Piratas del PSOE
Imagino que nuestro ex presidente Zapatero, faro ético del universo latino y custodio de la ternura planetaria, antes de perder el último resquicio de idealismo y de vergüenza, olía a pana húmeda, tabaco negro y café torrefacto. Imagino que su casa, de jovenzuelo, tendría algo de asamblea universitaria mal ventilada, de profesor de instituto ideologizado y jersey con coderas. Porque una visualiza al socialista neurótico corrigiendo exámenes, citando a Marx en un bar de barrio y pronunciando palabras como «redistribución» mientras parte una tortilla de patatas un poco seca.
Sin embargo, la realidad siempre llega como una artista de colmillos afilados, a sacudirnos, o quizá Zapatero tiene una forma muy singular de procesar los dogmas de la izquierda, quizá desde la mística. Recordarán aquella sentencia suya, digna de San Francisco de Asís, que definía el socialismo como «tener poco y dar mucho». Lo que se le olvidó matizar en su homilía, supongo que por falta de tiempo entre sacrificio y bondad ofrecidos a los menesterosos del globo, es que lo de «tener poco» se refería estrictamente a ustedes y a mí, dado que su ascetismo obrero se practica con un despliegue de joyería que haría sonrojar a Indiana Jones, donde una no sabe si está leyendo política nacional o el inventario del camarote perdido de una archiduquesa del Imperio austrohúngaro.
La caja fuerte de Zapatero ha venido a redefinir el concepto de concordia universal. La secretaria aclara que el cofre de los milagros procedía de la vivienda de José Luis y Sonsoles. Al abrir la tapa, los agentes no encontraron las actas del congreso de Suresnes ni poemas de Miguel Hernández, sino un delirio rococó de collares con piedras preciosas de todas las tallas imaginables y todos los colores del arcoíris caribeño, brazaletes cegadores, pendientes cuajados de diamantes que no podría soportar al cuello ni Fernando Alonso y, esto es también muy socialista… ¡Relojes Omega y Longines! Como de señor de Valladolid con plaza fija. Estos últimos, maravillosas metáforas de un funcionariado venido a más que cuenta las horas para la revolución, muy en la línea del lirismo de su propietario.
Pero el fetiche absoluto del tesoro, la obra cumbre que merece ser expuesta en el museo de la obscenidad patria, es una bolsa oficial con la inscripción «Presidencia del Gobierno» reconvertida en neceser de Alí Babá, espero que junto a una lámpara que en algún momento el expresidente frotó.
Mientras la caja fuerte titilaba bajo los fluorescentes de Ferraz, la Fiscalía Anticorrupción rastrea ahora un río subterráneo de toneladas de oro venezolano, procedente de un banco chavista, que viajaba hacia los Emiratos Árabes a través de aerolíneas amigas y comisionistas con apellidos de novela de espías. Es una coreografía fascinante: el oro de un país arruinado, donde la población se sobrepone como puede a sus hambrunas medievales, licuado en transferencias millonarias, con paradas técnicas en cuentas del Sabadell de Madrid y comisiones del tres por ciento. El dinero público fluye con la misma alegría con la que Zapatero reparte sonrisas y parabienes magnánimos, ostras y champán.
Zapatero y su carnaval de abalorios: collares de platino, incrustaciones de zafiros, esmeraldas y rubíes; pulseras de malaquita, lapislázuli, granates que parecen sacados del joyero de una tía abuela de León; cruces doradas y plateadas, medallas, alfileres, colgantes de todos los estilos… Zapatero no ha defraudado. Deliciosamente cursi, como siempre; quizá lo más kitsch de todo esto no sea el oro, ni las gemas, sino la pedagogía moral. Que quienes durante años nos frieron el cerebro y el corazón dando lecciones públicas sobre desigualdad, ética colectiva y moral terminen envueltos en una escenografía que parece diseñada por un decorador con adicción patológica a Versace.
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- José Luis Rodríguez Zapatero