Flávio Bolsonaro contra Lula: el duelo que Trump quiere ganar en Brasil

Flávio Bolsonaro contra Lula: el duelo que Trump quiere ganar en Brasil
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

En Sudamérica, con la excepción del pequeño Uruguay, sólo queda un país gobernado por la izquierda: Brasil. El 4 de octubre se celebrarán elecciones para la presidencia y el Congreso federales, así como para las gobernaciones y asambleas de los 26 estados federales. Y en ellas se ha implicado Donald Trump.

Ya son oficiales los dos candidatos. Uno es el senador por Río de Janeiro Flávio Bolsonaro, hijo de quien fue presidente, Jair Bolsonaro entre 2019 y 2023, que se encuentra bajo arresto domiciliario por intento de golpe de Estado. Y otro es el presidente socialista Luiz Inazio Lula da Silva, cerca de cumplir un reinado republicano de once años.

La Casa Blanca ha elaborado la Doctrina Donroe, que se resume en que Estados Unidos se arroga el control del continente americano entero y está dispuesto a excluir, incluso por la fuerza, a cualquier otra potencia que se lo dispute, sea en Groenlandia o en el canal de Panamá. Y como parte de las “amenazas híbridas” cita la inmigración, el narcotráfico y los grupos de delincuencia que introducen droga en el país.

Esta nueva política no descarta la injerencia en el resto de los países americanos, sin los modos disimulados de, por ejemplo, Barack Obama. Por ello, Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, no sólo capturaron al dictador venezolano Nicolás Maduro, sino que respaldan a los candidatos presidenciales que se adhieren a su programa y se comprometen a perseguir el narcotráfico y la inmigración… y a reducir sus vínculos con China.

Las primeras medidas de Abelardo de la Espriella, que tiene nacionalidad de Estados Unidos, además de la colombiana, muestran esa postura. A fin de romper con el mandato del antiguo guerrillero izquierdista Gustavo Petro, Espriella ha seguido varias discutibles decisiones de Trump en política exterior, como el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y la anexión de los altos del Golán por Israel; también, ha autorizado operaciones militares conjuntas con tropas de EEUU contra los cárteles.

Después de las tomas de posesión este año de José Antonio Kast en Chile, de Nasry Juan Asfura en Honduras, de Keiko Fujimori en Perú y del citado Espriella en Colombia, ahora el objetivo de la Casa Blanca es generar un cambio en el gigante brasileño, único miembro americano de los BRICS, la endeble alianza económica que reúne, además, a Rusia, India y China.

Lula declaró que no se presentaría a la reelección, pero ha sentido la llamada del deber (o el miedo a ser procesado, juzgado y encarcelado). En junio de 2024 dijo que no descartaba semejante sacrificio para evitar que “los trogloditas” regresasen al gobierno. En una muestra de la ley del embudo con que se rigen los progresistas, a ninguno de los admiradores de Lula le ha molestado que éste se presente para un cuarto mandato, cuando Trump sólo puede desempeñar dos.

En este tercer mandato, Lula ha tenido que negociar en el Congreso con los partidos de centro, sobre todo el Movimiento Democrático Brasileño. Y hasta la jefatura de las Fuerzas Armadas se opuso a su intento de nombramiento de oficiales adictos. Uno de sus fracasos ha sido el aumento de la delincuencia. Se calcula que en el país operan más de cincuenta grupos de delincuencia organizada, cuyo poder no para de crecer en las cárceles, la minería ilegal y el tráfico de armas y drogas.

A la Casa Blanca le preocupa no sólo que toneladas de coca y numerosos sicarios desembarquen en Estados Unidos, sino, también, que el poder de esos cárteles produzca espacios sin ley que se pongan al servicio de sus enemigos, como la selva amazónica y la Triple Frontera. Trump dejó clara su postura en mayo pasado, cuando dictó un decreto calificando como organizaciones terroristas a las bandas Primeiro Comando da Capital y Comando Vermelho, después de que se lo pidiese el senador Bolsonaro. La campaña de este promete la lucha contra la delincuencia, con la esperanza de repetir las victorias de Fujimori y Espriella. Aparte de la implicación de Trump, seguramente asistamos también a la del argentino Javier Milei mediante algún viaje.

Lula tiene a su favor el polémico voto electrónico, cuya seguridad siempre alaba la izquierda (aunque dependa de empresas privadas), y el poder judicial, encabezado por el magistrado del Tribunal Supremo Federal Alexandre de Morais, ex ministro de Justicia en un gobierno de Dilma Rousseff, camarada de Lula. Los tribunales brasileños llevan años limitando la libertad de expresión de los ciudadanos en las redes sociales. Los grupos de comunicación del país, como ocurre en Estados Unidos, Alemania, Francia y España, apoyan al candidato del globalismo.

Un último factor que beneficia a Lula son los errores que está cometiendo la campaña de Bolsonaro, propios de un novato, desde la invención de títulos académicos a la recepción de fondos sospechosos.

Las encuestas le dan una ligera ventaja a Lula sobre Bolsonaro en ambas vueltas, pero el margen es  pequeño a dos meses de la primera votación, lo que supone un juicio negativo a su presidencia. El candidato de la izquierda en Colombia, Iván Cepeda, también fue siempre en cabeza y con ventajas superiores, y al final perdió.

Si el 1 de enero de 2027 Flávio Bolsonaro jurase como presidente de Brasil, Trump podría presumir de haber causado el mayor vuelco político en las Américas desde la caída del bloque socialista. Sólo faltaría el derrumbe de la tiranía comunista que oprime a Cuba desde hace 67 años.

Pero aunque el régimen de la familia Castro y su camarilla sobreviva, Trump ha anulado su capacidad para fomentar la subversión en el continente, así como su condición de modelo para “los idiotas latinoamericanos”. Porque hay que ser muy idiota o muy resentido para querer imitar a un gobierno que no puede ni mantener encendida la luz de la isla.

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