Lamentos del hantavirus sanchista
Hasta hace unos días, en España prácticamente nadie había oído hablar del ya famoso hantavirus, del que, a la fuerza, nos hemos tenido que hacer todos expertos. Algunos habréis leído ya que el origen de su nombre está en el río Hantan, de Corea del Sur, que fue el área en torno a la cual el Dr. Lee Ho-wang lo identificó por primera vez en el año 1976. Pero, yendo un paso más allá, podemos preguntarnos sobre el origen del nombre de ese río Hantan, relacionado con el virus que ahora nos preocupa, y entonces nos encontramos con que, si bien algunas interpretaciones dicen que su traducción vendría a ser algo así como «gran torrente», por sus rápidos en los que hasta se practica rafting entre cañones basálticos, existe en Corea una tradición popular que asocia el nombre de este río con una palabra coreana que suena igual y significa «lamento, queja o suspiro triste».
Este significado del hantavirus como virus del que nos vamos a lamentar encaja bastante mejor con lo que ninguno de nosotros ha podido evitar empezar a sentir al ver de nuevo a Fernando Simón saliendo en televisión para contarnos que no tenemos nada de lo que preocuparnos, exactamente igual que hizo hace ya más de 6 años, cuando quiso animarnos a manifestarnos por el 8-M, aunque todos sabíamos que estaba a punto de estallar el brote de coronavirus que se llevó por delante a 163.000 españoles. Sólo nos falta ver a Broncano cantando «¡hantavirus, oe, hantavirus, oe!» en La Revuelta, para confirmar que tenemos que salir corriendo a escondernos en una cueva, cargados de papel higiénico, guantes de látex y mascarillas hechas con trapos de cocina, aunque sea.
Porque, si algo hemos aprendido después de tantos años de sanchismo, son dos cosas que ahora nos pueden salvar la vida. La primera es que Pedro Sánchez es un gafe de los que Alfonso Ussía califica como sotanillo, a saber, aquel que causa gravísimas desgracias a los demás sin verse nunca él mismo afectado por su mala suerte. Si el presidente del Gobierno ha sido capaz de traernos una pandemia mortal, la tormenta Filomena, la erupción del volcán de La Palma, las inundaciones de la DANA de Valencia, los incendios forestales, el inasumible precio de la vivienda, un apagón total y el accidente de Adamuz, no podemos tener ni la menor duda de que cualquier virus lamentable que se nos acerque provocará en España una plaga de consecuencias bíblicas. Pero, para compensar, lo segundo que hemos aprendido ya es que ni podemos confiar en nada de lo que Sánchez diga, ni podemos dejar la salud de nuestra familia en manos de la pandilla de chorizos e incompetentes de los que se ha rodeado y a los que, sin preparación ninguna, ha nombrado responsables en todos los ámbitos.
El problema del hantavirus no es su índice de mortandad, su capacidad de contagio o la dificultad para aislarlo. El problema de este virus de los lamentos es que al frente del Gobierno está Pedro Sánchez, que el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias se llama Fernando Simón, que de ministra de Sanidad tenemos que soportar a Mónica García y que, en Interior, el que manda en la Policía es Fernando Grande-Marlaska. Y ya sabemos que de ninguno de ellos nos podemos fiar, que todos ellos actuarán por sectarismo ideológico y que su prioridad siempre va a ser cualquier interés egoísta de Pedro Sánchez por delante de nuestra salud y seguridad. Si existe la mínima posibilidad de que algo pueda salir mal con el hantavirus, sin duda Sánchez hará que lo acabemos lamentando.