La mejor guerra es la que no se libra

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  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

No hay guerra que no tenga su correlato en la opinión internacional, que no reproduzca las alineaciones del frente en el papel o la pantalla. Esa, más que la del propio frente, es la verdadera neblina de la guerra, de todas las guerras.
En esencia, el ardor guerrero de unos y otros hace imposible ese mínimo de frialdad racional necesario para cuestionar la necesidad o conveniencia de un conflicto sin ser estigmatizado como agente de uno de los bandos.

Válgame toda esta introducción como venda antes de la herida, es decir, antes de decir que el ataque contra Irán me parece un error de bulto, una trampa de la que Trump tiene ahora muy difícil salir. Y no, no me pagan los ayatolás ni creo, como el presidente norteamericano ha acusado al Papa León XIV, que Teherán deba tener armas atómicas.

Mi oposición a esta guerra es exquisitamente trumpista, es decir, la juzgo un trágico error desde los postulados del propio Trump durante sus dos campañas electorales. Porque Trump no denunciaba las aventuras bélicas americanas anteriores porque fuera un agente baasista en su corazón, o porque anhelase el dominio de la sharía en Kabul, sino porque emprender guerras en tierras lejanas por otros motivos distintos de la defensa nacional era siempre un remedio peor que la enfermedad. Irak es hoy el más estrecho colaborador de Irán, y el control de los talibanes sobre Afganistán es hoy mucho más total e indisputado que antes de la invasión americana, tras años de pérdidas humanas y un chorreo de dólares inasumible.

No es cuestión de que el contrario sea «malo». Hacer de eso un casus belli es atarse a una guerra perpetua en todos los rincones de un planeta rico en regímenes cuestionables.

Saddam Hussein era un tirano. No hace falta insistir. La invasión de Irak en 2003 se presentó como una operación para eliminar una amenaza y, de paso, estabilizar el país sobre nuevas bases. Veinte años después, Irak sigue siendo un Estado frágil, atravesado por mil tensiones internas y con una influencia iraní muy superior a la que tenía antes de la guerra. En otras palabras, el principal adversario regional de Estados Unidos salió objetivamente reforzado.

Afganistán ofrece una imagen aún más descarnada. Tras casi dos décadas de intervención, más de 2,3 billones de dólares gastados según cálculos del Congreso estadounidense y miles de bajas, los talibanes regresaron al poder en 2021 con un control territorial más completo que el que tenían en 2001. El objetivo inicial —erradicar el santuario del terrorismo— se cumplió de forma parcial y temporal; el resultado final fue una restauración.

No son casos aislados. Libia, tras la intervención de 2011, pasó de ser un régimen autoritario pero funcional a un mosaico de milicias rivales. Siria, donde Occidente optó por una implicación indirecta, acabó convertida en un campo de batalla donde Rusia consolidó su posición en el Mediterráneo, con un decapitador del ISIS blanqueado por las cancillerías occidentales a su cabeza. Cada escenario tiene sus particularidades, pero el patrón es reconocible: la intervención no produce el mundo que promete.

En el caso de Irán, la situación es peor. Porque incluso una guerra dudosa y contraria a las promesas de Trump podría «colar» si es del tipo de Venezuela, visto y no visto, sin bajas propias, con un objetivo que paga la acción bélica y con la situación solucionada antes del desayuno.

Pero Irán es otra bestia muy distinta. No solo por su tamaño o por su capacidad militar, sino por su posición en el sistema energético global. Por el estrecho de Ormuz transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una proporción similar del gas natural licuado, lo que convierte cualquier disrupción en un shock inmediato para los mercados.

Las últimas semanas han ofrecido un anticipo. El encarecimiento de los seguros marítimos, el desvío de buques y la amenaza de un doble bloqueo —militar o simplemente disuasorio— han bastado para tensionar los precios y alterar flujos comerciales. No hace falta un cierre total del estrecho para generar efectos globales; basta con introducir incertidumbre.

Luego está la ley de consecuencias no buscadas, en este caso en forma de beneficiarios entre los países rivales. Rusia, con una economía fuertemente dependiente de las exportaciones energéticas, gana con cada dólar adicional en el precio del barril. No necesita intervenir ni tomar partido de forma visible. Le basta con que el mercado se estrese y que la atención occidental se disperse. Cada crisis en Oriente Próximo es, en ese sentido, un balón de oxígeno indirecto.

China observa el escenario desde otra lógica. Su prioridad no es la escalada, sino la estabilidad de los flujos que alimentan su crecimiento. Pero al mismo tiempo, cada tropiezo estadounidense refuerza su argumento de que el orden internacional liderado por Washington es, en el mejor de los casos, inestable. Pekín no necesita ganar la guerra; le basta con ganar el relato de la guerra. Turquía, por su parte, juega a un equilibrio más activo. Miembro de la OTAN y actor regional con ambiciones propias, ha demostrado en conflictos recientes —de Siria al Cáucaso— una notable capacidad para aprovechar los huecos que dejan otros. Una crisis prolongada en la región le ofrece margen para reforzar su papel como mediador, como socio incómodo o como potencia de segundo orden con aspiraciones de primero.

La cuestión ya no es solo qué hacer con Irán, sino qué efectos colaterales tendría cualquier decisión en un sistema internacional mucho más fragmentado que hace 20 años. La guerra deja de ser un enfrentamiento bilateral para convertirse en un fenómeno con ramificaciones múltiples, muchas de ellas fuera de control. En ese contexto, la idea de guerra buena resulta cada vez más difícil de sostener.

Ese era, en el fondo, uno de los mensajes más repetidos en la campaña de Donald Trump, más allá del estilo o de las exageraciones habituales: la idea de que Estados Unidos no podía seguir actuando como ingeniero universal sin asumir costes desproporcionados y beneficios inciertos.

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