Occidente y las amistades peligrosas
Con independencia de la propaganda que haya que usar en cada ocasión, las relaciones internacionales son escasamente sentimentales; ni siquiera la ideología cuenta tanto como se pretende. Manda, y mucho, la geografía, mandan las rutas comerciales y los recursos.
Con Bush Jr. se propagó, al menos de boquilla, un estilo de política internacional basado en buenos y malos, en atacar regímenes “renegados” (rogue) y “construir nación” allí donde había regímenes problemáticos y poco democráticos. La política del “nation building” provocó, además de abundantes dosis de hipocresía, a esas mismas guerras interminables -Irak, Afganistán- que acababan malamente y que dieron a Donald Trump una plataforma ganadora al oponerse tajantemente a ellas.
Porque la política internacional tiene la mala costumbre de ignorar los principios cuando se interponen en el camino de los intereses. Y en las últimas semanas esa regla se ha vuelto especialmente visible.
Lo hemos visto en la guerra de Irán, ahora en pausa. No vamos a poner en duda que el régimen de los ayatolás, con su estricta estructura clerical, se preste fácilmente a representar el papel del malo en las relaciones internacionales. Pero, al construir una alianza contra ellos, Washington se apoya en parte en países que, sobre el papel, encajan mal en el relato occidental de democracia y derechos humanos.
El caso más evidente es el de los Estados del Golfo. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Qatar se han convertido en actores centrales en la estabilización del precio del petróleo y en la contención de una posible escalada regional. En un contexto de tensión en el Estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial—, no hay modo de pasarlos por alto.
La administración americana se ha mantenido en coordinación constante con Riad y Abu Dabi para garantizar el flujo energético ante posibles disrupciones. Lo que hace apenas unos años se presentaba como una relación incómoda se ha convertido en una necesidad estratégica. Hasta Joe Biden, que en campaña prometió convertir a Arabia Saudí en un “paria”, acabó calificando la relación como “esencial para la estabilidad regional”. A la fuerza ahorcan.
Tampoco está Europa para tirar la primera piedra. Después de que cortar con Moscú por la invasión de Ucrania llevará a un serio problema de suministro energético, la Comisión Europea ha reforzado acuerdos energéticos con Qatar y otros productores, dando de lado sus viejos sermones moralizantes.
Turquía es otro aliado incómodo, como ese compañero insoportable que el detective de una “buddy movie” de Hollywood tiene que aguantar para resolver el caso. Porque Turquía es clave en tres frentes decisivos: la OTAN, el control de los flujos migratorios y el acceso estratégico al mar Negro. En palabras del exsecretario general de la Alianza Atlántica Jens Stoltenberg, Turquía es un “aliado fundamental” cuya posición geográfica y capacidades militares resultan “críticas para la seguridad euroatlántica”. Incómodo, sí; pero imprescindible.
Como incómodo resulta que Occidente, más que nada para consumo interno, siga apelando “valores” incluso cuando va de la mano de actores que se pasan esos valores por el forro. Porque la tensión entre lo que se dice y lo que se hace es a veces hasta cómica. La guerra en Ucrania y la actual crisis en Oriente Próximo han acelerado este proceso. La necesidad de asegurar suministros energéticos, garantizar rutas comerciales y sostener alianzas militares ha relegado a un segundo plano consideraciones que hace apenas unos años ocupaban el centro del debate.
A la larga, esta esquizofrenia lleva a una disonancia cognitiva que se filtra en el relato, especialmente de cara a la propia parroquia. Los gobiernos siguen apelando a causas nobles en cada conflicto, pero cada vez es más fácil verle las costuras al discurso.
Esto puede arruinar la carrera de un político, al menos en los países con especial peso en la escena internacional. Pero no es el único problema práctico de estas amistades peligrosas. Depender de aliados que no comparten tus prioridades implica aceptar límites en lo que se puede exigir, en lo que se puede criticar y, sobre todo, en lo que se puede hacer. A la larga, además, erosiona la propia idea de un “bloque” occidental basado en valores compartidos, a medida que la práctica lo convierte en una mera red de intereses.
En un sentido, es un alivio. Y es un alivio, aunque sea un alivio brutal, que Trump, el representante del Hegemón, hable sin pelos en la lengua de recursos y acceso a rutas comerciales más que de llevar la luz de la democracia al último rincón del planeta. El triunfo de la geopolítica descarnada nos evita muchos sermones moralizantes que no hacen más que confundir.
Al final, la política internacional se rige por una lógica bastante simple: se elige con quién se puede, no con quién se quiere. Y en ese terreno, los aliados ideales son un lujo que casi nunca está disponible.