La libre elección de lengua, una propuesta imbatible

La libre elección de lengua, una propuesta imbatible

Resulta asombroso que las falanges de la Verdad, la Virtud, el Progreso y el Porvenir como son los socialistas, la declinante podemía y el nacionalismo anden tan escasos de argumentos a la hora de defender la tiranía lingüística que han implantado en las aulas. Quienes no dejan caer de sus labios las palabras diálogo, consenso o democracia apenas tienen argumentos de peso para combatir la propuesta de libre elección de lengua en todas las etapas educativas que al parecer sigue siendo el principal escollo a resolver en la mesa de negociaciones entre PP y Vox para formar gobierno en Baleares.

No deja de ser triste que el principal argumento político que esgrimen los contrarios a la libre elección es que van a salir a la calle otras 100.000 personas protestando contra los «ataques al catalán». Cuando en 2021 se estaba tramitando la ley de educación balear, el entonces conseller Martí March amagó con convertir el español en lengua vehicular junto con el catalán. El partido Més, este cuerpo de policía político cuya única misión es salvaguardar el pisoteo de los derechos lingüísticos de los hispanohablantes en nombre del amor que supuestamente profesa a la lengua catalana, reaccionó de forma furibunda y amenazó a March con movilizaciones, huelgas y algaradas callejeras. Lo cierto es que, después de tales amenazas, March se amilanó y aparcó su intención de hacer el español lengua vehicular, una propuesta con la que había estado dando falsas esperanzas a Patricia Guasp (Cs) y Marga Durán (PP) que, naturalmente, se quedaron con un palmo de narices (https://okdiario.com/opinion/vox-tenia-razon-nada-que-negociar-march-8685336).

Más allá del chantaje y la amenaza, el nacionalismo carece de argumentos serios para oponerse a la libre elección de lengua, exceptuando ridiculeces y sensiblerías como «ataques» u «hostilidades manifiestas» hacia el catalán que, a estas alturas, sólo pueden creerse indocumentados, bachilleres con la cabecita llena de ideas gregarias o fancatalanistas.

La libre elección de lengua, en efecto, no quita derechos a nadie, tampoco a las familias que desean seguir con la actual inmersión en catalán. Lo que hace es otorgar los mismos derechos lingüísticos a aquellas otras familias que quieren que la lengua vehicular de sus hijos sea el español. Se trata, sin lugar a dudas, de una propuesta imbatible políticamente puesto que apela directamente a la libertad de elegir, un principio sagrado en nuestras sociedades postmodernas. Lo único que a día de hoy las falanges fancatalanistas contraponen a la libre elección de lengua es el ruido y la furia, los golpes de pecho, los rasgamientos de vestiduras y el chantaje de la agitación callejera, modos y maneras, como saben, exquisita y refinadamente democráticos. Que una entidad abiertamente progolpista y anticonstitucional como la OCB hable de «emergencia democrática» vuelve a poner de manifiesto que nos encontramos ante unos farsantes profesionales.

En oposición a toda razón pedagógica, jurídica, cívica o ética, el nacionalismo recurre al plano más sentimental con su insoportable moralina destinada a los necios que siguen tratando a las lenguas como si fueran seres humanos en conflicto, como si tuvieran vida propia a modo del Volkgeist herderiano. Emociones y sentimientos, poco más. Yo amo el catalán y tú no. Yo no odio el catalán y tú sí. Tú quieres cargarte el catalán y demás frasecitas por el estilo que nos llegan a lo más profundo del corazón, sobre todo cuando no estás versado en tratar con falsas víctimas. Incluso llegan a atribuir a la sagrada lengua toda clase de sentimientos y acciones propias de los seres humanos: la lengua sufre, la lengua corre (Correllengua), la lengua acampa (Acampallengua), la lengua muere (Morillengua). Pura bazofia antropomórfica.

Tal vez el argumento más feliz al que se agarran algunos de ellos es que hay una lengua minoritaria (el catalán) que hay que proteger mientras que, al contrario, el español no está en peligro. Ni lo está, ni lo ha estado, ni lo va a estar, tampoco en Baleares. Les guste o no, la propia realidad social impone el dominio del español por sus innumerables, insustituibles e importantísimas externalidades externas, que dirían los economistas, y hace que los mismos catalanohablantes no podamos prosperar social, profesional, cultural o intelectualmente sin el pleno dominio del español. En terminología sociolingüística, somos diglósicos y hay que aceptarlo con total naturalidad.

Lejos de ser un inconveniente, como predica la sociolingüística catalanófona, la diglosia es una gran ventaja. De no ser diglósicos en español, lo seríamos en francés o en inglés. La diglosia no es una anomalía ni la antesala del apocalipsis final del catalán, como afirman estos «científicos sociales» llamados sociolingüistas que no han dado ni una en los cuarenta años en los que dócilmente los políticos han seguido sus consejos en tanto expertos lingüísticos. La diglosia, al contrario, es un estadio normalísimo, permanente y generalizado en casi todos los países del mundo, salvo en los territorios que, por los motivos que sean, tienen culturas y lenguas tan fuertes como el español, el francés, el inglés, el ruso o el mandarín que no precisan de otros idiomas para su desarrollo cultural, intelectual o profesional. Los demás somos forzosamente diglósicos, nuestra lengua materna sólo nos es útil hasta cierto punto y el desconocimiento del español supone una limitación sumamente importante para llevar a cabo una vida plena.

Los escoceses y los irlandeses también son diglósicos, cuando no monolingües en inglés por mucho que se proteja el gaélico como lengua minoritaria y goce de todos los parabienes oficiales. Igual que los holandeses o los daneses, por eso su segunda lengua es el inglés. Somos tan diglósicos aquí en Baleares que incluso la prensa de papel plagada de catalanohablantes y catalanistas como Ultima Hora y Diario de Mallorca se publica íntegramente en español, salvo algunos columnistas que, desgraciadamente, han terminado convirtiendo el escribir en catalán en una seña de identidad vinculada a una determinada ideología política: el nacionalismo. Lo peor que le puede ocurrir a un idioma: identificarlo con un credo político. Esto sí que es la antesala de su descrédito y de su confinamiento final.

Sin resultados

Otro argumento que a veces esgrimen las huestes catalanistas son los resultados, penosos por otra parte, de la planificación lingüística al cabo de casi 40 años. Basta leer con detenimiento cualquiera de los estudios sociolingüísticos sobre el uso social del catalán que publica periódicamente la universidad balear para concluir que tantos esfuerzos no han servido para nada: el uso social del catalán no deja de recular año tras año. O basta leer el famoso manifiesto del grup Koiné (https://www.elmundo.es/baleares/2016/04/23/571b4c31268e3ea00d8b456d.html) publicado hace algunos años entre cuyos abajofirmantes figuraba la flor y nata de nuestros sabios universitarios y egregios escritores en catalán, manifiesto que llegaba a la conclusión de que las políticas de planificación lingüística dirigidas desde arriba no han logrado aumentar el uso social del catalán, por no hablar ya de la pérdida de genuinidad del mallorquín hablado. Si los que se ganan la vida con ello reconocen que sus propios esfuerzos no han servido para nada, no hay nada más que hablar, a menos que nos receten dos tazas más de lo mismo…

Perjuicios en la enseñanza

El catalanismo sólo ha penetrado en la enseñanza, un sector sumamente intervenido y controlado por los sindicatos. En este ámbito se han focalizado casi todos los esfuerzos del catalanismo, una constatación más de la esencia totalitaria de este movimiento. Desde Platón, como nos recuerda Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, sabemos que todas las ideologías totalitarias siempre han tenido como principal objetivo adueñarse de la educación porque sabían que de este modo el futuro les pertenecía. Han llegado a ser tan tercos en este sentido que incluso el conseller de Educación en funciones, el socialista Martí March, en un atisbo de lucidez o de honestidad, ha llegado a reconocer en alguna ocasión que «la normalización no puede recaer íntegramente sobre las espaldas de la enseñanza». La enseñanza, efectivamente, ha sido la gran damnificada de la normalización lingüística. La exclusión del español de las aulas ha contribuido a echar a perder a generaciones enteras de estudiantes, unas por no dominar con suficiencia el español y otras por habérseles impedido estudiar en su lengua materna, el español, contraviniendo todos los preceptos pedagógicos.

Un viaje somero a los indicadores educativos de Baleares revela que éstos son obstinadamente malos siempre que nuestros consejeros del ramo han tenido la valentía suficiente de compararnos con otras comunidades autónomas y países de nuestro entorno. El último de ellos, sin ir más lejos, revelaba que Baleares cuenta con el menor número de alumnos excelentes de todas las autonomías españolas, tanto en bachillerato como en selectividad. De ahí el pavor de nuestros consejeros de Educación a concursar en este tipo de pruebas objetivas y externas, como en el último informe PIRLS donde Baleares no ha querido participar. Hubo un consejero de Educación que admitió haberse equivocado al tomar la decisión de que nuestros alumnos participaran en una prueba PISA si los resultados venían segregados por autonomías, como así fue, con los resultados que ya se pueden imaginar. Para que después Martí March se despida con milongas como «hemos avanzado en casi todos los indicadores educativos», unos avances que se dan de bruces frente a la dura realidad como hemos visto con los exámenes de selectividad de este año. Y lo que te rondaré, morena. No quiero ni pensar qué sucedería si tuviéramos que enfrentarnos a una prueba única de selectividad para toda España, de ahí que la repudien con tanto énfasis pese a ser una propuesta más que razonable habiendo un solo distrito universitario en toda España.

Nuestra nefasta casta política ha estado durante años sometiendo la enseñanza a fines espurios como la supervivencia del catalán en base a argumentos tan sofisticados como el siguiente: «Hay que asegurar que los alumnos terminen la educación secundaria sabiendo hablar, leer y escribir ambas lenguas». El último político en mentar este argumento en un debate televisado fue Josep Melià (Proposta per les Illes). Se trata del mismo político que votó a favor de la exclusión del español como lengua vehicular cuando se aprobó la ley balear de educación, también llamada ley March (2022). Melià pretende que los alumnos salgan sabiendo hablar, leer y escribir en las dos lenguas mientras prohíbe que no aprendan nada en una de ellas. Dice que el español ya se aprende en la calle. El resultado de todo ello es que, tras 25 años de habernos sido transferida la competencia de Educación, los niveles de expresión escrita y de comprensión lectora en ambos idiomas se han desplomado.

Triquiñuelas desesperadas para no rendirse a la evidencia

La enésima prueba de que la libre elección de lengua en todas las etapas educativas es una propuesta políticamente imbatible y muy complicada de contraargumentar es la forma ambigua, torticera y enrevesada en la que sus adversarios la suelen presentar. Jaume Cladera, periodista de arabalears.cat, la presentaba de esta guisa, «El partit d’extrema dreta (Vox) vol que l’única llengua vehicular a les aules sigui el castellà. La resta d’idiomes, per a ells, serien opcionals». Hace unas semanas ya denuncié la mala fe de este periodista en una de mis habituales filípicas (https://okdiario.com/opinion/100-000-hijos-del-catalan-11071391). Pero siguen en lo mismo. Como no conciben que un partido «fascista» como Vox pueda apelar a la libertad de elegir, algo que no cuadra en su esquema mental que imperiosamente tiene que vincular el fantasma del fascismo o de la extrema derecha con la imposición pura y dura del español, estos periodistas «donen més voltes que un ca aperduat» tratando de engañar a sus lectores para no reconocer lo obvio.

Disfruten leyendo a otro periodista de raza, Miquel Crespí, también de la factoría arabalears.cat. «Fa uns dies el president de Vox, Santiago Abascal, ja va dir que no avalaria cap govern a les Balears que no garantís la llibertat d’elecció per escolaritzar els fills amb el castellà com a llengua vehicular». ¿Qué significa «libertad de elección para escolarizar a los hijos con el castellano como lengua vehicular»? Si Crespí entendiera el concepto de libre elección, debería haber escrito algo así: «Libertad de elección para escolarizar a los hijos en catalán o castellano como lenguas vehiculares a voluntad de las familias». Se resisten a admitir que la libre elección que postula Vox no tiene nada que ver con la inmersión obligatoria en español. ¿No serán ellos los verdaderos fascistas lingüísticos al imponer la inmersión obligatoria en catalán?

Cladera y Crespí, dos periodistas que se han enfundado el traje de agitadores, no conciben que los «fascistas» de Vox puedan apostar por la libre elección de lengua. De ahí la necesidad de tergiversar la realidad y dar a entender a su público que la libre elección de lengua que persiguen significa en realidad obligar a estudiar en español. Una inmersión como la de ahora, pero al revés.

Otra lumbrera de la factoría arabalears.cat, una tal Maria Llull, ataca la libre elección esgrimiendo un argumento de reducción al absurdo, Amb certa dosi de demagògia, podem demanar: si som filonazi, tenc dret a elegir l’educació dels meus fills? I si defens la poligàmia, l’ús de la violència per solucionar els conflictes o aplicar el càstig físic als infants que no es porten bé, també he de poder triar? Qualsevol amb dos dits de front respondria que no, que no tot val a l’hora d’educar els fills». Más allá de la desafortunada comparación de quienes sólo desean algo tan elemental como elegir la lengua oficial del Estado como idioma vehicular en la enseñanza de sus hijos con filonazis y partidarios de la poligamia, es evidente que Llull postula que las familias no están preparadas para elegir la educación de sus hijos a diferencia del Estado que sí lo está. En este planteamiento subyace la idea, una vez más totalitaria, de que en definitiva los niños son del Estado, no de las familias y es el Estado quien debe incluso defenderlos y ponerlos en guardia frente a la educación familiar.

Entretanto, gracias a la indiferencia y al desinterés -y a una suicida confianza en los maestros, todo dicho sea de paso- de la mayor parte de las familias a la hora de fijar los contenidos curriculares y gracias también al inusitado interés de una izquierda enloquecida en introducir sus rocambolescas ideologías de cartón en un ámbito, el escolar, que por ley debería ser neutral ideológicamente, la enseñanza en Baleares se ha convertido en un auténtico cajón de sastre donde se puede enseñar cualquier cosa, desde un cómic lésbico que disfrazan después como una obra maestra del género tebeístico por sus virtudes educativas en el plano afectivo-sexual hasta política en vena como es la sociolingüística catalanista de segundo curso de bachillerato.

Todo cabe en el currículo académico, sea en forma de asignatura o de forma transversal, siempre que lo que se introduzca forme parte de alguna de estas nuevas religiones laicas (leyenda negra, memoria histórica, feminismo de género, educación sexual, transgenerismo, calentología, veganismo) con las que los nuevos clérigos quieren educar a los estudiantes. Por eso detestan el pin parental, Francina Armengol la primera. La socialista dice que el preacuerdo PP-Vox firmado estos días recupera el pin parental para «meter mano» en la educación. Es precisamente para todo lo contrario, para que los padres sólo dejen «meter mano» a los ingenieros sociales en aquellos contenidos no académicos en los que sí están de acuerdo y no como ha venido ocurriendo hasta ahora.

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