Sánchez no ayudará a Ceuta, la atacará
Lo digo sin rodeos, aunque duela: mientras Pedro Sánchez ocupe La Moncloa, Ceuta no va a mejorar. La cifra lo delata mejor que cualquier discurso: de los 1.500 invasores que el Gobierno decía que iba a acoger en campamentos hace apenas unos días, ya se habla de 11.500. No es un ajuste de previsión, es la confesión de una gestión de colaboración o, mejor dicho, de sumisión ante Marruecos.
Cuando una plaza se pierde electoralmente, se pierde también, al parecer para Pedro Sánchez, en la agenda de prioridades. Y a partir de ahí el guion se repite: quien protesta es tachado de ultraderecha, y Vivas —la voz que exige respuestas— se convierte en el blanco cómodo de un Gobierno que prefiere señalar al eterno guardián de Ceuta antes que atender a una ciudad.
Las miles de personas que malviven en las calles de Ceuta, muchas de ellas delinquiendo, robando, okupando y sembrando el miedo, no serán devueltas, y los vecinos que llevan semanas pidiendo protección seguirán desesperados esperándola.
Porque en la lógica de este Ejecutivo, quien no aplaude es automáticamente adversario. Y así, sin matices, ha terminado tratando a Ceuta entera. Es como darle la vuelta al calcetín de la lógica política y de la sensatez ante la invasión de un país con aires expansionistas.
Lo verdaderamente inquietante es la sospecha, cada vez más extendida, de que el Gobierno espera —o al menos no teme— que la tensión estalle: un incidente grave protagonizado por alguien identificable con «el otro bando» que sirva de coartada.
Eso les da oxígeno para comenzar de nuevo su cruzada ante el fascismo de ultraturboderecha. Mientras tanto, las agresiones sexuales a mujeres, los asaltos a comercios y los agentes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad hospitalizados no han merecido ni la mitad de esa urgencia narrativa, ni siquiera un mísero tweet del ministro Puente, ni unos minutos de Mañaneros, ni de Malas Lenguas. El plan, si es que lo hay, es tan simple como cínico: mirar hacia otro lado hasta que convenga mirar.
Sánchez no muerde la mano del que le custodia los mensajes del móvil, pero sí la de los españoles que se atreven a no aplaudirle. Los castiga con desatención: no desalojó a quienes entraron ilegalmente, y hasta llegó a impedir que la selección española de futbol juegue en la ciudad alegando motivos de seguridad, una seguridad que, curiosamente, es elástica según el rédito político que ofrezca cada situación. Como dice el ministro Marlaska, la seguridad es subjetiva… según le convenga o no.
Ha abandonado a los ceutíes a su suerte. Hemos visto a mujeres llorar de miedo, hemos visto vídeos de intentos de violación, navajazos, machetazos, comercios asaltados y construcciones ilegales que crecen sin respuesta. Niñas que ya no salen solas a la calle.
Persianas que ya no suben por temor al robo. «¿Por qué nos habéis abandonado?», gritaba una madre entre lágrimas, en una escena que debería estremecer a cualquier español con un mínimo de empatía. A cualquiera menos, quizá, a quien en ese instante prefiere pensar en su próxima lista de Spotify o en el ángulo perfecto para grabar su siguiente vídeo recomendando un cómic.
Y Ceuta no es un caso aislado: es solo la fotografía más nítida de un deterioro más amplio. La costa andaluza vive su peor oleada de violencia narco desde que se desmanteló el OCON-Sur, la unidad de élite contra el narcotráfico. La corrupción se ha instalado en el entorno más próximo al presidente.
Los secuestros violentos en plena carretera, al estilo de los cárteles, ya no sorprenden. Las agresiones sexuales crecen en todo el país. Presos de ETA con sangre en las manos recuperan la calle. La vivienda escasea, el precio de los alimentos sube sin descanso y el combustible supera ya los dos euros el litro.
Quedan todavía muchos meses hasta las elecciones, y en ese tiempo España corre el riesgo de dejar de parecerse a la que conocíamos. Si algo la está sosteniendo es, paradójicamente, lo que este Gobierno no controla: las Comunidades Autónomas gobernadas por la oposición que actúan como último dique de contención frente a un naufragio que, de otro modo, ya sería total.