanos en las instituciones democráticas.

Claro, que los mismos opinadores que hacen esas reprensiones buenistas, con base en lo que pretenden que sea un pulquérrimo acercamiento a la política, se ven a la vez enredados en la incapacidad de justificar dichos procesos y en la incertidumbre de sus resultados, que, cuando menos, no son capaces de vislumbrar. Pero les da igual, ya han decidido que este tema tiene que servir como argumentario para una crítica transversal al PP, especialmente a Feijóo y especialísimamente a Díaz Ayuso.

También hay unanimidad en completar esa crítica, afeándoles a los populares el que se líen con este asunto, que les resulta tan políticamente incorrecto, cuando tienen para hacer sangre todos los casos de corrupción que desde hace varios meses marcan la agenda. Pero no se dan cuenta de que en esa misma apreciación están apuntando la respuesta: el régimen está atravesado, de norte a sur y de este a oeste, por una corrupción que va mucho más allá del ansia por el dinero y el enriquecimiento; el sanchismo ha mostrado sus peores características en la corrupción política e institucional que ha protagonizado desde su entronización.

Muchísimo más grave que la apropiación indebida, la malversación de fondos públicos o el tráfico de influencias son los acuerdos políticos, la ocupación de las instituciones, los fraudes de ley o el forzamiento del entramado y las garantías constitucionales. La trama de las mascarillas, con o sin Jessicas, las comisiones por adjudicación de obra pública o incluso la cátedra y los trapicheos de Begoña Gómez, no dejan de ser latrocinios de aprovechados, jetas y rateros; pero episodios como el protagonizado por el condenado fiscal general del Estado, el control y desnaturalización de las más altas magistraturas, como la Presidencia del Congreso, el Tribunal Constitucional o la Abogacía del Estado, o, como estamos viendo estos días, la organización desde la cúpula de Moncloa y de Ferraz de unas cloacas que llegan hasta la cabeza de la propia Fiscalía o de la Guardia Civil, son un ataque medular al Estado de derecho y al funcionamiento democrático de sus instituciones.

Y aún podemos decir más, el fin último del régimen sanchista es la perversión del sistema al punto que permita la perpetuación de un liderazgo amoral que asegura un ecosistema propicio, no solo para la corrupción económica, sino para la obtención de los objetivos políticos más inconfesables. Esa es la realidad; el robo y la mangancia son una segunda derivada de la primera, a cuya consecución se dedican los mayores esfuerzos y ante la que no hay ningún tipo de freno legal o ético.

A ver si algunos se quitan la venda de los ojos y terminan de enterarse con quién nos estamos jugando los cuartos. Pedro Sánchez hará todo lo que los vericuetos y fragilidades del sistema le permitan hacer, utilizando torticeramente los diferentes poderes que acumula. ¿Corromper a policías, jueces y fiscales? ¡Claro! ¿Pervertir el sistema electoral? ¡Por supuesto! Así que mejor que todos estos melindres se desprendan de sus prejuicios y de la impostada equidistancia que les obliga a repartir las críticas entre todos los actores y proclamar, como hicieron ayer o como han hecho hoy, que lo realmente grave es que el PP denuncie las aviesas intenciones del Gobierno o, desde luego, que Juanma Moreno llegue a un acuerdo con Vox.

Efectivamente, muestran que tienen la piel muy fina, pero fina como el pellejo de la apestosa mierda que, con sus artificiosos miramientos, tratan de proteger.

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