León XIV, España y el último campanazo

Dicen que Europa perdió la fe. Lo repiten los sociólogos con sus gráficos, los politólogos con sus encuestas y algunos intelectuales con esa solemnidad estadística que siempre parece definitiva… hasta que deja de serlo. Y, sin embargo, basta que un Papa pise España —esta semana León XIV— para que el guion se repita con precisión casi litúrgica: plazas que se llenan, cámaras que despiertan, editoriales que afilan el diagnóstico y los mismos que llevan décadas anunciando el final del catolicismo corriendo a retratar lo que, según sus tesis, ya no debería existir. Pero la Iglesia tiene una mala costumbre para sus enterradores: no termina de obedecerles.
León XIV llega a España en clave de visita apostólica, y el propio lenguaje ya nos devuelve a otra gramática. No es un viaje político, ni cultural, ni turístico: es una presencia eclesial, con todo lo que eso implica de liturgia, de simbolismo y de memoria sacramental. España vuelve a escuchar el rumor de Roma, que no es el de Bruselas ni el de Estrasburgo. Es el de una tradición que habla en latín incluso cuando se expresa en castellano. Como recordaba san Agustín, «tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva», y quizá esa tensión entre lo antiguo y lo nuevo sea precisamente el drama europeo contemporáneo.
Porque la silla de Pedro no es una institución más: es una continuidad histórica que ha atravesado persecuciones, cismas, reformas, revoluciones y guerras. Juan Pablo II lo entendió con una claridad casi profética cuando gritó en el inicio de su pontificado: «¡No tengáis miedo!». No era un eslogan, era una exhortación teologal en plena batalla cultural contra el materialismo marxista y el comunismo real del Este europeo, que pretendía expulsar a Dios del espacio público y sustituirlo por una antropología sin trascendencia. Aquello no fue sólo política: fue una disputa sobre el alma del hombre.
Hoy el escenario es distinto, pero no menos ideológico. Europa se declara secular mientras produce sus propios dogmas civiles, sus ortodoxias administrativas y sus excomuniones sociales. Y España, con su gobierno de coalición múltiple –que traga con la corrupción– y su conversación pública cada vez más fragmentada, no es ajena a esa tensión. En ese contexto, el Vaticano distribuye entre los periodistas una biografía de Pedro Sánchez en la que se subrayan el crecimiento económico y la ampliación de derechos sociales: menuda campanada. La diplomacia vatinaca no alza la voz, pero tampoco desconoce el peso de la ironía; dejar que lo crean. Ni hay crecimiento, ni ampliación de derechos: hay corrupción a mansalva e intento por derribar una cruz, la del Valle de los Caídos; eso es Sánchez, Santidad. Y el látigo en el templo de vez en cuando no está mal utilizarlo. Pío XI lo advirtió en Divini Redemptoris: cuando se excluye a Dios del horizonte moral, el hombre no se libera, se desorienta.
La Iglesia, sin embargo, sigue viviendo de algo que la modernidad ha olvidado nombrar: la liturgia del tiempo. El tiempo de la Iglesia no es el de la actualidad, sino el del calendario sagrado: Adviento, Cuaresma, Pascua, Pentecostés. Es decir, el tiempo entendido como pedagogía del alma. Benedicto XVI insistía en que «la fe no es una ideología, sino un encuentro», y en esa frase cabe toda una teología contra la reducción del cristianismo a opinión pública.
Y mientras el mundo debate sus propias categorías —identidad, relato, consenso, construcción— la Iglesia sigue hablando en su vocabulario antiguo: gracia, pecado, redención, Eucaristía, dogma, misterio. Palabras que suenan ajenas hasta que uno recuerda que describen lo que las ideologías no consiguen explicar: la experiencia de la conciencia, del límite, del perdón y de la esperanza. La misa, con su estructura invariable de Palabra y Sacramento, sigue siendo uno de los pocos lugares donde el tiempo parece detenerse sin volverse vacío.
En medio de todo esto, los símbolos reaparecen con su vieja terquedad. El Valle de los Caídos, como explicaba antes, sigue generando disputa, como lo hacen los símbolos que todavía respiran significado. Porque nadie discute con lo que ya no dice nada. Y, como recordaba san Juan Pablo II: «Una nación que pierde la memoria de su fe pierde también la memoria de sí misma».
Temas:
- Papa León XIV
- Vaticano