Frente a la dignidad y la democracia
Inspirados en lo que decía De Quincey, después de asesinar a ancianos y violar a niños, no tiene mucho sentido el reproche por no ir a misa los domingos. Lo cierto es que el mayor fraude a los españoles lo cometió Pedro Sánchez el día que pactó el apoyo de Bildu a cambio de los presos y que negoció con Junts la investidura a cambio de la amnistía de Puigdemont. Si en pocas horas hizo caso omiso de su compromiso con los votantes, no hay mayor drama en hacer, mil días y mil mentiras después, una pedorreta a sus representantes. Como ya reconoció que iba a gobernar sin el Parlamento le faltaba muy poca degradación democrática para la escenificación de ayer, asumiendo que va a gobernar, o mejor dicho resistir, no sin el Parlamento sino contra el Parlamento.
Pero como en la Carrera de San Jerónimo ya casi todo es impostura, los socios del sanchismo hacen como que se lo afean; bailan a la vez el María de Ricky Martin y La Yenka de Enrique y Ana, y al tiempo que van «izquierda, izquierda; / derecha, derecha; / adelante, detrás; / ¡un, dos tres!» pretenden que alguien les tome en serio. Está claro que los guiones de Rufián se los escriben en Moncloa: es el mismo «y tú más» para la derecha y «la superioridad moral de la izquierda», pero con paradiña de perdonavidas supremacista, el «es que» de Santa Coloma y ese look camaleónico, que un día es trajecito de Serrano y otro camiseta de Lavapiés. Antes y después de la performance de Rufián los otros indepes también pretenden ser duros y exigentes con Sánchez, pero un poco más profesionales. Por veces casi lo consiguen, pero al final la cagan cuando concluyen la amenaza con esa especie de «Pedro, es el último millón de veces que te lo digo».
En el fondo todos ellos quieren fastidiar al chulángano de Sánchez, pero solo para llamar su atención y que les deje siempre ponerse en la mejor esquina. Sus reproches, ya sean en español o en idiomas, terminan siempre en un coitus interruptus; solo que algunos se ponen el condón en el AVE, otros, más píos, dan marcha atrás, y a otros, como a los de Sumar, les insertaron un DIU en Moncloa.
Por si alguno se molesta, podemos dejar la ironía, los símiles chuscos y el lenguaje soez, poniéndoles, sin ademanes ni figuras, frente a su incongruencia y su falsedad, y delatando su escaso nivel moral e intelectual. Porque no hay ninguna otra justificación para sostener a un régimen que reconocen inoperante y corrupto que el temor a que los españoles decidan otras mayorías. En definitiva, demostrando que comparten con Sánchez el mismo déficit democrático.
A Núñez Feijóo, por su parte, no le queda otra que seguir en la denuncia firme y en la espera prudente. Hará mal si se sale de la más estricta y democrática oposición, o si se equivoca en el método y le proporciona a Sánchez una victoria táctica con una moción de censura. Nadie, ni siquiera en la sincronizada, ha podido decir que el líder de la oposición esté derrapando; y sus ataques e imputaciones (incluidas las de las saunas) son, dichas hasta con elegante ironía, las que la mayoría de los españoles tienen en los labios.
Porque, aunque a Patxi López le pueda extrañar, en todas las calles de nuestro país se está más con el «me gusta la fruta» que con el Yo con Begoña.
La pregunta de cuántas sentencias le hacían falta para asumir su responsabilidad política la hizo con tal acierto que se hizo retórica en cuanto Sánchez la oyó. Y es que, volviendo a lo que comentábamos antes, no puede haber nada peor que lo que ya sabemos y a lo que ya se ha condenado. Ni una condena a David, ni la apertura del juicio a Begoña, ni la prisión preventiva de Zapatero, ni el posible cante de Leire o la imputación del PSOE como persona jurídica, serán mejor motivo.
Poco a poco se deja de especular con la fecha, porque todos saben ya que solamente mira por su conveniencia y que no renunciará ni por dignidad ni por vergüenza democrática. Daría igual que se lo pidieran 349 de los 350 diputados, o los culiparlantes del Comité Federal del partido; Sánchez repetiría el «me iré cuando me plazca» del altivo diplomático Lord Ponsonby o el «a mí no me echa nadie» de José Luis Ábalos. ¡Pero a ambos les echaron!