El ‘lawfare’ contra Le Pen y la deriva totalitaria de Bruselas

El Consejo Europeo de los Ayatolás, más conocido como la Comisión Europea, ha elegido un mal momento para llamar a las armas. Quizá sea porque el miedo es mal consejero y hace actuar con precipitación, o tal vez porque vivir tanto tiempo en la burbuja de Bruselas, sin tocar suelo ni mezclarse con la plebe, lleva a una desconexión total con el común. En cualquier caso, hacer sonar los tambores de guerra en nombre de la libertad y la democracia cuando se está en plena ofensiva contra ambas no parece una estrategia vencedora.
Como en Irán, en Europa existe la parafernalia y los ropajes de la democracia, partidos, urnas, elecciones regulares, campañas y toda esa vaina, pero dentro de un orden. Se admiten todo tipo de resultados, pero dentro de un orden; se acepta una pluralidad de partidos, pero siempre en el marco de la verdadera fe.
Pero las cosas se han torcido últimamente para ese plácido consenso europeo de posguerra de partido único con dos siglas, esa derecha que ni sueña en el libre mercado y esa izquierda a la que no se le ocurre el disparate de empezar a nacionalizar bancos. Y es que los pueblos han empezado a elegir peligrosamente mal.
En Italia se les escapa la Meloni, pese a la advertencia de Ursula, ayatolá suprema, aunque la italiana ha resultado bastante menos fiera de lo que la pintaban y no ha habido Marcha sobre Roma. El este europeo lo tienen revolucionado los rebeldes Orbán y Fico, de Hungría y Eslovaquia respectivamente, y se ha hecho necesario que Bruselas haga al Constitucional rumano una oferta que no ha podido rechazar para que prohíba que se presenten soberanistas que tenían ganada la presidencia.
En Austria ganan los soberanistas del Partido de la Libertad, el FPÖ, pero no se les deja gobernar. En Alemania Alternativa para Alemania se constituye en segunda fuerza, provocando sudores fríos en Bruselas y llevando ya al Bundestag a moverse hacia su ilegalización. En Francia, el partido de Marine Le Pen, el más votado del país, avanza imparable hacia la presidencia. Y eso sí que no.
Europa es el eje franco-alemán, lo demás es relleno. Y, si se pierde Francia, todo está perdido. Así que han dado el paso de aplicar el «gambito rumano» contra la líder soberanista. Y se les ha ido la mano. Sobre el papel es un asunto meramente interno y ni siquiera político, solo un caso penal rutinario. Pero no ha colado, para nadie. Se condena a Le Pen por un oscuro «delito» que, nos cuentan desde Bruselas, es un pecadillo habitual en todos los partidos que pululan por el Europarlamento y, sobre todo, se toma la insólita medida de aplicar la inhabilitación de cuatro años sin esperar a la apelación, demostrando que esa era exactamente la finalidad de todo el ejercicio.
La prueba es que todo ha estallado, y la clase política, a ambos lados del Atlántico, se ha expresado escandalizada con lo grosero de la maniobra. Trump, Vance, Musk, Orbán… Incluso el más acerbo rival de Le Pen, el ultraizquierdista Mélenchon se ha echado las manos a la cabeza ante tamaña cacicada, quizá viendo pelar las barbas de su vecino. Pero quien mejor podría haber definido la medida ha sido Matteo Salvini, viceprimer ministro italiano y líder de la Liga: «Lo que le ha pasado a Marine Le Pen es una declaración de guerra por parte de Bruselas».
Esto, en circunstancias normales, ya sería gravísimo y podría hablarse del fin de la democracia en Europa. Pero en un momento en que los eurócratas están convocando a filas a los europeos y preparándoles para una guerra con Rusia que no interesa a nadie fuera de los círculos de poder, es directamente suicida. ¿En nombre de qué valores se supone que va a luchar el europeo de a pie? ¿De una libertad que nos recortan a cada paso? ¿De una prosperidad que se reduce para el común día a día? Sobre todo, ¿en nombre de la democracia, que han convertido en un sarcasmo sangrante?
El recurso al «lawfare» contra Le Pen no supone ningún cambio en la marcha de un europeísmo cada vez más basado en el control y que camina a destiempo del resto del planeta. Pero sí sirve para abrir los ojos a muchos ciudadanos ingenuos que aún creían en el bulo oficial.