Los personajes más siniestros de 2026

Los personajes más siniestros de 2026
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Freud confesó en 1919 que hacía mucho tiempo que nada le producía la impresión de lo siniestro. No conoció 2026. Es la noche de difuntos, pero no hace falta decorar las calles con telarañas: basta con abrir el periódico o entrar en una red social para encontrar a alguien capaz de erizar la piel. Aquí va el ranking, ordenado por creepismo y con la justificación de qué cada uno se ha ganado en estos doce meses. Los verdaderos monstruos ya no se esconden bajo la cama y son trece: ha salido así, como salen las cosas siniestras. Freud dejó, además, un consuelo: hasta el fantasma de Canterville pierde todos sus derechos a dar miedo en cuanto su autor se burla de él. Hagamos la prueba.

En este tren fantasma, el indiscutible señor de las tinieblas patrio sería

Pedro Sánchez (El inmortal): nuestro vampiro político. Su superpoder no es la invisibilidad ni la fuerza: es la persistencia. Con una infinita capacidad de resurrección que ya quisiera el mismísimo Drácula (hay una honradez conmovedora en presentarse con los colmillos por delante), resiste votaciones agónicas, crisis de gobierno y cualquier estaca política, levantándose siempre de su ataúd de caoba sin soltar, ni por un segundo, esa irritante sonrisa y las llaves de la Moncloa. Su don sobrenatural es atravesar sus propias afirmaciones sin hacerse una herida. Uno mira la declaración anterior, después la nueva y finalmente comprueba que quien está sudando es el entrevistador. Da cierta ternura la oposición, acercándose al ataúd con una nota de prensa.

Óscar Puente (el poltergeist ferroviario): Representa el terror cotidiano y el jumpscare. Poltergeist, en alemán, quiere decir espíritu ruidoso, y con eso estaría todo dicho. Publica entre doce y veinte tuits al día y asegura tener capacidad creativa para más. A medio PP lo tiene bloqueado, según explicó en el Senado, para que no se hagan daño. En octubre participó en una broma televisiva sobre las averías de Renfe. Días después ocurrió la catástrofe de Urda. Yo le pediría una ambición humildísima: que pudiéramos aburrirnos en el tren. Mirar un olivo. Perder una bufanda.

Zapatero (truco o trato): En la caja fuerte de su oficina de la calle Ferraz aparecieron joyas y relojes tasados en 1,3 millones. Primero fueron un regalo de cortesía personal, como una cesta de Navidad o de productos cursis para hacer espuma en la bañera. Luego dijo al juez que se las regaló el rey Abdalá, muerto hace once años.

José Luis Ábalos (el esqueleto en el armario): Encarna el clásico tropo del pasado que vuelve para atormentar a los vivos. Los sumarios y audios de su exasesor actúan como psicofonías que resuenan en los pasillos del Congreso y no dejan dormir a sus otrora amigos. Da miedo porque demuestra que hay armarios que, por mucho que se cierren, vuelven a abrirse por las noches. El esqueleto no se ha ido: solo espera a que alguien encienda la luz.

Leire Díez (Lo que vive en las alcantarillas): Está imputada por tráfico de influencias, malversación, prevaricación y organización criminal. En el documento «Acuerdo V», que le incautó la UCO, figura como «la que manda». Se investiga una presunta trama para interferir en causas judiciales. La expresión tiene una eficacia que agradecería Stephen King: no sabemos todavía cuánto mandaba, pero ya hemos oído crujir la escalera. Su escalofrío se mide así: hasta Villarejo se ha presentado como víctima de sus cloacas. Cuando Villarejo se queja de unas cloacas, es que son de gritar.

Elon Musk (el científico loco distópico): Sus empresas reúnen cohetes, inteligencia artificial, implantes cerebrales, control absoluto de la plaza pública digital y su intervención radical en la política de EE. UU. representa al ciborg que maneja la simulación desde su guarida. Cuando decide apagar algo, se apaga. Da más miedo su silencio que sus tuits, porque nadie sabe qué está pensando mientras observa desde arriba acariciando un gato persa. El escalofrío aparece al contemplar cuánto poder sobre nuestras comunicaciones, nuestra información y nuestro futuro puede concentrarse alrededor de un solo temperamento.

Donald Trump (la calabaza): Naranja, hueca y con una sonrisa tallada a cuchillo. Retórica imprevisible y capacidad de mover el tablero geopolítico con un mensaje. Sigue marcando el pulso y la tensión mundial con la naturalidad de quien nunca se cansa de dar sustos. Este año ha vuelto a reclamar el control de Groenlandia y llegó a ordenar que se cortara el comercio con España. Con él, una rueda de prensa puede adquirir la intimidad aterradora de una discusión familiar en la que alguien empieza a romper la vajilla. Solo que la vajilla somos países.

Vladimir Putin (nosferatu de las estepas): Prefiere el terror de desgaste. Nada de sustos de baratillo. Sus ofensivas militares se prolongan como una interminable franquicia de terror ochentera que se niega a morir, proyectando sobre el continente la gélida sombra de su eterna disuasión. Como un murciélago atrincherado en su castillo del Kremlin, sobrevive a base de congelar cualquier intento de paz, recordándonos que el monstruo más letal bajo la cama de Europa no lleva máscara de látex, sino un maletín nuclear y mirada de hielo.

Javier Milei (el leatherface de la pampa): Es la incorporación más histriónica y sangrienta a este aquelarre, con la asombrosa virtud de convertir cualquier aparición pública en un episodio improvisado de La matanza de Texas, con patillas. Entre gritos histéricos y una motosierra que ya es su accesorio de cabecera, el presidente argentino aporta un toque slasher que toda buena noche de brujas necesita. Su presencia da pavor institucional, pero tiene tanta gracia que resulta imposible apartar la mirada por si la sangre te salpica la nariz.

Benjamin Netanyahu (el señor de los escombros): Da yuyu su capacidad sobrenatural para integrar la devastación en el paisaje cotidiano, asumiéndolo como si fuera la decoración de un escaparate de otoño. Un prestidigitador del abismo que ha conseguido que la tragedia parezca parte de la rutina. La comunidad internacional lleva tanto tiempo expresando su profunda preocupación que podría embotellarla como perfume: Inquiétude, de Naciones
Unidas.

Las hijas de Zapatero (las niñas de El Resplandor): Hace años hubo adultos que encontraron una amenaza nacional en su aspecto gótico. Ahora Laura y Alba están citadas como investigadas en el caso Plus Ultra, en el que se examina la actividad de su agencia de comunicación. Tendrán que defenderse de hechos, no de parentescos. El tiempo ha colocado la inquietud en un sitio bastante más pertinente: los papeles. A las niñas había que dejarlas en paz. A las sociedades mercantiles hay que poder hacerles preguntas. Ven a declarar con nosotras, Danny. Nadie elige su padre; la empresa, sí.

Carles Puigdemont (el ilusionista): Un clásico del género espectral que ha perfeccionado el arte de estar y no estar al mismo tiempo. Se materializa de la nada cuando el Gobierno necesita aprobar los presupuestos y se desvanece mágicamente entre la multitud, dejando al Tribunal Supremo perplejo. Su melena no ayuda. Da miedo porque nunca se sabe si la próxima vez que haga falta un voto, volverá a materializarse o si esta vez se quedará definitivamente en el más allá político. Eso sí, jura que nunca viajó en un maletero. Faltaría más: los fantasmas atraviesan las paredes.

Maricarmen (el fantasma de la pancarta): Tenía 87 años y murió dos semanas después de ser desahuciada. Me niego a disfrazarla de monstruo. El espanto está en la facilidad con que una persona se convierte en material político para los necrófagos: viva, tenía necesidades; muerta, portavoces. Un símbolo resulta comodísimo porque nunca corrige lo que ponen en su pancarta.

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