Odiar desde la izquierda sale gratis

La Séptima acaba de nacer y, de momento, sólo ha conseguido que se hable de ella a golpe de provocaciones de mal gusto. A falta de grandes (y pequeñas) investigaciones, exclusivas o reportajes que despierten el interés de los espectadores, ha optado por lo fácil, el pan y el circo para el pueblo. Le ha bastado con colocar las fotografías de varios periodistas en una trituradora.
Así se estrenó una sección del programa de Sarah Santaolalla en la que aparecían rostros como los del director de este periódico, Eduardo Inda, y otros compañeros de profesión como Antonio Naranjo, Federico Jiménez Losantos y Ana Rosa Quintana triturados. Cuando no tienes noticias con las que destacar, ni tampoco se te esperan, siempre queda la opción de convertir a otros periodistas en el espectáculo.
¿Se imaginan el escándalo si Iker Jiménez y Carmen Porter hicieran exactamente lo mismo en Horizonte con las fotografías de periodistas de izquierdas? No tardarían ni cinco minutos en ser señalados, en escuchar discursos sobre el odio y exigencias de condenas públicas. Ay, la vara de medir…
Y, por cierto, ¿dónde está la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE)? Este mismo jueves, la FAPE y la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) salieron en defensa de Carlos E. Cué, periodista de El País, por los insultos y amenazas recibidos tras publicar los polémicos audios del accidente de Urda. Unas grabaciones cuya filtración ha despertado serias dudas jurídicas y que forman parte de una investigación judicial. Condenar las amenazas es lo correcto, pero resulta curioso que ambas asociaciones proclamaran entonces que no iban a normalizar «el señalamiento de periodistas». ¿Y qué es exactamente colocar las fotografías de Eduardo Inda, Federico Jiménez Losantos, Antonio Naranjo y Ana Rosa Quintana en una trituradora? ¿Una simpática bienvenida a la televisión? ¿Una nueva forma de entender el respeto entre compañeros?
Ni una palabra de condena, ni un llamamiento al respeto, ni una defensa pública de los periodistas señalados. ¿Acaso Eduardo Inda o Ana Rosa Quintana merecen menos protección que Carlos Cué? ¿Depende el amparo de la FAPE del periódico en el que uno trabaja o de las ideas que defiende? No se trata de cuestionar la protección de un periodista amenazado, sino de exigir que la defensa de la profesión no se convierta en un ejercicio de amiguismo ideológico. Porque, insisto, si mañana alguien triturase en televisión las fotografías de periodistas de El País o de eldiario.es, sospecho que no tardaríamos demasiado en escuchar las habituales lecciones sobre el odio, el acoso y la libertad de prensa. Parece claro que cuando el rostro que pasa por la trituradora es el de Eduardo Inda, algunos parecen haber perdido la voz.
Por otro lado, resulta especialmente llamativo que todo esto ocurra en el programa de Sarah Santaolalla. La misma que hace unos meses abandonó indignada el plató de En boca de todos después de que Antonio Naranjo la acusara en directo de mentir sobre las ¿lesiones? que atribuía a un incidente con Vito Quiles. Aquella escena, con lágrimas incluidas (tranquilos, que les dejo el vídeo debajo, hay actuaciones que no deberían caer en el olvido), se convirtió en una polémica sobre el respeto entre compañeros. Una cosa es que Santaolalla tenga derecho a defender su versión de los hechos y otra muy distinta que desde el espacio que presenta se convierta en entretenimiento la imagen de otros periodistas pasando por una trituradora. ¿El respeto solo se exige cuando uno está al otro lado de la mesa, no Sarah?
Aquí no estamos hablando de discrepancias editoriales ni de ejercer el legítimo derecho a la crítica. Estamos hablando de periodistas contra periodistas (aunque algunos confundan ejercer el periodismo con sentarse a opinar en una tertulia), de convertir al compañero de profesión en el enemigo al que hay que ridiculizar para conseguir un puñado de reproducciones en redes sociales. Y quizá ese sea el verdadero propósito. Que se hable de ellos, aunque sea por algo que nada tiene que ver con la información. Porque como ya saben en La Séptima, para conseguir notoriedad siempre es más fácil provocar un escándalo que destaparlo.
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