A los iraníes les sobra tiempo y a Trump le falta

Trump tiempo
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

En los últimos días, Donald Trump nos ha devuelto al tiovivo de declaraciones y comunicados que conocemos desde que el 28 de febrero comenzara la guerra de EEUU e Israel contra Irán.

El 21 de mayo, Trump afirmó que las dos delegaciones estaban finalizando en Qatar la negociación y se abriría el estrecho de Ormuz. El 22 se desmintió a sí mismo y dijo que no se estaba cerca de alcanzar el acuerdo de paz. El 23 anunció que esperaba que el acuerdo se concluyese al día siguiente. El 24, nuevo desmentido y posponía el final. El 25, que demandaba a otros países de la región que se unieran a los Acuerdos de Abraham.

Después de 90 días de guerra aérea, desvanecido el efecto de la captura del tirano venezolano Nicolás Maduro y su esposa en Caracas, las ruedas de prensa y los canutazos de Trump ya no causan efecto ni en las bolsas. El maestro de la negociación está perdiendo su arte. Incluso los países árabes del golfo Pérsico, que azuzaron los ataques a Irán ahora se hacen los perezosos y ya no acompañan las promesas o las amenazas de Trump.

En cambio, los iraníes parecen ser los vencedores, porque, como hemos explicado otras veces, no han perdido: los ataques han cesado, salvo algunos picotazos; no hay tropas extranjeras en su suelo; controlan Ormuz, siquiera para paralizar la navegación; y disponen de tiempo.

El viaje de Trump a Pekín hace un par de semanas no ha supuesto que Xi Jinping presione a sus socios de negocios iraníes para que aceleren el acuerdo con la Casa Blanca. La china y la persa son dos culturas en las que el tiempo se arrastra, mientras que en la norteamericana el tiempo corre, porque es oro… o petróleo.

La república islámica está mostrando al mundo entero, en especial a sus correligionarios (hutíes del Yemen, Hezbolá en el Líbano, chiitas en el resto del mundo) y a sus aliados (Rusia y China), no sólo que puede esperar, sino que parece tener la sartén por el mango. En estos días, se ha restaurado dentro del país el acceso a Internet, que se bloqueó nada más iniciarse la campaña de bombardeos, y se han reparado los daños sufridos en las infraestructuras. Además, el bloqueo del estrecho de Ormuz se mantiene y la Guardia Revolucionaria iraní sigue chantajeando a los barcos que quieren atravesarlo con el abono de un peaje, al que no quiere renunciar en el acuerdo de paz.

La Agencia Internacional de la Energía difundió el martes 22 su advertencia más severa desde que el estrecho de Ormuz quedó bloqueado: las reservas mundiales de crudo podrían agotar su margen de seguridad en apenas seis semanas. En un informe extraordinario, calcula en menos de 60 días el tiempo que resta hasta que el mercado entre en lo que su director, Fatih Birol, califica de «zona de peligro». Según la AIE, la interrupción del suministro ha supuesto una pérdida de, al menos, 18 millones de barriles al día durante dos semanas consecutivas, algo inédito desde la revolución iraní de 1979. Las refinerías europeas ya trabajan con las reservas estratégicas de sus gobiernos, pero éstas se están consumiendo más rápido de lo previsto. Otro factor que explica esta reducción son los ataques ucranianos a las refinerías y terminales rusas.

La última exigencia de los negociadores iraníes a Washington planteada en Qatar es la liberación por EEUU de 24.000 millones de dólares bloqueados nada más iniciarse la guerra. Al menos la mitad de los fondos deben ponerse a disposición de Teherán nada más firmarse un memorando de entendimiento. El resto se transferirá en un plazo de dos meses.

Aunque Trump subraya que uno de los elementos básicos del acuerdo es la entrega por Irán de su uranio o bien su destrucción ante técnicos de la ONU, a fin de que el régimen islámico no pueda desarrollar armamento atómico, Teherán no responde ni que sí ni que no.

El mayor obstáculo en las negociaciones es un ausente: Israel. El Gobierno de Netanyahu ha repetido varias veces que no aceptará un acuerdo que menoscabe la seguridad de los israelíes tal como él la considera. Como parte de esta seguridad, las FDI siguen bombardeando el sur del Líbano y las posiciones de Hezbolá. Los negociadores iraníes en Doha han dicho que el acuerdo de paz debe extenderse al Líbano e incluir el compromiso israelí de cesar en sus ataques y sus planes de anexionarse el sur del país.

Para persuadir a Netanyahu (y a los numerosos congresistas norteamericanos que le respaldan), la Casa Blanca pretende que más naciones musulmanas se unan a los Acuerdos de Abraham, obra de Trump en los últimos meses de su primer mandato. Hasta esos tratados, sólo Egipto y Jordania mantenían relaciones diplomáticas con Israel. Se hicieron públicos en agosto de 2020, con su aceptación por Emiratos Árabes Unidos. Luego se unieron a ellos Baréin, Marruecos y Sudán. Ahora Trump ha invitado, con sus modales conocidos, a suscribirlos a Arabia Saudita, Qatar, Pakistán y Turquía. Pakistán, aliado estrecho de los saudíes, ha declarado que no lo hará.

Por tanto, Trump se encuentra pillado por los dos brazos de una tenaza: el enemigo dispone de más tiempo que él y el amigo le exige objetivos casi imposibles de cumplir.

Y mientras, dos relojes, el que marca el agotamiento de las reservas de petróleo en Asia y Europa y el que cuenta los días para las elecciones de noviembre en Estados Unidos, siguen avanzando.

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